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Cuidado, Ted Cruz, ahí viene Beto

Frank Bruni / The New York Times | Domingo 22 Abril 2018 | 00:01:00 hrs

Luis Hernández/El Diario de El Paso. / El político habla ante universitarios.

Luis Hernández/El Diario de El Paso. / El político habla ante universitarios.

Houston — Se podrá decir que yo soy uno más que se ha sumado a las filas de los que han quedado cautivados. Yo también he sido seducido por Beto.

He visto la alternativa a Ted Cruz —sólo Dios sabe que necesitamos de una alternativa a Ted Cruz— y se trata de un animado, delgaducho y dientudo progresista con las debidas proporciones de rusticidad y urbanidad, de irreverencia y seriedad que bien podrían haber sido combinadas en algún laboratorio político. ¿Podría dicha fórmula darle la habilidad al representante Beto O’Rourke, demócrata de Texas, para arrebatarle el escaño a Cruz en el senado en Noviembre?

Seguro ya hemos oído hablar de Beto —al parecer nadie lo llama por su apellido— y eso ya en sí es una maravilla. ¿Cuándo un candidato al Senado, siendo tan poco conocido, había recibido tanta cobertura? Se han hecho extensos análisis sobre él en el New York Times, el Washington Post, en Político, Rolling Stone y Vanity Fair, en los cuales se le ha calificado con el más poderoso adjetivo político de todos: “Kennedyesco”.

Incluso apareció en el show de Bill Maher, en HBO, el mes pasado, dando de qué hablar en los encabezados con su respuesta a la caracterización que hizo Maher sobre Cruz.

“No hay que olvidar”, dijo Maher, “él es un grandísimo patán”.

“Eso es verdad”, Beto coincidió.

Fue un pequeño desliz, desviándose por un momento de su usual gentileza, y durante la comida en Houston el jueves, me dijo que lo lamentaba.

“Creo que simplemente me dejé llevar por la conversación”, dijo Beto. “En fin, no creo que Ted Cruz sea un patán”.

“¿No lo crees?” pregunté incrédulo.

“Ciertamente no creo eso de manera pública”, respondió.

Cruz es un extraño y apreciado regalo. Es tan detestable que cualquier demócrata con una minúscula posibilidad de derrocarlo seguramente atraería mucha más atención e inspiraría mucha más esperanza que las dinámicas políticas que se dan por sentadas.

Mientras que la impopularidad del presidente Donald Trump pone en riesgo a los titulares de su partido por todo el país y quizás Texas en verdad se esté tornando cada vez más azul, el estado se ha mantenido rojo por demasiado tiempo. La última vez que un demócrata ganó a nivel estatal fue hace 24 años.

Pero Beto es algo más. Muchos de sus eventos de campaña se llenan a reventar. La gente hace fila para tomarse selfies con él e insisten en abrazarlo.

Está recaudando dinero en grandes cantidades. La semana pasada reveló que en el primer trimestre del 2018 acumuló 6.7 millones de dólares, recaudando en total 13.2 millones de dólares, lo cual por mucho supera a Cruz y es más de lo que cualquier otro demócrata de Texas, que se haya postulado para el Senado, haya jamás amasado. Todo ese dinero viene de personas individuales, ya que ha rechazado el dinero de los Comités de Acción Política (PACs).

“Incluso la persona más escéptica debe reconocer que algo está pasando”, según me dijo Jim Henson, director del Proyecto Político de Texas en la Universidad de Texas en Austin. “¿Pero acaso es suficiente para sacar de la profunda zanja en la que cualquier candidato demócrata se encuentra atrapado en este estado?”

Beto responde a ello con una extraña campaña. Esto le ha dado la libertad para actuar de manera más independiente. Nadie le escribe sus discursos, debido a que nunca habla siguiendo las pautas de un guión. No tiene un encuestador, debido a que no se rige por los sondeos.

Ningún consultor político que valga la pena nos permitiría acudir a los planteles universitarios, debido a que los jóvenes no votan”, según les dijo a un grupo de líderes hispanos durante una reunión el jueves a la cual yo lo acompañé. “Es por eso que no contamos con un consultor político”.

De hecho, su próximo evento fue en la Universidad de Houston.

Él mismo maneja de un lugar a otro en una Dodge Caravan rentada de color rojo. El séquito completo de viaje se conforma de una bolsa repleta de plátanos y nueces y sus dos auxiliares de campaña en el asiento trasero con sus teléfonos inteligentes. “Lo más importante para ellos en el auto es que todo marche con eficacia”, me dijo. Él mismo se encarga del manejo del volante y la navegación.

Sus seguidores en Facebook saben esto debido a que transmite videos en vivo por la red social durante gran parte del día, sobre todo tipo de actividad por más tediosa que sea. Al mediodía del miércoles  les informó a sus seguidores de un contratiempo que tuvieron con la electricidad durante una parada en una tienda de conveniencia para ir al baño. “Estaba en el cubículo”, según recuerda. “Cuando las luces se apagaron. Me quedé helado. Estaba completamente oscuro”.

