Lauriol Plaza, un rincón salvadoreño en Washington

El restaurante ha sido visitado por ex primeras damas, ex presidentes y otros políticos de diversos países

Agencias
jueves, 02 mayo 2019 | 11:29
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Washington – El barrio de Dupont en la capital estadounidense es un lugar que se distingue por su variada oferta culinaria, sus bares y clubs nocturnos. Ahí se encuentran los más exclusivos y exquisitos restaurantes de Washington. Ahí también se encuentra el Lauriol Plaza, uno de los mejores sitios para comer y un orgullo salvadoreño, reveló el sitio La Prensa Gráfica.

El restaurante abrió sus puertas hace más de 30 años, de la mano de uno de sus socios: Luis Reyes, un salvadoreño que emigró, en 1976, a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Reyes es ahora un empresario reconocido de la Costa Este estadounidense, que no solo pone en alto el orgullo salvadoreño, sino también a la comunidad latina que contribuye con desarrollo al país norteamericano.

La historia de cómo Luis llegó a Estados Unidos es parecida a la de muchos de sus compatriotas que emigraron hace muchos años. Sin embargo, a él la perseverancia y los sacrificios le han marcado su camino.

Además de Lauriol Plaza, él y su socio son copropietarios de Cactus Cantina, un bar famoso por sus margaritas. Ambos lugares tienen unos 150 trabajadores, jóvenes que hacen trabajo extra para continuar sus estudios, o personas, latinos y americanos, que buscan superarse.

Por estos dos lugares han pasado ex presidentes, vicepresidentes, primeras damas, personalidades de la política del país más poderoso del mundo, políticos de Latinoamérica, miles de ciudadanos de todas partes del mundo y presidentes salvadoreños.

Entre los personajes más reconocidos en la lista de comensales del Lauriol Plaza y de Cactus Cantina están la ex primera dama, Laura Bush, y su esposo, el ex presidente George Bush; además el ex presidente Bill Clinton, y su ex vicepresidente Al Gore. La exprimera dama Michelle Obama y sus hijas.


Sobreviviendo a la vida


Luis es un hombre de pocas expresiones, tranquilo. Pero se emociona al relatar cómo ha sido el camino recorrido. Desde pequeño tuvo que sortear muchos obstáculos para salir adelante en la vida. Su padre fue asesinado unos días después de que él naciera, y a los 7 años ya tenía que velar por su mamá y sus hermanos, porque era “el hombre de la casa”.

Cuando tenía 9, dejaba San Alejo, el pueblo del departamento de La Unión donde nació, para ir a cortar algodón y café por temporadas al occidente del país, para hacerse de unos centavos y contribuir así a la economía de casa.

Después de que cumplió 16 años, decidió probar suerte en Estados Unidos, aunque no tenía idea de cómo llegar al país y entonces, sin teléfonos celulares o sin redes sociales, era mucho más difícil tener la certeza de que encontraría el éxito.

Recuerda que salió de San Miguel; “esas eran de las primeras caravanas” -dice mientras sonríe-. “Solo había estado en San Salvador como dos veces y recuerdo que salimos de la terminal de occidente hacia Guatemala y salimos”, dice con nostalgia.

Luis, viajó con su primo, iban en un grupo de unas 50 personas. Cruzaron Guatemala y México sin mayores problemas, pero al llegar a la frontera de Estados Unidos, por Piedras Negras, cerca de Eagle Pass, en Texas, los coyotes con los que viajaban, los abandonaron en el camino.

“Cuando llegamos cerca del río, nos dijeron que los esperáramos, que iban a regresar con comida, pero que teníamos que esperar para cruzar el río. Los primeros días regresaron con comida, pero después como del cuarto día ya no regresaron y nosotros nos quedamos ahí”, continúa narrando Luis.

Las otras personas que iban en el grupo empezaron a avanzar. Luis y su primo, decidieron esperar un poco más pero, al quedarse solos, decidieron cruzar el río por su cuenta. Caminaron por horas en dirección hacia el norte -según creyeron ellos- y, luego de unas horas caminando, notaron que llegaron al mismo punto donde habían empezado y tomaron otro camino.

Ese día en la tarde se encontraron con dos mexicanos que conocían bien el camino y esperaron hasta el anochecer para continuar la marcha. Los mexicanos les dijeron que ese era el mejor tiempo para caminar, pues no se agotaban por el sol y además podían evadir a las patrullas que buscaban inmigrantes.

“La primera noche escuchamos unos helicópteros que andaban buscando a las personas que se habían cruzado el río ese día. Esos mexicanos nos ayudaron bastante, sino hubiera sido por ellos, yo creo que nos hubiéramos muerto. Tenían experiencia y a medida que avanzamos nos daban ánimos”, dice el salvadoreño.

Luis llevaba un galón con agua que botó porque a lo largo del camino se encontraban riachuelos, pero este error le costó caro. Pocas horas después de haberlo hecho, dejaron de encontrar los manantiales y tuvieron que continuar el camino sin agua.

“Era septiembre, las noches eran muy frías y por el día hacía mucho calor. Recuerdo que todo el tiempo los mexicanos me echaban en cara que me deshice del agua y una madrugada, después de caminar tanto y, no tomar agua, noté que empezaba a alucinar”.

Y continúa: “Veía cómo una carretera en medio del desierto, con carros y veía luces neón que no estaban ahí Creo que era la angustia, el hambre y me sentía que ya no quería seguir caminando, pero los mexicanos nos daban ánimos y decían que pronto íbamos a llegar, eso me ayudó a seguir el camino”.

Finalmente, después de caminar por varios días, llegaron a una casa donde les ofrecieron comida. Continuaron su trayecto y encontraron trabajo con unos rancheros norteamericanos, limpiando y dando mantenimiento en los naranjales. Cuando lograron reunir entre él y su primo poco más de 300 dólares, decidieron buscar el camino hacia Washington DC.


‘Qué feo es este lugar’


Luis y su primo salieron de Los Ángeles un día de enero, poco antes de las cuatro de la mañana, con menos de 300 dólares en la bolsa. “Estaba frío. Me acuerdo que los árboles no tenían hojas, ni una… Yo le dije a mi primo, qué feo es este lugar, qué feo es Washington”, sin imaginar que esa sería la ciudad donde encontraría el éxito y la superación que buscaba.

A los pocos días, Luis encontró trabajo como ayudante de cocina en un restaurante, en el centro de DC (el Distrito de Columbia, el centro de la ciudad). Ahí empezó su historia culinaria, en “The Capitan”, un lugar bien anglo donde empezó lavando platos y en donde conoció a un cubano que se convertiría, años después, en su socio.

Poco a poco, de lavar platos pasó a la cocina. En unos meses fue nombrado ayudante de cocina y luego, cuando el chef encargado se iba de vacaciones, Luis se quedaba al frente. “Creo que lo que me ayudó siempre fueron las ganas que tenía de sobresalir, de progresar. Después de eso, conocí a  mi socio, que confió en mí, sin tener ninguna experiencia y he vivido agradecido por eso”, agrega el salvadoreño.

El Lauriol Plaza abrió oficialmente sus puertas en septiembre de 1983 entre las calles 18 y la T en el centro de capital estadounidense y, desde entonces, ha sido visitado por miles de personas, incluido en las listas de los mejores lugares para comer en la zona. Luis Reyes ha sido premiado por su trayectoria, su lucha y su ejemplo de cómo un inmigrante ha aportado a Estados Unidos y ha representado a su comunidad de forma excepcional.