Grandes empresas cosechan del torbellino de Trump

Paul Krugman
2018-07-08

Nueva York— Parece que la posibilidad inminente de una guerra comercial nos hace pensar con claridad. Hasta hace muy poco, las grandes empresas y las instituciones que representan sus intereses no parecían estar tomando muy en serio la retórica proteccionista del presidente Donald Trump. Después de todo, las corporaciones han invertido billones de dólares con base en la creencia de que los mercados mundiales permanecerían abiertos y de que la industria estadounidense conservaría el acceso a clientes y proveedores extranjeros.

Trump no pondría todas esas inversiones en riesgo, ¿o sí?

Sí, sí lo haría, y el reconocimiento tardío de que su severo discurso sobre el comercio era en serio ha desatado una oleada de reacciones. Las corporaciones más importantes y asociaciones de comercio están enviando cartas al Gobierno para advertirle que sus políticas costarán más empleos de los que crearán. Mientras tanto, la Cámara de Comercio de Estados Unidos ha comenzado una campaña publicitaria para convencer a los electores de los beneficios del libre comercio.

Patético, ¿no? ¿Quién en el Gobierno de Trump va a poner atención a esas cartas? Exactamente, ¿qué piensa la Cámara que logrará con sus comerciales?

La cuestión es que las grandes empresas están cosechando lo que sembraron. No fueron sino las décadas de política cínica de las corporaciones estadounidenses las que contribuyeron bastante para llegar a este terrible momento en la historia estadounidense.

¿A qué me refiero con política cínica? En parte, me refiero a la alianza tácita entre las empresas y los ricos, por una parte, y los racistas, por la otra, que yace en la esencia del movimiento conservador moderno.

Durante mucho tiempo, las empresas parecieron tener este juego bajo control: ganar elecciones con mensajes raciales sutiles dirigidos a grupos específicos y luego proceder con la agenda de recortes fiscales y desregulación. Sin embargo, tarde o temprano aparecería alguien como Trump: un candidato que se tomaba en serio lo del racismo, con el apoyo entusiasta de la base republicana, al que no se podía controlar.

Hace poco Tom Donohue, el director de la Cámara, publicó un artículo en el que condenaba el maltrato a los niños en la frontera por parte de Trump, donde decía “esto no es lo que somos”. Disculpe, Donohue, eso es lo que usted es: usted y sus aliados pasaron décadas empoderando a racistas y ahora llegó el momento de pagar la factura.

No obstante, la política migratoria racista no es el único sitio donde gente como Donohue está enfrentando al monstruo que ayudó a crear.

Cuando organismos como la Cámara de Comercio o la Fundación Heritage declaran que los aranceles de Trump son una mala idea, se basan en argumentos intelectuales sólidos: todos los expertos económicos, sin excepción, concuerdan. Sin embargo, no tienen credibilidad alguna, porque esas mismas instituciones conservadoras han pasado décadas haciéndole la guerra a la experiencia.

El caso más evidente es el cambio climático, en el cual las organizaciones conservadoras, que en buena parte incluyen a la Cámara, han actuado desde hace mucho como “comerciantes de la duda”, fabricando escepticismo y bloqueando acciones frente a un consenso científico abrumador. Para ser totalmente honesto y directo, es difícil pasar de “no presten atención a esos supuestos expertos que dicen que el planeta se está calentando” a “el proteccionismo es malo, y los expertos están de acuerdo”.

De igual modo, las organizaciones como Heritage desde siempre han promocionado la economía centrada en la oferta, también conocida como la economía vudú  —la afirmación de que los recortes fiscales producirán un enorme crecimiento y se pagarán solos— aun cuando ningún experto económico respaldaba esa teoría. Así que ya aceptaron el principio de que está bien hablar de insensateces económicas si es políticamente conveniente. Ahora llega Trump con otra insensatez, y dice: “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. ¿Cómo pueden convencer a alguien de que esta insensatez es mala, y de que la suya es buena?

Sin embargo, una guerra comercial puede ser sólo el comienzo de un castigo para las grandes empresas, que además es autoinfligido. Puede que nos aguarden cosas peores y más temibles, porque Trump no sólo es proteccionista, es autoritario. Las guerras comerciales son desagradables; el poder sin control es mucho peor, y no sólo para los que son pobres e indefensos.

Consideremos el hecho de que Trump ya tiene el hábito de amenazar a las empresas que se han interpuesto en su camino. Después de que Harley-Davidson anunció que llevaría parte de su producción al extranjero debido a los conflictos comerciales, el presidente advirtió que la empresa “pagaría impuestos como nunca”, lo cual ciertamente suena como si quisiera politizar al organismo estadounidense de recaudación de impuestos, el IRS, y usarlo para castigar a empresas específicas.

Hasta ahora, probablemente no pueda hacer ese tipo de cosas. No obstante, supongamos que los republicanos conservan el control del Congreso este noviembre. Si lo hacen, ¿alguno de ustedes cree que harán frente a los abusos del poder presidencial? La victoria del Partido Republicano en las elecciones intermedias pondría a muchas personas e instituciones a merced de los instintos autoritarios de Trump, incluyendo también a las grandes empresas.

Sin embargo, organismos como la Cámara y Heritage todavía están tratando de asegurar una victoria republicana. De hecho, hasta antes de su reciente cambio de opinión sobre el proteccionismo, la Cámara estaba pagando una campaña publicitaria con el objetivo de generar apoyo público para el recorte fiscal de Trump en distritos competidos de la Cámara de Representantes (no estaba teniendo éxito, cierto, pero lo estaba haciendo). Comparémoslo con esos anuncios del libre comercio, que no tenían un propósito político claro.

La cuestión es que no es sólo el libre comercio lo que está en riesgo, sino el Estado de Derecho. Además, este riesgo existe, en parte, debido a que las grandes empresas abandonaron todos sus principios en aras de los recortes fiscales.

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