Opinión

De política y cosas peores | Perdieron la apuesta

Los llamados 'casineros' pretendían no sólo dejar de pagar impuestos, sino también demandaban que se les devolviera lo que ya habían pagado

Armando Fuentes
Escritor

sábado, 15 febrero 2020 | 06:00

Ciudad de México.- La señora le reclamó a su marido: “¿Por qué no me compras un abrigo de piel, si siempre ando fría?”. Replicó el señor: “En la pregunta está la respuesta”. Eran dos hermanas, cuarentonas ambas y solteras las dos. Decidieron poner un gallinero en su casa de campo, para cuyo efecto se compraron diez gallinas. Les preguntó el granjero que se las vendió: “¿No quieren también el gallo?”. “De ninguna manera -respondió con ofendida dignidad la hermana mayor-. Promiscuidades en nuestra casa no”. Sucedió que meses después la hermana menor encontró novio y se casó. Al día siguiente de la noche de bodas le puso un mensaje urgente a la otra: “Cómprales el gallo”. Dos cosas no hago yo con mi dinero: tirarlo por una alcantarilla y jugarlo en los casinos. No juzgo a aquéllos que hacen una cosa o la otra: cada quien puede hacer de su tafanario un barrilete. Pero a mí eso de pasar horas echándole monedas a una máquina o poniendo billetes sobre un tapete verde me parece algo muy aburrido, por lo repetitivo de la acción y por lo denso del ambiente donde tales ejercicios se practican. Varias veces he estado en Las Vegas, ya para perorar en alguna convención, ya en dos o tres ocasiones de paseo con mi esposa. Confieso que los días que ahí estuve me habría gustado más pasarlos en Oaxaca, Puebla, Mérida, Guanajuato o Veracruz. Habrá quienes por eso me tilden de conservador, vocablo peyorativo ahora en boga, pero ya dije que cada quien puede hacer de su tafanario un barrilete. Viene a cuento esta lucubración para aplaudir -con ambas manos para mayor efecto- la decisión de la Suprema Corte por la cual se negó el amparo que interpusieron los propietarios de casinos de juego en Nuevo León a fin de no pagar impuestos al Estado y a los municipios. El máximo tribunal determinó que la facultad de gravar las actividades relacionadas con juegos y sorteos no la otorgó la Carta Magna exclusivamente a la Federación, motivo por el cual las legislaturas locales pueden ejercer también esa atribución impositiva. Los llamados “casineros” pretendían no sólo dejar de pagar impuestos, sino también demandaban que se les devolviera lo que ya habían pagado, y con intereses. Perdieron la apuesta. Alabo esta atinada disposición de la Suprema Corte, la cual beneficiará a muchas comunidades nuevoleonesas que con ese dinero podrán seguir haciendo obras de beneficio general. He aquí una buena noticia en medio de muchas otras no tan buenas. “La conocí en el lobby bar del hotel. Era joven y hermosa. Estaba sola; bebía su copa en una mesa del rincón. Yo me encontraba en la de al lado, también solo. La vi tan triste que me atreví a hablarle: ‘¿Está usted bien?’. ‘Sí, gracias. No me pasa nada. Le agradezco su preocupación’. Advertí un asomo de lágrima en sus ojos. Eso me llevó a decirle: ‘¿Puedo acompañarla?’. Respondió: ‘Claro. Creo que me hace falta hablar con alguien’. Me pasé a su mesa; pedí una copa para ella y otra para mí. Hablamos; hablamos largamente. Me contó la causa de su pesadumbre. Estaba lejos de su casa por motivos de trabajo. Llevaba ausente más de 15 días; extrañaba a su esposo. Yo me hallaba en la misma situación, y se lo dije. Bebimos en silencio. Cuando cerró el bar la acompañé a su habitación. Abrió la puerta y me dio un beso levísimo en los labios. Entré junto  con ella al cuarto. Hicimos el amor arrebatadamente. Al terminar de hacerlo ella lloró. “Jamás pensé -me dijo- que alguna vez le sería infiel a mi marido”. También lloré yo, por el remordimiento de haberle faltado a mi esposa. Y lo mismo sucedió las siguientes noches: cogida y llorada, cogida y llorada”. FIN.