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Que coman filetes Trump

Paul Krugman / The New York Times | Miércoles 16 Mayo 2018 | 00:01:00 hrs

Nueva York— En general, es notorio que a Donald Trump no le interesan los detalles de las políticas públicas. Por ejemplo, ha sido evidente desde hace mucho tiempo que nunca se ha molestado en averiguar lo que su única victoria legislativa importante, el recorte fiscal de 2017, en realidad hizo. De igual modo, es bastante claro que no tiene idea de lo que incluía en realidad el acuerdo con Irán que acaba de revocar.

En cada caso, tuvo que ver más con el ego que con la sustancia: anotarse una “victoria” deshaciendo un logro de su predecesor.

No obstante, hay algunos problemas en relación con las políticas públicas que sí le importan. Según se dice, en realidad odia la idea de que la gente reciba “asistencia pública”, que para él significa cualquier programa gubernamental que ayude a la gente de bajos ingresos, y quiere eliminar dichos programas en la medida de lo posible.

Lo último es que supuestamente ha amenazado con vetar el próximo proyecto de ley agrícola salvo que imponga nuevos requisitos estrictos de empleo a los beneficiarios del SNAP, el Programa de Asistencia a la Nutrición Complementaria, que comúnmente se conoce como los cupones de alimentos.

Permítanme ser directo: hay algo esencialmente obsceno en este espectáculo. Aquí tenemos a un hombre que heredó una gran fortuna, después construyó una carrera de negocios principalmente basada en embaucar a los crédulos, ya fueran inversionistas ingenuos de sus emprendimientos comerciales que se quedaron cargando con el muerto cuando quebraron o estudiantes que desperdiciaron su tiempo y su dinero en obtener títulos sin valor de la Universidad Trump.

Sin embargo, está decidido a arrebatarles los alimentos de la boca a los verdaderamente desesperados, porque está seguro de que de un modo u otro se están saliendo con la suya, y todo se les da demasiado fácil.

No obstante, sin importar cuán mezquinos sean los motivos de Trump, este es un asunto serio visto desde el otro lado. La Oficina del Presupuesto del Congreso (CBO, por su sigla en inglés) calcula que los nuevos requisitos de empleo, así como otras restricciones propuestas por los republicanos de la Cámara de Representantes, acabarían negándole o reduciendo la asistencia nutricional a alrededor de dos millones de personas, principalmente a familias con niños.

¿Por qué alguien querría hacer esto? La cuestión es que no solo es Trump: el odio conservador hacia los cupones de alimentos es generalizado. ¿Qué esconde?

El lado más respetable y supuestamente más intelectual de la opinión conservadora considera que los cupones de alimentos reducen los incentivos al hacerles la vida demasiado placentera a los pobres.

Como Paul Ryan lo dijo, los programas como SNAP crean una “hamaca” que “lleva a gente físicamente capaz a vidas de dependencia y autocomplacencia”.

No obstante, este problema sólo existe en la imaginación de la derecha. Los beneficiarios físicamente capaces del SNAP que deberían estar trabajando, pero no lo están haciendo, son muy difíciles de encontrar: la gran mayoría de los beneficiarios del programa están trabajando —pero en empleos inestables que pagan salarios bajos— o son niños, ancianos, discapacitados o cuidadores de familia imprescindibles.

Ah, y hay fuertes evidencias de que los niños de familias de bajos recursos que reciben cupones de alimentos se convierten en adultos más productivos y saludables, lo cual significa que el programa en realidad es bueno para el crecimiento económico a largo plazo.

¿Tiene que ver con el dinero? La aprobación del recorte fiscal de 2017 que merma el presupuesto comprobó, de una vez por todas, a todos los que tenían duda, que a los republicanos en realidad no les importan los déficits.

Sin embargo, incluso si en verdad les importaran, la CBO calcula que los recortes propuestos a los cupones de alimentos ahorrarían menos del uno por ciento (es correcto, el uno por ciento) del ingreso que se pierde debido a ese recorte fiscal. De hecho, en el transcurso de la década siguiente, todo el SNAP, que ayuda a 40 millones de estadounidenses, costará apenas una tercera parte de lo que costará el recorte fiscal. No, no tiene que ver con el dinero.

¿Qué me dicen del racismo? Históricamente, los ataques a los cupones de alimentos han tenido que ver, con frecuencia, con un componente racial apenas encubierto; por ejemplo, cuando Ronald Reagan imaginó a un “negro flojo e indigno” que usaba los cupones de alimentos para comprar cortes finos de carne. Sospecho que Trump mismo todavía piensa que los cupones de alimentos son un programa para gente de color citadina.

No obstante, aunque muchos afroamericanos que viven en ciudades en efecto tienen acceso a cupones de alimentos, también lo hacen muchos blancos de zonas rurales.

A nivel nacional, cada vez más gente blanca que negra está recibiendo cupones de alimentos, y su participación en el SNAP es más elevada en los condados rurales que en los urbanos.

Los cupones de alimentos son particularmente importantes en las regiones deprimidas como Appalachia que han perdido empleos en el sector del carbón y en otros sectores tradicionales.

En efecto, esto significa que algunas de las mayores víctimas de la obsesión de Trump con recortar la “asistencia social” serán precisamente las personas que lo pusieron en el cargo.

Pensemos en el condado de Owsley, en Kentucky, en el epicentro de la crisis regional de Appalachia.

Más de la mitad de la población del condado recibe cupones de alimentos; un 84 por ciento de su electorado votó por Trump en 2016. ¿Sabían por quién estaban votando?

A fin de cuentas, no creo que haya una justificación en materia de políticas públicas para el ataque a los cupones de alimentos: no tiene que ver con los incentivos ni tampoco con el dinero. Incluso la animosidad racial que tradicionalmente subyace en los ataques a los programas sociales estadounidenses ha quedado parcialmente en segundo plano.

No, esto se trata de crueldad mezquina convertida en un principio de gobierno. Se trata de gente privilegiada que mira a los menos afortunados y no piensa: “Por la gracia de Dios, lo hago”; esta gente sólo ve a un montón de perdedores. No quieren ayudar a los menos afortunados; de hecho, les molesta la sola idea de que la ayuda pública haga a esos “perdedores” un poco menos miserables.

Esta es la gente que gobierna a Estados Unidos ahora.

 



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