viernes 31, octubre, 2014 | hrs

Coronel Enrique Portillo Maesse PRIMER PRESIDENTE MUNICIPAL DE CASAS GRANDES 1911-1913


POR: Beatriz Gutiérrez Chávez | Martes 04 Marzo 2014 | 22:40 hrs
El Coronel Enrique Portillo Maesse, nació en el pueblo de Casas Grandes, Chihuahua, el 20 de Abril de 1882, hijo de Genovevo Portillo y Gertrudis Maesse. Sus hermanas fueron Genoveva, Xochitl y Guadalupe.

Don Genovevo era uno de los hombres más ricos de Casas Grandes. Fue el único hijo varón de Don Enrique Portillo, quien a su muerte le heredó una considerable fortuna, así como una excelente educación obtenida en Francia, en donde cursó la carrera de Ingeniería en Agronomía. Don Genovevo poseía muchas tierras de agricultura y pastales así como una de las mejores casas del pueblo. Era de dos plantas, amueblada con finas piezas europeas y costosas vajillas de porcelana con filos de oro. Contaba con elegantes carruajes de caballos y ofrecía grandiosas fiestas donde se reunían las familias más selectas e importantes de toda la región. Para tales ocasiones, el jardín era decorado con numerosos faroles, pues incluso hasta contaba con una planta que por medio de un mecanismo hidráulico le producía electricidad.

Y en éste ambiente familiar y social de abundancia y lujos, fue donde se crió Enrique Portillo Maesse quien al haber corrido con la misma suerte que su señor padre, de haber sido único hijo varón, recibió la mejor educación que había a su alcance. Al ser establecida por los mormones a principios del siglo XX la Academia Juárez era considerada una de las mejores instituciones académicas del estado. Por ser el costo de la colegiatura muy elevada, no todos tenían la oportunidad de ingresar ahí, mas Enrique terminó sus estudios primarios en dicha escuela, para posteriormente ser enviado por su padre a Europa a estudiar Leyes. Una vez terminó, regresó a su pueblo de Casas Grandes.

Joven de gran carisma y ya con cierta cultura adquirida en sus viajes y estudios, poseía además un carácter alegre y abierto que le hizo integrarse rápidamente al ambiente pueblerino. Reuniéndose con sus amigos y primos en las cantinas salía a relucir su perfil de bohemio, disfrutando de agradables veladas donde deleitaba a todos contando las experiencias de sus viajes, cantando y tocando su guitarra, ya que contaba con una bella y armoniosa voz de trovador, por lo cual era bastante admirado y apreciado en su entorno social.

Mas Enrique, no obstante de ser un hijo privilegiado y de pertenecer a la alta sociedad de su época, poseía ideales liberales y revolucionarios muy contrarios a las ideas conservadoras y Porfiristas de su padre, quien gracias a los innumerables e ininterrumpidos puestos públicos que desempeñaba en el Gobierno había tenido la oportunidad de adquirir algunos terrenos agrícolas y pastales mediante el tráfico de influencias o del manejo de información privilegiada. Este, aprovechando ventajosamente su buena posición económica y política, pero sobre todo la promulgación de la Ley del 25 de febrero de 1905 dada por el Gobernador Enrique Creel, sobre medida y enajenación de los terrenos municipales de solares, terrenos agrícolas y de pastoreo, la cual le favoreció enormemente, logró superar a los demás campesinos, que carecían de esta oportuna información y de recursos económicos. Así pues que Don Genovevo se convirtió en el mejor postor, además de cacique.

No obstante su situación de tener como padre a un rico terrateniente y empleado del gobierno Porfirista y estar bien instalado en su vida burguesa, Enrique era un hombre honesto y justo, no acorde con todas las injusticias, corrupciones y represiones del sistema. Es por esto que se interesó grandemente en el Manifiesto de los hermanos Flores Magón, en el que instaban a todos los mexicanos a liberarse del yugo Porfirista, a de una vez por todas derrocarle por medio de las armas ya como una última solución.

Sin demora alguna, Enrique se inmiscuyó en este movimiento integrándose al grupo de conspiradores de Casas Grandes, convirtiéndose pronto en uno de sus principales líderes junto con José Inés Salazar, Silvestre Quevedo, Santos Ponce, Homobono Reyes, Albino y Felipe Chávez Portillo, Santiago Holguín, Toribio Ontiveros, Miguel Portillo, Melquiades Álvarez, Roque Gómez, José C. Parra y otros jóvenes más.

