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Una digna sepultura para indocumentados

Monica Hesse/Ricky Carioti
The Washington Post | Domingo 04 Diciembre 2016 | 00:01:00 hrs

Ricky Carioti/The Washington Post | Imagen Galeria

Ricky Carioti/The Washington Post |

PRIMERA DE DOS PARTES

Laredo, Texas— El hombre fue encontrado dos noches antes entre los matorrales en un rancho del sur de Texas, a millas de distancia del poblado más cercano, a espaldas de una tienda Wal-Mart. El agente de la Patrulla Fronteriza que lo encontró no sabía cuánto tiempo había caminando el hombre antes de colapsarse y morir, y la médica forense, Corinne Stern, del condado de Webb, tampoco tenía una respuesta en relación al cuerpo del hombre que ahora estaba tendido sobre la mesa de autopsia.

Portaba una mochila, la cual le daría a Stern una pista para saber quién era este hombre y cómo podía enviarlo de vuelta con su familia. Fue así que en la mañana del domingo, su asistente hizo un inventario de cada uno de los artículos encontrados en la mochila. Una botella de agua, casi vacía. Un teléfono celular, con un código de protección. Una cartera, la cual no significaba nada: en veces las personas que entran al país nadando o caminando para cruzar la frontera llevan consigo la identificación de alguna otra persona. Una bolsa de frituras de maíz, una lata de atún y un recibo de papel arrugado. Su cuerpo vestía pantalones de mezclilla y una camisa de color oscuro.

“Parece que cambió dinero el 4 de octubre”, dijo Stern a su asistente, Gilberto Ramos, mientras examinaba el recibo. “Por 140 dólares”. Ella examinó la ropa del sujeto. “Estos zapatos son muy genéricos; no nos servirán de mucho. ¿Qué marca son sus pantalones?”

“Levi’s”, dijo Ramos.

“¿Qué talla?”

“35 por 30”.

“Muchas de sus pertenencias son de Estados Unidos, por lo que es probable que esta no haya sido la primera vez que intentó cruzar”, dijo Stern, luego fueron interrumpidos por el repiqueo de un teléfono.

Ramos volteó a mirar el teléfono fijo que tenían cerca, pero estaba en silencio. “¿Es ese mi teléfono celular?” Stern le preguntó. No lo era. “¿Es acaso el tuyo?” Ramos sacudió la cabeza.

Los dos voltearon hacia la dirección de donde venía el sonido, hacia el mostrador donde estaba la mochila, junto con el teléfono del difunto.

Laredo. Esta era una ciudad en crecimiento con una población de un cuarto de millón de personas, con su vieja zona del centro citadino y nuevas plazas comerciales, viejas casas y nuevas mansiones —una ciudad cuya frontera hacia el oeste colinda con la frontera mexicana, la cual actualmente está protegida por casetas de peaje sobre una caótica autopista, y que ahora Donald Trump insiste que debe ser protegida por un muro.

Laredo fue donde Stern llegó hace una década antes de convertirse en la médica forense del condado, y donde sus oficinas se ubicaban al final de un camino de terracería. Una vez al mes, tenía junta con su personal para hablar del tema que tomaba la mayor parte de su tiempo: identificar a las personas que morían intentando cruzar la frontera hacia Estados Unidos y enviar sus restos a sus países de origen. Ella creía que dar sepultura a estos cuerpos era una muestra de honor a la existencia de una persona. “Una persona que había vivido en este planeta”, en veces solía decir. El dar sepultura era un acto de reconocer nuestra dignidad humana universal, según creía, y dar fe de una ubicación física en donde una familia podía depositar su tristeza.

“Está bien, comencemos”, dijo Stern en la reunión de octubre, unos días antes de aquella autopsia del domingo por la mañana. Stern cruzó una pierna sobre la otra y pasó a la primera página de una carpeta con una etiqueta que decía “Lista de finados a la fecha del 7 de octubre del 2016”. Estaba dividida en categorías: ya fuera que los difuntos estuvieran en la morgue de su oficina o en la oficina de antropología forense; y que los restos estuvieran intactos o fueran esqueletos. La lista era de unas seis páginas, a espacio sencillo. Era muy larga y, a pesar de que Stern había diseñado ciertas estrategias con las que lograba un éxito de identificación del 75 por ciento, aquella lista no parecía reducirse.

