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La muerte de Khashoggi es un delito

Bret Stephens / The New York Times | Sábado 20 Octubre 2018 | 00:01:00 hrs

La presunta tortura, asesinato y desmembramiento de Jamal Khashoggi por parte de Arabia Saudita se ha recibido en ciertos círculos con más lamento que indignación. Estábamos —dice el argumento— ante el Gobierno más reformista en la historia de reino y luego cometió esa idiotez, esa cosa espantosa, y ahora Estados Unidos corre el riesgo de empeorar las cosas “en un arranque de rectitud”, como un observador lo señaló recientemente.

Bueno, ¿pero podemos abundar en “la cosa espantosa” un poco más?

Esa cosa espantosa no es que alguien en Riad, implementando la lógica fría de la razón de Estado, haya decidido asesinar a un enemigo. Se trata de a quién decidió hacer su enemigo.

Khashoggi no era Anwar al-Awlaki, el clérigo radical nacido en Estados Unidos y asesinado en 2011 por órdenes del presidente Barack Obama después de que unió fuerzas con una filial de Al Qaeda en Yemen y le declaró la guerra a Estados Unidos. No era Fernando Pereira, el fotógrafo que murió fortuitamente en 1985 cuando estaba a bordo de un barco de Greenpeace después de que agentes de inteligencia franceses lo hundieron en Nueva Zelanda.

Ni siquiera era Alexander Litvinenko, el exagente de inteligencia ruso asesinado en Londres en 2006 por órdenes de Vladimir Putin. Litvinenko estaba tratando de sacar a la luz los crímenes que ayudaron a llevar a Putin al poder. Su asesinato fue una atrocidad, pero sabía que estaba nadando en aguas infestadas de tiburones.

Khashoggi no era terrorista ni espía ni un espectador desafortunado. Era molesto, ya que iba y venía entre el Occidente y el Medio Oriente, actuando por momentos como cortesano, comentarista, intelectual público y disidente moderado. Se le había descrito como islamista, pero sus simpatías políticas eran heterodoxas y a menudo liberales. Apoyaba la decisión del príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salmán, de permitir que las mujeres pudieran conducir, pero se oponía a las restricciones políticas que acompañaban dicha decisión.

Un régimen sabio lo habría ignorado o bien habría encontrado la forma de cooptarlo. Un régimen de maleantes podría haber incautado sus activos, haberlo enjuiciado en ausencia por un delito fabricado o incluso tratado de secuestrarlo.

No obstante, se requiere una asombrosa combinación de crueldad, arrogancia e idiotez para que Riad pensara que podía salir impune del grotesco asesinato de un periodista inofensivo y conocido en el territorio de su rival de Medio Oriente en un consulado que los sauditas debían saber que estaba intervenido o vigilado.

Parece que ese fue el caso. Mientras “los agentes decapitaban a Khashoggi y desmembraban su cuerpo”, un médico forense saudita al que “habían llevado para que realizara la disección y se deshiciera del cadáver” dio algunos consejos a los demás, informó el miércoles The New York Times. “Escuchen música, les dijo, mientras él mismo se ponía unos audífonos”.

¿Qué música? ¿La banda sonora de “Sweeney Todd”?.

Los defensores de los sauditas han señalado que otros países aliados en teoría, incluidos los turcos, tienen su propio aparato de tortura para la represión. Eso es cierto, pero los presidentes estadounidenses por lo general no tratan de encontrar coartadas ni inventar excusas para dichos países inmediatamente después de que cometen actos inhumanos.

Los defensores también dirán que necesitamos a Riad para que comparta inteligencia, se oponga a Irán y extraiga petróleo. También es cierto, aunque el reino seguirá oponiéndose a Irán y extrayendo petróleo sin importar la actitud que adoptemos ante el asesinato de Khashoggi. En cuanto a la inteligencia, si no quieren compartirla con nosotros no estamos obligados a compartir la nuestra. En la era de la hidrofracturación, la Casa de Saúd tiene infinitamente más necesidad de Estados Unidos que a la inversa.

Esa habría sido la mejor lección que el gobierno de Trump podría haber dado al Reino y a su incompetente aprendiz de gobernante. Eso y pedir que haya una investigación independiente como la investigación de la ONU sobre el asesinato del exprimer ministro libanés Rafik Hariri.

Tal vez nunca se lleve ante la justicia a un culpable, en especial si el príncipe heredero fue quien ordenó el ataque a Khashoggi. Los sospechosos que se mencionaron en el caso de Hariri también lograron salir libres.

No obstante, la alternativa es permitir que los periodistas sean torturados y desmembrados con la autorización indirecta de Washington, y eso es mucho peor. Esto convierte a Estados Unidos no solo en testigo de la criminalidad de nuestros aliados, sino también en su cómplice. Nos imposibilita para condenar actos similares de nuestros enemigos. ¿Qué va a hacer Estados Unidos la próxima vez que el Kremlin decida eliminar a uno de sus enemigos en territorio británico?

Como muchos occidentales que hayan conocido a Mohamed bin Salmán, me quedé impresionado con su energía y la empatía de su mensaje de reforma social, religiosa y económica. Además, no desconozco las amenazas a su reino y la necesidad de enfrentarlas de manera firme.

No obstante, asesinar a un periodista indefenso en su propio Consulado no es firmeza, sino barbarie. Y tratar de salir impune con todo descaro mediante promesas vacías de una investigación y haciendo alarde de amenazas de represalias diplomáticas no es prueba del instinto reformista de un joven gobernante. Es un camino hacia una forma de tiranía más oscura.

Donald Trump y el secretario de Estado Mike Pompeo pueden pensar que están manteniendo una alianza necesaria con Riad a pesar de los juicios morales de sus críticos. Deberían andarse con cuidado, no vaya a ser que el efecto de su condescendencia sea otro monstruo del Medio Oriente.



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