La seguridad como botín político-electoral

Mientras Jorge Ramos increpa al presidente López Obrador sobre las cifras de homicidios en México y en la prensa...

Carlos Murillo
Abogado
domingo, 14 abril 2019 | 06:00

Mientras Jorge Ramos increpa al presidente López Obrador sobre las cifras de homicidios en México y en la prensa se dan a conocer los nombres de los futuros mandos de la Guardia Nacional, Ciudad Juárez es el escenario de una violencia endémica, que muestra las deficiencias en la estrategia de seguridad de los tres órdenes de Gobierno.

Para comenzar, hay que hacer un deslinde, ¿qué estamos entendiendo por seguridad en México? La seguridad es el resultado de un consenso social y por tanto es un proceso político y democrático, donde el Estado y la sociedad deben participar con un alto sentido ético-moral para establecer medios y objetivos, además deben trabajar articulados sin perder el rumbo por los constantes vaivenes de la retórica de los partidos políticos que buscan el poder y aprovechan la coyuntura de inseguridad para incrementear su capital electoral.

Pero una cosa es el deber ser y otra lo que es. Hoy las anémicas fuerzas políticas opositoras a la 4T aprovechan la coyuntura para inventar demonios donde no los hay. Faltando a la ética política usan la seguridad para provocar, buscan dividir y, con ello, siembran una falsa rivalidad entre sociedad y Estado. Así, terminan por convertir a la seguridad en un botín político para beneficiarse artificialmente.

Sin embargo, la seguridad es un tema estrategico en México y no podemos permitir que se pierda en la coyuntura político-electoral. En ese sentido, no es suficiente decir que algo está mal, es necesario dialogar y proponer soluciones con un alto sentido ético, donde todos los esfuerzos estén enfocados en construir comunidad sin dividir. La misión es desatar, no romper.

Debemos aclarar que los auténticos enemigos de la seguridad son la desarticulación de la sociedad y el Estado, la desorganización que termina por desviar los objetivos, la improvisación, la irracionalidad, la deshonestidad intelectual, las posturas político-partidistas polarizadas, la impunidad y la falta de estrategia. El caldo de cultivo para que esto ocurra se presenta cuando los actores se pierden en la coyuntura de la agenda político-electoral que constantemente disfraza su discurso con causas socialmente legitimadas, pero que resultan incongruentes en la práctica.

Ante este escenario –otra vez– aparece la prevención como la tarea pendiente en materia de seguridad. Aunque son muchos los esfuerzos desde la sociedad civil para promover campañas e intervenciones de prevención en Ciudad Juárez, no es suficiente.

Los Centros de Readaptación Social están saturados, pero ni siquiera así es posible hablar de una contención del delito. Al contrario, los indicadores de la violencia siguen en aumento. Quienes enfrentan a la justicia representan una mínima parte, en relación con los delitos que se cometen. Las estadísticas no mienten. La mayoría delinque pensando que no le va a pasar nada y los números respaldan esta creencia.

En ese sentido, la impunidad es corrosiva para el sistema de justicia. Pero el tema no es solamente de números, también es de percepción, la gente no denuncia por temor o porque cree que no servirá de nada.

La combinación es explosiva, por un lado, hay un criminal que le apuesta a la impunidad y, por el otro lado, hay una víctima que no denuncia porque no confía en las autoridades. En esa realidad, se presenta un escenario ideal para la violencia.

Algunos expertos, –a este fenómeno– le nombran violencia endémica, esto significa que se presenta en un lugar solamente. También, otra forma de entenderlo es como la teoría ecológica del crimen; esto, en pocas palabras, se resume como las condiciones situacionales que favorecen el crecimiento de la criminalidad en un territorio determinado.

Un lugar como Juárez, donde hay una historia de medio siglo (o más) relacionada con la violencia que produce el crimen organizado, donde todos los días hay un asesinato desde hace treinta años y en donde existen datos que arrojan un alto número de delitos sin castigar, es un lugar donde el riesgo de ser víctima es mayor.

