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Larga vida a John McCain en el funeral de Joe Arpaio

Diego Fonseca/The New York Times | Jueves 30 Agosto 2018 | 00:01:00 hrs

Phoenix, Arizona — Un mecanismo torcido de la Historia parece dispararse a menudo para llevarse a las personas nobles. El último sábado de agosto murió un hombre bastante noble —bastante, para los tiempos que corren— en un rancho de Arizona. Se llamaba John McCain, llevaba tres décadas como senador y nunca pudo ser presidente de un país que, dicen, amó hasta la muerte.

La inmensidad de Estados Unidos lo despidió con honores, como si por un instante todo un país se reconciliaría con la idea de que morir con principios es mejor que vivir con intereses. McCain pidió que para su funeral los ex presidentes George W. Bush, republicano como él, y Barack Obama, el demócrata que le ganó la Casa Blanca en 2008, fueran parte de su elegía. El viejo ‘maverick’ de Arizona fue despedido como el hombre de Estado que fue en la práctica. Donald Trump, el jefe de Estado en los papeles, le dedicó apenas veintiuna palabras en un tuit. El honor, se sabe, se mide por los actos.

Tres días después de su muerte, la misma Historia que nos hace insultar porque se lleva a quienes no debe nos hizo un guiño. Joe Arpaio, el ex alguacil que encarcelaba latinos en tiendas de campaña bajo el sol criminal del desierto y quien fue uno de los hombres más populares de Arizona, sufrió una derrota arrolladora en su intento por convertirse en candidato a senador: obtuvo apenas el 20 por ciento de los votos.

Arpaio, quien hasta 2017 y por veinticuatro  años fue alguacil de Maricopa, el condado de Arizona más populoso y rico, donde viven dos tercios de los republicanos del estado, buscaba un lugar en el Senado para protegerse el trasero de la justicia. En 2017, el sheriff perdió por primera vez su reelección poco después de que fuera condenado por desacato por desobedecer a un juez federal que le ordenó detener su persecución de migrantes indocumentados latinos. La estrella de Arpaio parecía apagarse, pero entonces hace exactamente un año su amigo Donald Trump vino al rescate del viejo policía con un indulto. Tras eso, Arpaio, quien no ha dejado de rendirle pleitesía a Trump, decidió postularse para el Senado. Es suficiente decir que, mientras McCain fue un republicano democrático, Arpaio hizo campaña promocionándose como “republicano conservador”, la rama más reaccionaria del partido y una identificación de la cual es difícil emerger sin raspones.

Pero lo dicho, la historia, como quita, también da.

Detengámonos en ambas figuras. McCain era un personaje moral, un héroe de guerra convertido en un político que muchas veces antepuso la conciencia a la necesidad partidaria, una rara avis de la política estadounidense. “Con McCain se siente como si supiéramos, por un hecho probado, que es capaz de devoción por algo más que su interés propio”, escribió David Foster Wallace. Arpaio representa lo opuesto. Un hombre que utilizó un cargo público para construirse un culto personal como duro agente de la ley que defiende las fronteras del mundo desarrollado de hombres, mujeres y niños de Centroamérica y México, arribados a Estados Unidos para construir una vida mejor pero sin papeles que la habiliten.

La derrota de Arpaio es apenas un respiro en medio de la pérdida de un hombre irremplazable como McCain, quien se opuso con determinación a la banalización maligna de Trump. McCain fue una barrera ética que ya no posee el Partido Republicano (GOP), dueño de todo para desalojar a Trump, pero que ha renunciado a cualquier dignidad solo por mantener el control de la Casa Blanca.

Trump y los líderes republicanos han corroído las bases de la convivencia democrática y la confianza en las instituciones que McCain procuró cimentar, dentro y fuera de las líneas partidarias. Joe Arpaio, la última apuesta del trumpismo por asegurarse el dominio del Senado en las elecciones intermedias de noviembre, debía ocupar un espacio más en ese nuevo orden, el del más fiero cazador de migrantes al servicio del presidente.

Pero perdió. ¿Debemos regocijarnos? Tal vez. Freedom House hizo notar que 2016, el año de la elección de Trump, fue el “undécimo consecutivo” de declive de la libertad global; en buena medida por las amenazas, cada vez mayores, que enfrentan los derechos políticos y civiles en una decena de países. Pero, en rigor, el auge de fuerzas populistas y nacionalistas es un intento por perpetuar un orden que se desmorona.

El mundo debe seguir su camino hacia una comprensión plural de las relaciones sociales, el cuidado del medioambiente y economías más equitativas sin desatender esa amenaza desde las cloacas. El fracaso en combatir adecuada y oportunamente a los protoautócratas y políticos autoritarios ya costó guerras al mundo y rompió el contrato social de numerosas naciones, desde Nicaragua y Venezuela a Hungría y Turquía.

La derrota de Arpaio no es menor sino un muy posible y necesario signo del cambio de tiempos. Esta vez, Arpaio no contó con el apoyo de Trump, cuya toxicidad es electoralmente contagiosa. Su caída a manos de una candidata apoyada por los barones históricos del GOP puede ser, además, una señal del posible reacomodo en el conservadurismo ante el agotamiento esperable del trumpismo.

Justo antes de alcanzar la mitad del mandato atropellado de Trump, el desencanto parece mutar hacia un activismo agresivo. Arizona, un bastión conservador desde 1952, podría volverse demócrata en —o antes de— 2020. La tierra que vio surgir a Arpaio es la misma que ha dado a McCain y a la posible nueva senadora demócrata Kyrsten Sinema, una congresista que habla abiertamente sobre su bisexualidad y su convicción de prescindir de Dios en una nación puritana. A nivel nacional, nuevas voces aspiran a refrescar al Partido Demócrata mientras aumenta el temor del GOP a perder la mayoría en ambas cámaras desde que sus candidatos han decepcionado en casi todas las elecciones especiales realizadas el último año.

Arpaio perdió algo más ayer: su intento inmoral por extender su inmunidad judicial con un cargo legislativo. Como candidato, es otra muestra del distopismo que representa Trump. El abrazo del Partido Republicano a la paranoia y el oportunismo ha llevado a Estados Unidos a parecerse a la nación aislacionista dirigida por el antisistema autoritario que Philip Roth describe en La conjura de América.

Trump es lo más cercano al autócrata de Roth y Joe Arpaio a un exudado de ese estado de cosas depresivo. Por eso quienes sobreviven a McCain y al cadáver político de Arpaio tendrían que recuperar los principios y abandonar la calculadora electoral: cuando el rédito prima sobre los escrúpulos primero mueren las personas y luego los sistemas.

Diego Fonseca es un escritor argentino que vive entre Phoenix y Barcelona. Es autor de ‘Hamsters’ y editor de, entre otros títulos, ‘Crecer a golpes’ y ‘Tiembla’.

 



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