Opinión

¿Cómo serán las ciudades después del Covid?

Por mi parte, lo confieso, ni idea, porque todas las experiencias que tengo tienen su origen solo en la ciudad que hasta hoy he conocido

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 02 diciembre 2020 | 06:00

Por mi parte, lo confieso, ni idea, porque todas las experiencias que tengo tienen su origen solo en la ciudad que hasta hoy he conocido. 

La salud, y más tratándose de salud pública, además de ser un derecho humano, es un bien global porque todas las personas, absolutamente todas, tiene derecho a ella. Por tanto la pandemia viene a ser un mal público global y por ello mismo se debe enfrentar con una estrategia global, sin embargo, por más lógica que esta aseveración nos parezca, paradójicamente, no sucede porque ello implica aceptar que las decisiones que un país debe adoptar se tomen desde fuera. Es un mal global y sistémico: si algunos países no colaboran, la pandemia no se acaba. No somos una isla.

Las decisiones y el orden deberán venir, entonces, de parte de los gobiernos. Esto no implica de ninguna manera que los gobiernos tengan la facultad de trasgredir las garantías individuales, pero sí que es su obligación buscar que prevalezca, siempre, el bien común como el valor genuino por excelencia. 

América Latina ha sido particularmente vulnerable por la desigualdad social, económica y urbana; por la falta de acceso al empleo que si bien ya desde antes era una condición “natural”, ahora se ha visto agudizada por el cierre de empresas y comercios que ha venido a la alza, y por el indiscutible fracaso de las políticas de salud pública: parece irreal que ante el llamado de la Organización Mundial de la Salud a México para evitar que la crisis sanitaria aumente, quienes están al frente de las estrategias contra la pandemia mencionen que no se están refiriendo a ellos … entonces ¿a quién, cuando se dice México? ¿Quién más que ellos tienen la facultad -y obligación- de ser guía en este tránsito hasta lograr luz? Que no nos cedan la estafeta que a ellos les corresponde sostener.

Nuestra vida se ha centrado en estar atentos a los famosos semáforos. Se nos ha insistido en abrazar una cuarentena que ha resultado eterna y para algunos se ha vuelto insostenible ¿cómo procesarla? La violencia intrafamiliar ha aumentado y el acceso a la tecnología ha abierto las brechas sociales particularmente en lo que a la inequidad de la educación se refiere.

Las contradicciones se suceden una a otra: el espacio público que siempre se ha distinguido por ser el lugar del encuentro y vida urbana ahora se ha erosionado: es lo que equivaldría a un “urbanicidio”, al fin de la vida urbana; la casa, el ámbito del reposo por excelencia, se ha vuelto el lugar de contagio por el hacinamiento. El barrio, los vecinos “de la cuadra” que han sido el soporte de convivencia más cercano, se ha transformado en focos de irradiación de una enfermedad que no comprendemos. 

Es una enfermedad urbana que requiere el contacto personal: la vida urbana está transformándose. El contacto personal tiende a desaparecer. La incertidumbre de cómo y cuándo terminará este caos nos encamina a que el distanciamiento social deje de ser un requisito hasta el límite de convertirse en hábito.

A partir de este estado de realismo, que quizá raye en pesimismo, debemos reinventarnos: se deben vislumbrar nuevas estrategias de planificación que volverán a colocar como protagonista al tema de la salud; privilegiar la cobertura de servicios básicos, inhibir el uso del transporte público dotando de infraestructura para movilidad alternativa. Fomentar el trabajo y comercio a través de plataformas electrónicas respecto al “frente a frente”.

Este caos que se ha propagado gracias a la desigualdad, a su vez le ha llevado a nivel crítico; ¿Que cómo serán las ciudades después del Covid? Sigo sin tener mucha idea, pero después de hacer un recorrido por solo una parte de aquello que ha puesto la herida en carne viva, resta ahora hacer un balance sobre las restricciones respecto a oportunidades para el desarrollo social y económico; de la libertad individual sobre la seguridad de la comunidad; de la primacía de mis derechos sobre el bien común. No somos una isla.