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¿Desempleado por preferencia o por dolor?

Robert J. Samuelson/The Washington Post | Miércoles 30 Noviembre 2016 | 00:01:00 hrs

Washington – La ética laboral es un componente tan esencial del carácter norteamericano que es difícil imaginar que se esté desvaneciendo. Pero eso es lo que parece estar ocurriendo en una parte importante de la fuerza laboral.

Entre los hombres de 25 a 54 años—los llamados trabajadores de edad ideal—alrededor de uno de cada ocho son desertores. No tienen trabajo y, a diferencia de los desempleados oficiales, no buscan trabajo. Suman alrededor de 7 millones.

El papel que estos hombres que no trabajan desempeñaron en la elección de Donald Trump, si es que desempeñaron alguno, no está claro. Lo que está claro es que estos desertores, tras ser ignorados durante años, se convirtieron de pronto en un tema candente de estudios académicos y debate político. Hubo un enorme cambio.

A mediados de la década de 1960, sólo uno de cada 29 trabajadores en la edad ideal era desertor. La explosión de los desertores es considerada por muchos observadores como funesta. El “distanciamiento de tanto hombres norteamericanos adultos de la realidad y de las rutinas del trabajo remunerado, sólo puede tener como resultado estándares de vida más bajos, mayores disparidades económicas y un crecimiento económico más lento,” escribe Nicholas Eberstadt, del conservador American Enterprise Institute.

“Constituye también una crisis social y una crisis moral. La creciente incapacidad de hombres adultos de funcionar como sostén de la familia no puede sino socavar a la familia norteamericana.”

Un reciente informe del Consejo de Asesores Económicos (CEA, por sus siglas en inglés) de Barack Obama se hace eco de inquietudes similares. La erosión de los trabajadores masculinos en edad ideal “es particularmente inquietante ya que los trabajadores de esa edad son los más productivos”, dice la CEA. Se conecta el mayor desempleo con “un menor bienestar general y felicidad, y una mayor mortalidad”.

¿Por qué abandonan los hombres el mercado laboral? (Aunque las tasas de participación de la mujer en la fuerza laboral disminuyeron, no han experimentado la prolongada caída de las de los hombres.)

Un motivo obvio es el impacto de la Gran Recesión, pero ese efecto disminuyó y la recuperación continúa. Además, el ascenso en el número de desertores data de mediados de 1960. Tampoco se le puede echar la culpa a otras dos tendencias: un mayor número de hombres que asiste a la universidad y un incremento en la jubilación temprana.

Es cierto, ambos mantienen a los hombres fuera de la fuerza laboral. Aún así, concentrarnos en el grupo de 25 a 54 años debería minimizar esos problemas, porque cubre a muchos hombres que terminaron la universidad y no se han jubilado.

La causa más importante de la deserción es el declive de los jornales para los trabajadores no especializados, concluye el estudio del CEA. La demanda de trabajadores no especializados está cayendo más rápidamente que la oferta, lo que causa la caída de los jornales.

Entre 1975 y 2014, informó el CEA, los jornales para graduados de la secundaria cayeron de un 80 por ciento de los jornales de los graduados universitarios a un 60 por ciento. A medida que eso sucede, “más hombres en edad ideal escogen no participar en la fuerza laboral,” dice el CEA. Dicho claramente: deciden que no vale la pena trabajar. En cuanto a la reducción del empleo de bajos jornales, el CEA culpa a la “tecnología, la automatización y la globalización.”

Pero la deserción tiene también otras causas. Una es el gran número de hombres encarcelados. Aunque ese factor no afecta directamente a la gente que no está en la fuerza laboral—simplemente no se cuenta a los prisioneros—lo hace indirectamente. Cuando los prisioneros salen de la cárcel, les es más difícil encontrar trabajo debido a sus antecedentes penales, dice la CEA. Lo que es más controvertido e inquietante, es en qué medida los programas gubernamentales de asistencia social alientan, si es que lo hacen, la deserción de la fuerza laboral al proporcionar una fuente de ingresos alternativa.

Eberstadt piensa que es un aspecto esencial y cita estudios que indican que alrededor de dos tercios de las familias con hombres desertores reciben beneficios de discapacidad u otra asistencia del gobierno, como Medicaid. En cambio, el CEA sostiene que los beneficios no aumentaron lo suficientemente rápido como para explicar el incremento de desertores.

¿Qué puede hacerse para minimizar a los desertores? ¿Deben la Reserva Federal y el gobierno de Trump acelerar el crecimiento económico con la esperanza de que atraiga a algunos de los 7 millones a los puestos nuevos? ¿O deben apretarse los estándares de discapacidad para obligar a los desertores a reintegrarse a la fuerza laboral?

Todo debate puede reducirse a si los desertores son “haraganes”, individuos sanos que evitan trabajar o “víctimas”, trabajadores con discapacidades y mala suerte. Hay pruebas de ambas cosas.

Eberstadt cita encuestas en que el 15 por ciento de los desertores “declararon que estaban desempleados porque no podían encontrar trabajo”. Otras encuestas indican que los desertores pasan unas ocho horas diarias “haciendo vida social, relajándose y disfrutando del ocio”, viendo TV, jugando juegos de video o pasando el rato. Pero casi la mitad de los desertores informan tomar píldoras para el dolor todos los días, según un estudio del economista de Princeton University, Alan Krueger.

Dos quintos de los encuestados dijeron que sus discapacidades les impedían “trabajar en puestos de tiempo completo para los cuales [estaban] calificados.”

Los desertores informan que están “menos felices, más tristes y más estresados” que los que trabajan o que los desempleados. En una sociedad que venera la ética laboral, ser un desertor de la fuerza laboral es a menudo una vía al sufrimiento.


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