Enrique fue un verdadero hombre de acción, fiel patriota y de firmes convicciones que anteponiendo su cómoda vida y brillante y exitoso futuro, dejó todo por una lucha libertaria y revolucionaria. No obstante el disgusto e incomprensión de su padre se lanzó a la batalla, demostrando así ser firme y congruente con sus propios ideales.

Para su desgracia y la de su familia, éste grupo de conspiradores fue denunciado y sus 34 integrantes fueron apresados, trasladados a Veracruz, confinados a las terribles mazmorras de San Juan de Ulúa acusados de ¨rebelión y traición contra el Gobierno¨, y sentenciados a dos años de prisión. Sin menospreciar el sufrimiento que en esta infame prisión padecieron sus compañeros de infortunio, a los cuales los guardias federales trataron con una injusta dureza por tratarse de ¨reos federales muy peligrosos¨, sin lugar a dudas el que más sufrió estos inhumanos castigos fue Enrique. Considerando su alta posición económica, social y cultural y acostumbrado a vivir libremente su vida de ¨junior¨, debe de haber sufrido lo indecible en tal cautiverio.

A su liberación el día 28 de diciembre de 1909, regresó a su pueblo, continuando en la lucha con más ímpetu ya que habiendo sufrido en carne propia la represión e injusticia de un gobierno dictatorial, estaba dispuesto a continuar luchando junto con sus compañeros hasta no ver realizados sus ideales revolucionarios. No importándole su reciente sacrificio en prisión, estaba dispuesto hasta a dar su vida de ser preciso.

Enrique se lanzó de lleno a la lucha armada atendiendo al llamado de los Magonistas y supuestamente fue por medio del dirigente del Partido Liberal Mexicano, Praxedis G. Guerreo, quien era el responsable de la organización insurreccional en el estado de Chihuahua, que ingresó a las filas del líder revolucionario Guerrerense Pascual Orozco, formando un grupo de liberales Magonistas a los cuales se les llamó ¨Los Colorados¨.

Dentro de estas fuerzas revolucionarias Enrique participó en las batallas al lado de los Orozquistas, habiendo sido de gran utilidad a esta causa, ya que les servía de enlace para abastecerse de parque, elementos de guerra, recursos económicos en el extranjero y a que sabía hablar inglés perfectamente. Toda su familia, por motivo de la revolución se exilió en El Paso, Texas,

Pascual Orozco, ante la derrota sufrida en la fracasada batalla de Casas Grandes el día 6 de marzo de 1911, por Don Francisco I. Madero, Jefe de la Revolución, se incorporó a sus filas y uniendo fuerzas se dirigieron a la toma de la plaza de Cd. Juárez, el día 8 de mayo de 1911.

Los Colorados, al mando de los dos grandes y aguerridos líderes revolucionarios, Pascual Orozco y Francisco Villa y en contra de la voluntad del Sr. Madero, lucharon valientemente contra los defensores federales de la plaza, habiendo obtenido una gran victoria al vencerlos, lo que provocó el derrocamiento del Gobierno Porfirista. Esto obligó a Don Porfirio Díaz a renunciar como presidente de México, logrando con este triunfo la realización del objetivo principal de esta lucha armada, llamada gloriosamente REVOLUCION MEXICANA.

Al triunfo de la Revolución con la toma de Cd. Juárez, Enrique se regresó a Casas Grandes. Siendo originario de ahí y siendo considerado una persona prominente, preparada y de una probada lealtad a la causa revolucionaria fue electo como Presidente Municipal, emanado de una elección de carácter popular y por primera vez democrática. Este logro, que tantas y tantas luchas, sacrificios y vidas costara, lo avala orgullosamente su fotografía, que como primer Presidente Municipal de su querido Casas Grandes luce en la Sala de Cabildo como mudo testigo del lema por el que tanto se luchó: ¨Sufragio efectivo, no reelección¨.

