Opinión

Para erradicar el machismo

En los hechos, la violencia de género tiene diversas formas, que pueden clasificarse como violencia física, sexual o psicológica

Armando Sepúlveda Sáenz
Analista

miércoles, 03 marzo 2021 | 06:00

En los hechos, la violencia de género tiene diversas formas, que pueden clasificarse como violencia física, sexual o psicológica. Según ONU Mujeres una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual en todo el mundo, principalmente por parte de sus parejas o exparejas. Sin embargo, en el hogar, en la calle, en el trabajo, los eventos de violencia contra las mujeres son un drama cotidiano de consecuencias atroces.

Desde la percepción de quien escribe, se ha privilegiado la visión “instantánea” de la violencia y los esfuerzos contra ella, en buena medida se orientan a denunciar el contenido discriminatorio de la violencia de género. De tal modo que parece que los roles del varón deben ajustarse vía la conminación a éstos para que cambien sus patrones de conducta porque no se ajustan al modelo de igualdad sustantiva entre hombres y mujeres, o bien, mediante la sanción social o penal en su caso. 

En este sentido, la evolución del contexto normativo ha sido trascendental, pues las leyes relativas al derecho a vivir sin violencia de género o de igualdad sustantiva o contra la discriminación, son elementos que trascienden la esfera meramente legal, para ubicarse en el ámbito cultural. Cada vez es mayor la población que toma conciencia de que la violencia de género contra las mujeres es inaceptable.  Y aun cuando el parecer ha trascendido a la Ley, el fenómeno permanece. Según las evidencias estadísticas no parece ser un fenómeno en retroceso. Las causas que están tras de las conductas de discriminación machista alientan un modelo de reproducción social, de socialización de ciertos patrones culturales.

Para abonar a esta visión valgan algunas premisas: 1) El sexo hace referencia a una realidad muy amplia, que implica unos procesos de diferenciación que se extienden a lo largo del ciclo vital, procesos que van a estar determinados y condicionados por factores biológicos, psicológicos y sociales en permanente interacción. 2) El género es una construcción social, arranca con las diferencias biológicas, la distinción sexual entre hombres y mujeres. Sobre esta base la sociedad define expectativas diferentes para unos y otras, diferenciando el acceso a oportunidades y derechos. A partir de ahí, la sociedad espera un rol social concreto para unas y otros, eso es lo que denominamos género. 3) En la vida cotidiana, esperamos cosas distintas para los hombres y las mujeres; es decir, agregamos género -expectativas sociales- a los sexos humanos. 4) En esta sociedad patriarcal, la mujer ha sufrido una grave discriminación estructural que aún perdura, aunque utilizando en muchos casos nuevas formas. 5) El papel y la identidad de género asignada a los hombres, les ha otorgado una posición de privilegio sobre la mujer. Esta situación ha configurado un modelo de masculinidad predominante. En el transcurso de generaciones, y a través del proceso de socialización de género, se ha reproducido.

La asignación de roles es un proceso cultural, por ende, es modificable. Bajo el supuesto que la misma sociedad y el Estado, consideran indeseable la situación actual, cabe preguntarse ¿Cuáles son los mecanismos de la socialización de género y cuáles sus agentes principales? 

La situación de privilegio que viven los hombres caracteriza la determinación de resistir el cambio. Se piensa, no sin razón, que la promoción de programas y acciones tendentes a generar un cambio de consciencia y de conductas es un propósito que debe impulsarse por todos los sectores. Creo que este esfuerzo orientado hacia los hombres puede tener resultados valiosos, siempre y cuando ya aliente en ellos la necesidad del cambio.

Si reiteramos que el proceso de socialización de la hegemonía machista es milenario y el contexto principal es la familia, pues es en ella donde primero se especifican y promueven los roles de género; y en donde los padres y las madres juegan un papel activo.

Si suponemos una situación en la que prevalece una relación sobre bases modernas de equidad de género, los patrones culturales que reproducirán en sus hijos serán otros y romperán con las tradiciones de dominio machista. Aunque este sería el caso deseable, hay que reconocerlo, sería un caso excepcional. Baste reflexionar sobre las evidencias de la socialización familiar de nuestros conocidos y parientes como del nuestro en su momento, para darnos cuenta, de lo distante que estamos de rechazar las conductas machistas. En los procesos de formación de los hijos influyen los padres y las madres. Pero el balance tiende a cargarse más hacia las madres por diversos factores. En general, entre más tradicional es la familia, esto es, si la madre se dedica al hogar y el padre juega el rol de proveedor, el peso del proceso de socialización recae sobre la mujer. O en otro extremo, cuando ambos comparten las cargas domésticas, la crianza de los niños y el sostén económico del hogar, la influencia de ambos progenitores en la socialización del modelo de género tiende a balancearse.

En realidad, puede haber muchísimas combinaciones. Por ello los esfuerzos para introducir cambios culturales en las conductas de género deben considerar tanto a las mujeres como a los hombres, desde temprana edad en el seno familiar, escuela, hogar y la comunidad, pasando por ejemplo por programas, de paternidad y maternidad positiva. Erradicar las raíces de la violencia machista exige esfuerzos sistemáticos, de largo plazo, del Estado, la sociedad y los progenitores.