La prueba del calor

Prepararse para las altas temperaturas es toda una ciencia

Cecilia Ester Castañeda
Escritora
jueves, 13 junio 2019 | 06:00

Prepararse para las altas temperaturas es toda una ciencia. Y en vista del cambio climático, se trata de conocimientos y estrategias que debemos dominar a nivel colectivo cada vez mayor.

Evidentemente en una región extremosa como Ciudad Juárez-El Paso, ubicada en el desierto más grande de América del Norte, no hace falta advertir acerca de la intensidad del sol en una tarde veraniega. Lo que nunca está de sobra es difundir medidas destinadas a mitigar el “calorón” y a prevenir sus riesgos (recuerdo mi sorpresa al enterarme hace años del peligro mortal que puede representar para niños, adultos mayores y mascotas quedarse encerrados aun por poco tiempo en vehículos cuando las temperaturas alcanzan los 30 grados centígrados, por ejemplo).

También nos conviene hacer las paces con la naturaleza de esta zona. Si en vez de ignorar sus leyes o intentar someterla la respetamos y escuchamos sus lecciones, utilizaríamos mejor nuestros recursos a la hora de adaptarnos a las temperaturas al alza. Quizá aprovecharíamos la sombra, la vaporización, el abanico de los árboles. Dejaríamos a la vegetación contrarrestar las islas de calor urbanas provocadas por las superficies de pavimento y concreto. Restauraríamos las acequias, sembraríamos  “techos verdes”. Tal vez…   

Sin embargo la arquitectura vernácula —con su respeto por las características locales— ha perdido la competencia con la modernidad. El adobe dio paso al block como parte de un modelo de construcción basado en materiales poco térmicos, dicen los expertos, mientras que en esta era de globalización la idea de prosperidad se asocia con diseños pensados para otros recursos y latitudes. 

La población en general aspira a las comodidades de los buenos tiempos de la clase media, sin faltar el aire acondicionado. Para el 2050, según estudio reportado en Los Angeles Times, en el planeta casi se triplicará el número de dichos aparatos. 

¿Cuántos existen en Ciudad Juárez? A fin de hacer un estimado debemos considerar el aumento poblacional, la pérdida de espacios verdes, los subsidios de verano en las tarifas de electricidad y el gran número de viviendas conectadas mediante los denominados “diablitos” al cableado de luz, además de que somos una sociedad reusadora de aparatos viejos. Así como en el caso de los automóviles, el problema con los enfriadores de modelo antiguo es su alto consumo de energía y la contribución al efecto invernadero —traducido en más calor— de los que aún utilizan hidrofluorocarburos. 

En resumen, nuestros hábitos alimentan el alza de temperatura relacionada con el calentamiento global. 

Me preocupa, en particular, no estar preparándonos en forma sustentable para vivir en un clima más caluroso. (En en una escala de 0 a 100, Ciudad Juárez obtuvo 45.86 puntos en el parámetro de Sostenibilidad Ambiental incluido en el Índice de Ciudades Prósperas 2018 de ONU-Hábitat).

Me vienen a la mente las palabras de Canasatego, el negociador iroqués del siglo XVIII, sobre los menores de su tribu criados en la entonces colonia británica de Virginia: “Cuando regresaron con nosotros eran malos para correr, desconocían los medios para ganarse la vida en el bosque, no aguantaban ni el frío ni el hambre... No podían ser cazadores, guerreros o tutores; eran unos buenos para nada”.  

Algo así está sucediendo con nuestras nuevas generaciones. No las estamos preparando para convivir con el calor cada vez más frecuente que les tocará. Por el contrario, muchas personas jóvenes pasan los días con clima e iluminación artificiales, habituados a un alto consumo energético y siendo incapaces de pasar tiempo en exteriores o de asolearse siquiera. Su estilo de vida parece inmerso en otra realidad. 

Si no conocen el medio ambiente, ¿cómo lo van a cuidar? Si no lo cuidan, ¿cómo podrán afrontar en un futuro las condiciones más difíciles del desequilibrio de la Naturaleza? Nosotros mismos, ¿estamos preparados para la sociedad de adultos mayores —y más vulnerables al cambio climático— en que nos estamos convirtiendo?

Tal vez sea porque mi padre insistió en acostumbrarnos a mí y a mis hermanos al calor y prácticamente nunca he tenido aire acondicionado. Pero a veces creo que, como los jóvenes iroqueses, ecológicamente hablando somos una sociedad de inútiles por formación.