La pregunta del millón, ¿por qué en Suecia no hay delincuentes y próximamente no habrá cárceles? Pues, la respuesta es sencilla, porque la mayoría de la población disfruta de un mejor nivel de vida; sus necesidades sociales, individuales, sicológicas y físicas están satisfechas; además, tienen una entorno distinto al nuestro donde la pregunta cambia, ellos piensan ¿para qué meterse en problemas?

¿Cuánto cuesta el buen vivir de los países industrializdos? A estos países ejemplares les cuesta bastante mantener satisfechas las necesidades. Y el resto del mundo tiene que pagar por eso. Porque resulta que el corporativo sueco decidió invertir en un nuevo producto para obtener más ganancias en la bolsa de valores europea, pero ese nuevo producto se fabrica aquí en Juárez y para que sea rentable su producción debe pagar salarios suficientemente bajos para seguir ganando.

Así es el sistema económico mundial, al que Andrés Manuel López Obrador quiere renunciar y superar; es lo que ahora llaman el posneoliberalismo. Pues esa decisión tomada en otra parte del mundo impacta en la seguridad de nuestra ciudad, porque reproduce un entorno de precariedad en el salario y esto limita el desarrollo humano. Son los efectos fatales de la globalización económica.

Todo está conectado. Cuando hablamos de violencia solemos buscar al culpable para lincharlo en las redes sociales y después refundirlo en la cárcel. Y con esto reproducimos más violencia. Y resulta que cada delito que se comete no está aislado, no se cometió enmedio del desierto. Se comete entre otros delitos que van alimentando a esa bestia que llamamos violencia estructural.

Ante esa situación de crisis de seguridad transexenal, la retórica del Gobierno suele amarrarse a la respuesta más débil: el combate contra el crimen se reduce a más policías (ahora la Guardia Nacional), con estrategias que funcionaron en Colombia, en Brasil o en Guatemala (en todos lados menos aquí). Pero tenemos malas noticias, según la experiencia y los expertos, ese combate es muy costoso e ineficaz. Eso nos regresa el punto de inicio.

¿Qué hacer? De nuevo, la palabra clave es la prevención. Hay que anticiparse en lo posible, medir y gestionar los riesgos; debemos trabajar articulados sociedad y los tres órdenes de gobierno en la prevención, no hay de otra. Sin articulación, la violencia seguirá ganando terreno. No podemos ocultar esa realidad, al contrario, necesitamos comprenderla en su dimensión para poder enfrentarla. En la prevención de la violencia todos estamos involucrados.

La estrategia debe ser en tres niveles de prevención que a continuación expondré. Los investigadores suelen irse a la calle a preguntarle a la gente buena sobre su percepción de la violencia, pero eso no sirve de mucho, considero que debemos ir a las cárceles a preguntarle a quienes cometieron un delito su percepción de la sociedad y de la justicia. Y así, fortalecer lo que llaman la prevención terciaria.

Siguiendo ese orden, la prevención secundaria es cuando la estrategia se enfoca a grupos donde existe el riesgo de convertirse en víctimas o agresores, identificando su situación de vulnerabilidad, lo que permite poner el foco en situaciones específicas, como maltrato familiar, entornos violentos, bajo nivel de autoestima, entre otros.

Finalmente, la prevención primaria es la satisfacción de las necesidades básicas de la sociedad, una auténtica materialización de los derechos constitucionales de los mexicanos, que permitan acceder a una vida digna. Quizá la más difícil, pero aquí la responsabilidad no es únicamente del Estado, es de todos.

Mi propuesta es, ante la gravedad del problema, destinar recursos a estrategias que logren la prevención terciaria y secundaria, pero esto genera otro conflicto ¿cómo saber que la estrategia funciona? ¿Cómo se mide y quién la mide? Porque no se trata solamente de aportar ideas, hay que implementar estrategias y evaluar el resultado conforme al plan.

En ese sentido, un observatorio de prevención del delito, permitiría articular las acciones, registrar las buenas prácticas y medir los resultados, con esa evaluación será posible tener una estrategia para prevenir la violencia. Pero lo más importante, es que este observatorio sea completamente ajeno a los grupos que usan la seguridad como botín político-electoral.