El jueves por la noche, sus seguidores fueron testigos de los emocionantes minutos, cargados de acción, de él llenando el tanque de la Caravan. “Fueron 44.45 dólares”, según narró. “Sus contribuciones van literalmente al tanque de la gasolina”.

A finales de enero, transmitió un video en vivo por 24 horas en Facebook comenzando con una carrera junto con cientos de sus partidarios al amanecer y continuando luego con una plática que tuvo con los barrenderos que limpian las calles durante la noche. (Cuando tenía que ducharse, o hacer alguna otra cosa, su esposa, Amy, mantenía a los seguidores interesados.)

Le pregunté por qué.

“¿Cómo puedo yo captar tu atención?” respondió. “Ya has visto lo que sucede en la política con anterioridad. Has visto esos anuncios en los que salgo tomando de la mano a mi esposa y nuestros hijos corren cuesta abajo por una colina. Seguro ya estás cansado de eso. ¿Cómo puedo yo hablar de lo que sucede justo ahora? La política está cambiando de manera dramática. La gente en verdad busca la manera más transparente, más honeste y directa para entrar en contacto los unos con los otros. Y nosotros la vamos a encontrar”.

Beto, de 45 años, vive en El Paso, ahí fue donde creció y ha pasado la mayor parte de su vida en Texas, a excepción del tiempo que pasó en la Universidad de Columbia, donde hizo una licenciatura en inglés. Él y Amy tienen tres hijos de siete, nueve y 11 años. Emprendió una pequeña compañía de tecnología antes de servir en el Consejo Municipal de El Paso, y luego en el Congreso.

Dicho historial le ha dado suficiente material que cuando un votante le hace una pregunta —ya sea sobre el cuidado de la salud o la seguridad en las escuelas o la manera de tratar a los veteranos— siempre puede sacar a colación alguna anécdota personal. Después de una reunión en el ayuntamiento el jueves, dos asistentes, a quienes entrevisté por separado, utilizaron el mismo adjetivo para elogiarlo: “Empático”.

Siempre le atina a las notas correctas al grado que resulta inquietante. Durante la campaña del verano pasado, cuando sus hijos estaban de vacaciones de la escuela, la familia acampó en algunos parques estatales. Sus dos hijos más pequeños se aprendieron la letra de la canción “Amarillo by Morning” de George Strait antes de un evento en Amarillo, al cual dieron comienzo con una presentación de la canción a cappella.

Procura siempre concordar con aquellos votantes que sienten aversión hacia los legisladores federales, y dijo, durante aquella reunión en el ayuntamiento, que sólo el nueve por ciento de los estadounidenses aprueban al Congreso. “Ustedes saben que el comunismo tiene un rating de aprobación del 10 por ciento”, según agregó. “La clamidia está en un ocho por ciento. Por lo que el Congreso está justo en medio. Pero tengan cuidado, el cabildo de la clamidia está trabajando muy duro y muy pronto van a superar al Congreso”.

Pero también es cuidadoso de elogiar a sus colegas en la Cámara de Representantes. “Hay mucho talento en la camarilla demócrata”, me dijo, “Desde Joaquín Castro hasta Cheri Bustos, de Joe Kennedy a Hakeem Jeffries”. Tan sólo en ese aparentemente improvisado enunciado, se las ingenió para incluir a un paisano texano, al miembro de una dinastía, ambos géneros y una multiplicidad de regiones y razas.

Puede estar hablando sobre pescado frito en un determinado momento y luego pasa a hablar sobre James Joyce con gran facilidad. (El mayor de sus hijos de hecho se llama Ulysses.) Es conocedor del punk rock clásico y de la música country contemporánea. También sabe hablar español.

Es muy claro en cuanto a lo que él cree, de que el cuidado de la salud debería estar garantizado, de que la mariguana debería ser legal, de que Trump debe ser destituido y que el muro fronterizo es una ridiculez. Eso lo coloca hacia la izquierda de muchos texanos. Pero demuestra una gran prolijidad cuando se trata de su tan extenuante esfuerzo por visitar cada condado en Texas, incluyendo aquellos que se caracterizan por ser excesivamente conservadores, y sobre la necesidad de la gente, de cualquier denominación política, de sentirse respetada.

Beto es más que el anti-Cruz. Es una fábula política, aferrándose a la tan improbable, pero feliz posibilidad de que la efervescencia de un candidato es más importante que el colapso partidista de un estado y que las agallas pueden más que cualquier grupo de sondeo.

“La gente está observando”, según le dijo a su audiencia en el ayuntamiento. “Si ganamos esta contienda de la manera correcta, les garantizo que vamos a cambiar la manera de hacer política, y Estados Unidos continuará hacia adelante”.

 



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