Sobre su elección, rescaté un insólito artículo del diario independiente de información de ¨El Padre Padilla¨, fechado el 3 de diciembre de 1911, que dice: ¨PIDEN LA LIBERTAD DE UN REYISTA .-Un numeroso grupo de vecinos de Casas Grandes dirigió extenso ocurso al Gobernador del Estado pidiéndole poner en libertad el Sr. Enrique Portillo, pues resultó electo por mayoría de votos para Presidente Municipal de la cabecera del Distrito Galeana. Portillo está preso acusado de estar implicado en un complot revolucionario reyista y por lo tanto a disposición del Juez de Distrito en el Estado, a quien el Gobernador, Lic. González envió el precitado ocurso para que resuelva lo que sea del caso.¨

Supongo que el caso fue resuelto a su favor ya que Enrique fungió como Presidente. Su administración lógicamente debió haber sido bastante difícil políticamente ya que el era un revolucionario Maderista, de ideales democráticos y liberales, contrario a los conservadores Porfiristas que aún predominaban en el ambiente político y social de Casas Grandes, incluyendo a su respetable familia.

Pero sorteando todos estos obstáculos, logró ser un buen presidente. Señalar, que en el proceso de enajenación y privatización de los terrenos amparados en la Ley del 25 de febrero de 1905, se eliminó el acceso a los recursos básicos del área, dejando desamparados a muchos de los pequeños productores, rancheros y medieros, que antes de la promulgación de esta ley gozaban del usufructo de estos terrenos que constituían un apoyo en su economía doméstica y que al promulgarse esta, su supervivencia se vio amenazada como productores autónomos. Enrique asumió el poder no por vanidad, ni por intereses económicos, no los necesitaba. Lo asumió para consolidar la institucionalidad, para proteger y ayudar a su pueblo y a su gente, como lo demostró en un oficio que le envió al Gobernador Maderista Don Abraham González, para demandarle la ¨restitución¨ de los antiguos terrenos ejidales, señalándole que ¨el pueblo de Casas Grandes carecía de leña y madera, que sólo se encuentran en los inmensos terrenos del general Terrazas, siendo muy elevado su precio; y el pueblo sufre en general, de imperiosa necesidad.¨ Así era Enrique, identificado con su gente y sus necesidades, nunca les abandonó y con ese espíritu de hombre noble e idealista continuó su vida como el gran luchador que siempre fue.

Terminado su corto periodo como Presidente, Enrique se lanzó de nuevo a la lucha armada, demostrando con esto no ser un hombre pasivo ni conformista, ya que habiéndose iniciado como conspirador contra el gobierno Porfirista, después en acciones de inconformidad contra el gobierno Maderista y finalmente incorporándose a la rebelión armada del Gral. Pascual Orozco, ahora salía a luchar contra el Ejército Constitucionalista, que como Jefe de la Revolución había organizado Don Venustiano Carranza con el objetivo de restablecer el orden constitucional contra el gobierno usurpador de Victoriano Huerta. Este último, había derrocado al gobierno Maderista mediante un golpe de estado, además de haber cometido el acto criminal y traidor de asesinar a Don Francisco I. Madero y a su vicepresidente el Lic. José Ma. Pino Suárez.

En el mes de noviembre de 1913 se encontraba en Cd. Jiménez, Chihuahua, al frente de la poderosa fuerza armada División del Norte al mando del General Francisco Villa, a quien el Sr. Carranza había nombrado General Brigadier por sus grandes victorias en el Noroeste del Estado. Estaba en compañía de todo el Estado Mayor integrado por Toribio Ortega, Rodolfo Fierro, Juan N. Medina, Maclovio Herrera, Tomás Urbina y Manuel Chao.

Por órdenes del Sr. Carranza, esta gran fuerza militar y al mando del mismo Gral. Villa, marchó hacia Cd. Juárez, con el fin de tomar esta plaza en poder de Huertistas y Orozquistas. A cargo del grupo de ¨Los Colorados¨ estaban el Gral. José Inés Salazar y el Coronel Enrique Portillo, atrincherados en la plaza de toros con aproximadamente unos 120 hombres. En su afán de lucha contra todo y todos, ahora si los Colorados se encontraron en una situación bastante difícil, comprometida y para colmo hasta en desventaja. Su acérrimo rival el Gral. Francisco Villa odiaba a los Orozquistas, a los Colorados y con mayor razón a los Huertistas, por considerarles traidores a la causa revolucionaria y por haberse unido a las fuerzas militares de Victoriano Huerta el usurpador y asesino del Presidente Madero y sobre todo por haberse rebelado contra éste último, a quien siempre le había sido realmente fiel.

Conociendo la audacia, valentía y saña del Gral. Villa, sabían que vendría con todo y con el firme propósito de derrotarlos como fuerzas militares y de despedazarlos como personas. Esto no le importó a Enrique, pues siguió defendiendo la plaza exponiendo su vida en una lucha peligrosa y temeraria, contra la voluntad de toda su familia, quienes desde el exilio le suplicaban que desistiera de esta batalla y que por amor de Dios ya tratara de vivir en paz.