El tema de la inmigración se había convertido en uno de los puntos focales de la elección presidencial, una serie de cifras con consecuencias que por lo regular se enfrascaban en una disputa. En el año fiscal del 2015, según al conteo del Departamento de Seguridad Nacional, alrededor de 331 mil personas fueron aprehendidas mientras intentaban cruzar la frontera entre Estados Unidos y México, una cantidad menor a la registrada un año antes. En el año fiscal que terminó el 30 de septiembre, los agentes de la Patrulla Fronteriza aprehendieron a cerca de 409 mil personas. Muchas fueron liberadas en espera de sus audiencias para solicitar asilo político, proceso que puede llevarse meses, o hasta años.

Stern, de 50 años, no se consideraba a sí misma una persona política, y su trabajo no era pensar sobre los miles de personas que cruzaban la frontera cada año con la esperanza de comenzar una nueva vida. Su trabajo era pensar sobre las personas que no lo lograban, que se ahogaban en los ríos, o caían muertas en el desierto debido a la deshidratación o por las extremas temperaturas que sobrepasaban los 110 grados Fahrenheit.

Su trabajo era pensar sobre aquellas vidas que llegaban a su fin.

El año pasado, el número total de inmigrantes que murieron y cuyos cuerpos llegaron a su oficina fue de 105 —más que en cualquier otra jurisdicción ubicada entre Texas y el Océano Pacífico. Este año, su oficina había alcanzado esa misma cifra para los primeros días de octubre.

La cuenta del año anterior estaba escrita en un pizarrón en la sala de autopsias: “inmigrantes: 105”, con marcador rojo.

Stern sabía que era sólo cuestión de tiempo antes de que recibiera la llamada informándole que alguien había encontrado al inmigrante 106.

“El año pasado estuvo muy ajetreado, pero este año estuvo peor”,  dijo a su personal por el transcurso de la semana. No había tomado vacaciones en cinco años; hace un par de años, ella por fin solicitó a los comisionados del condado que la dejaran cobrar 169 horas de vacaciones que nunca había utilizado. Apenas esta semana intentó tomarse un día de descanso para celebrar Rosh Hashanah, el año nuevo judío. Ella celebró la ocasión llamando por teléfono a su hijo, quien recientemente se había mudado a Israel, pero tuvo que regresar a su trabajo antes de que terminara el día.

“¿Cuál es el estatus aquí?” preguntó en la reunión del personal, atando su cabello en una cola de caballo y apuntando a unos cuantos números de caso en la lista de finados. Un miembro del personal explicó que los restos enviados para los análisis de ADN a un antropólogo forense de la Universidad del Norte de Texas, habían sido identificados, pero aún no habían sido enviados al país de origen del inmigrante.

“Fue identificado, por lo que no necesita permanecer en la mesa de un antropólogo”, dijo Stern. “Necesita ser enterrado”.

“pero una vez que llegan a esa oficina—” un miembro de su personal comenzó a decir.

“Necesitan ser enterrados”, Stern interrumpió.

“Bueno”, dijo el miembro del personal.

“Incluso si reciben una sepultura indigente. No quiero que se queden por ahí en un estante. Necesitan ser enterrados”, dijo.

El inmigrante más reciente, el 105, fue encontrado en el condado de Maverick, sin identificación, sin poderlo identificar por sus huellas dactilares, y su ADN fue enviado para ser analizado. El inmigrante 104 fue identificado con rapidez: un hombre de 40 años originario de México, cuya familia estaba trabajando con el consulado para llevar sus restos a casa. Los 103 migrantes anteriores tenían sus propias historias de tristeza. Había un hombre que su familia entera vivía en Carolina del Norte, que había intentado cruzar para reunirse con ellos, y en lugar de una fiesta de bienvenida, tuvieron un funeral con una urna que contenía sus cenizas. Había otro hombre que fue encontrado con un rollo de billetes de 100 dólares, y una carta de amor en inglés que era ya difícil de leer debido al estado de descomposición, a excepción del primer renglón, “No puedo esperar a estar de vuelta en tus brazos”.

Stern aprendió a cortar con delicadeza las bolsas de los pantalones de los inmigrantes, para sacar con facilidad pedazos de papel mojado sin romperlos: En veces las personas son identificadas en base a un número telefónico que traen consigo. Aprendió que debía pasar por los rayos X a cada paciente que llegaba a su oficina, en busca de plaquetas de metal o huesos deformados, u otras anomalías que pudieran ser comparadas con los rayos X de personas desaparecidas.