Los Colorados protagonizaron su última batalla el 19 de noviembre de 1913, ya que las fuerzas constitucionalistas tomaron a sangre y fuego la plaza, venciendo a Huertistas y Orozquistas. Realmente, la única y más valiente resistencia la realizó el Coronel Portillo al frente de un reducido grupo de Colorados, quienes ante el fuerte ataque y fuerza superior del enemigo, no tuvieron otra opción que rendirse y entregar la plaza. Al haber destruido este último bastión de resistencia, los Villistas les obligaron a evacuar la plaza, y por órdenes de su jefe de zona militar el Gral. Salvador R. Mercado, marcharon derrotados hacia Ojinaga a través del desierto, los 6,000 soldados que sobrevivieron de la guarnición, dejando tras de sí en el campo de batalla a cientos de sus compañeros muertos, 700 prisioneros y todo su equipo de artillería. Entre el grupo de prisioneros de más alto rango y responsables de la defensa de la plaza, se encontraba el Coronel Enrique junto con 6 oficiales federales y 5 de los Colorados.

Entre las pocas virtudes que el Gral. Villa tuviera, no figuraban precisamente las de la caridad y el perdón que en algún tiempo el mismo recibió. Olvidó aquella ocasión en que encontrándose en Jiménez, Chih., fue acusado de haberse robado una fina yegua inglesa y al ordenarle Huerta que la devolviera a su dueño se negó rotundamente, por lo que fue acusado de desobediencia a órdenes superiores en campaña. Huerta, receloso de la fama y la capacidad militar de Villa a pesar de no ser un militar de carrera, utilizó el incidente como pretexto y lo procesó por insubordinación ordenando su fusilamiento, a pesar de reconocer que este prestaba importantes servicios a la División y que como Secretario de Guerra de Don Francisco I. Madero dirigía. Gran pánico se apoderó del Gral. Villa al ser informado de esta sentencia, ofreció un patético espectáculo ante el cuadro del pelotón designado para su fusilamiento al hincárseles llorando varias veces cobardemente y suplicándoles que no le quitaran la vida. Puso en evidencia la hombría, valentía y honor de militar, que en tantas y tantas batallas victoriosas había demostrado, además de la admiración del pueblo mexicano por su ejemplo de valor, del que en esos momentos carecía. Pero su buena suerte le favoreció en los últimos momentos de angustia, ya que a instancias de Raúl y Emilio Madero; Don Francisco I. Madero como Presidente de México anuló la sentencia a cambio de que fuese remitido preso a la capital para continuar allá con el proceso. Olvidó también Villa, que en otro acto de suma benevolencia en que el Sr. Madero demostró su respeto y consideración hacia los hombres prisioneros y vencidos, al perdonarle la vida al defensor de la plaza de Cd. Juárez, el Gral. Juan J. Navarro al declarar este su rendición y entregarse prisionero. No obstante las presiones de las fuerzas revolucionarias que a gritos le pedían su ejecución, El Sr. Madero no solo le perdonó la vida, sino que lo rescató y bajo una fuerte escolta lo puso a salvo en el lado americano.

Y así le fue arrebatada la vida al Coronel Enrique Portillo Maesse, habiéndole sido negado el derecho de un juicio justo. Equivocado o desorientado que estuviera en sus ideales revolucionarios tenía todo el derecho de seguir viviendo, de pensar y de obrar conforme a su libre albedrío. Fueron tantas y tan difíciles las circunstancias que le rodearon, que al final le cobraron la vida. Pero Enrique, como otros tantos revolucionarios, fue un idealista, un luchador social incansable que de acuerdo a sus ideas y criterio quería mejorar la situación tan critica que predominaba a nivel nacional, pero su poder político y militar fue sumamente limitado al enfrentarse a un enemigo tan superior, que al final de cuentas sucumbió en la lucha.

Legó un gran ejemplo de patriotismo y valor, así como una entrega total a sus ideales, muriendo con la firme convicción de estar prestando un servicio a la patria, aún cuando sus propósitos no fueran los mismo que los de sus enemigos. Murió siendo una víctima más de aquella difícil e histórica época, terminando su lucha en el año 1913, a finales del mes de noviembre.

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