Ella vio a inmigrantes llegar sin una sola característica identificable, y cuando los revisaba, ella pensaba, “¿Cuál es la población del mundo entero?” debido a que esas eran las probabilidades con las que tenía que lidiar: la persona que tenía en su mesa frente a ella era una en 7 mil millones, y por la gracia del destino esa persona ahora yacía ahí sin que ni uno de sus seres queridos estuviera aún enterado de su fallecimiento.

Tuvo muchas oportunidades para reflexionar sobre esto, debido a que en el transcurso de los últimos años, Stern se había estado encargando del trabajo de nueve condados circundantes, un total de 17 mil millas cuadras —45 mil kilómetros cuadrados.

A principios de la semana, una funcionaria del Consulado hondureño había llegado con una pila de folders manila — su propia lista interminable— a la oficina de Stern para ver si alguno de los casos de personas desaparecidas concordaba con las personas que la doctora había identificado recientemente.

La cónsul, Lilian Gómez, le mostró una foto de una mujer joven de pelo oscuro. “Su hermano nos llama cada semana para preguntar si usted tiene los resultados de ADN”.

El hermano había visto la foto de un cuerpo en una página de Facebook que tiene la finalidad de identificar a migrantes desaparecidos y se convenció de que la mujer muerta en la foto era su hermana.

“No es ella”, dijo Stern, comparando las dos fotografías. Luego suspiró y sacudió su cabeza. “esta persona es de mayor edad. La nariz es distinta. Las orejas son diferentes. Una tiene el pelo rizado y la otra lo tiene lacio”. Stern sabía que las fotos no coincidían, y también sabía que la tristeza juega con la mente de las personas.

Pasaron a otro caso, y luego a otro. Después de dos horas, Gómez tomó el último folder y lo miró por un momento. “Este —con este no sé qué hacer”, dijo.

“¿Aún lo tenemos a él aquí?” preguntó Stern.

“Sí”, Gómez explicó: El caso llevaba meses sin resolverse. Un migrante que llegó a la oficina de Stern concordaba con la descripción de un hombre hondureño desaparecido. Los archivos dentales coincidían, pero la familia quería más pruebas. Stern llamó a un dentista forense, quien les dijo que no había duda de que se trataba de la misma persona. La familia aún no creía que su hijo podría estar muerto, por lo que se rehusaban a reclamar sus restos.

“Soy cristiana, y sí creo en las cosas espirituales”, dijo Gómez. “Pero la familia llamó a una mujer en California”.

“¿Una psíquica?”, preguntó Stern.

“Llamaron a una psíquica. Ella les dijo que su hijo aún estaba vivo. Que estaba trabajando en un rancho con otras 20 personas”.

Stern sacudió la cabeza. “Pero si ese fuera el caso, ¿por qué él no les ha llamado?” “Exacto”, dijo Gómez.

Stern le dijo a Gómez que ella quería poder enviar al difunto a su país de origen. Pero entendía que la esperanza también jugaba con los sentimientos de la gente. En luz de tan implacable tristeza, una familia podría optar por creer en algo que iba en contra de la realidad de la situación. Hablaron sobre darle a la familia más tiempo. “Podría ofrecerles una conclusión definitiva”, Stern finalmente le dijo a Gómez. “Pero les arrebataría sus esperanzas”.

A principios de la semana, la oficina se llenó con un sentimiento de alivio; durante esos periodos en los que había poco trabajo, el personal finalmente podía ponerse al día con el papeleo. Pero aquello pronto se tornó en una ansiosa anticipación hacia el final, y uno de los asistentes empezó a susurrar, “¿Encontraron a un migrante?” cada vez que sonaba el teléfono.

En la tarde del viernes, un trabajador del condado hizo una visita a la oficina antes del cierre y preguntó si la semana había estado atareada.

“Sólo para que sepas, nuestra cifra de este año es de 105, y nuestras cifras, en total, del año pasado fueron de 105”, Stern respondió. “Y el año pasado entre octubre y el 1 de diciembre, hubo 25 inmigrantes. Este año ha estado muy caliente. Vamos a llegar a los 106”. 


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