Jacinto Rosales

Ese día, el frío calaba hasta los huesos en Ciudad Juárez.

Carlos Murillo
Abogado
domingo, 03 febrero 2019 | 06:00

Ese día, el frío calaba hasta los huesos en Ciudad Juárez. Como ya es parte de la rutina, tenía que esperar dos horas para regresar a casa. Por segunda semana consecutiva me metí a un edificio para refugiarme del clima y aprovechar el tiempo en la computadora, mi plan era sentarme en un cómodo sofá que está en el lobby.

Casi junto conmigo entraron dos personas, un adulto mayor y un joven. Se sentaron enseguida de mí. Ambos compartían un periódico y analizaban las noticias más relevantes, el joven era el más parlanchín, el viejo sólo asentía o negaba con la cabeza. Veinte o treinta minutos después el anciano se despidió sin mucha ceremonia, dijo algo como “ya me tengo que ir” y le extendió la mano a su acompañante.

Mi aguda lógica aristotélica me hizo llegar a la conclusión de que no venían juntos.

Después de un rato, el joven comenzó la charla conmigo con una pregunta: “¿esa es una laptop?”, me dijo mientras detenía la sección de noticias locales abierta en canal. Mi respuesta fue afirmativa, pero sin mediar mayor detalle. No era un rechazo, era más bien una forma de comenzar con cautela.

La semana anterior había pasado exactamente lo mismo, llegaron juntos, se sentaron, abrieron el periódico y él preguntó si era una laptop, después de eso se fue. A lo mejor esta vez también se va –pensé–.

No fue así. El hombre joven de unos treinta y tantos se quedó. De reojo yo comencé a tomar nota de su apariencia, las botas de seguridad me indican que trabaja en maquila y sus ojos cansados me dicen que trabaja de noche; por otro lado, su baja estatura, tez morena y acento cumple con el estereotipo de un migrante que proviene del sur del país. La radiografía no falla.

“¿Como cuánto cuesta una laptop de esas?”, preguntó el joven con una sonrisa amable. Yo comencé a hacer cuentas mentales, no es una respuesta simple “pues depende –le dije–, si es nueva cuesta unos 15 mil y si es usada a lo mejor la mitad o menos”.

Casi de inmediato comenzó a comentarme las noticias del periódico. El monólogo era como una rueda de la fortuna; pasó de Trump y Venezuela a la nueva novia de Peña Nieto, de ahí brincó al pronóstico del Super Bowl, para después bajar por un tobogán al cobro de estacionamiento en Las Misiones. Un ramillete de temas para el debate callejero que bien podría llamarse debate de contacto, cuerpo a cuerpo.

Los argumentos del joven fueron estructurados, claros y concretos. No cualquiera tiene esa virtud. Apenas me pude subir a uno o dos temas con algo de información adicional, todos los temas los ganó antes de alegarle algo.

Después comenzó con su interesante historia de vida. “Jacinto, Jacinto Rosales”, dijo de pronto para presentarse. Yo le dije mi nombre. “Se me hace usted muy conocido… pero no se dónde lo he visto ¿no tiene usted un puesto de ropa en las segundas de la Mitla?”, al principio pensé que podría ser una confusión con un actor de Televisa, pero no fue así. Para quitarle la duda respondí que no, hace años que no voy a las segundas de la Mitla –añadí para que el punto quedara claro–.

Jacinto tiene un hijo con excelentes calificaciones, el niño es un genio para la escuela, hace poco ganó un premio regional por su alto desempeño académico. El niño quiso estudiar inglés y por esto está aquí, todos los sábados lo trae a clases especiales. 

Hace unos años, el niño se puso malo y Jacinto tuvo que pedir varios préstamos en el banco que todavía no termina de pagar, eso lo obligó a tener dos trabajos, a las ocho entra como intendente en una oficina y sale a las tres, de ahí se va a la maquila donde entra a las cuatro; en el camino duerme un rato. 

“Yo me sorprendo de mí mismo –dice orgulloso– porque duermo unas cuatro, a veces tres, porque salgo de la maquila a la una de la mañana y llego a la casa a las dos y a las seis otra vez para arriba”.

El salario de la maquila se va directo al pago de la deuda, en realidad vive con el salario del segundo trabajo y de las “liebritas” que le saltan los fines de semana en obras de construcción o en lo que sea, plomero, electricista, yesero, a todo le hace.

“¿Cómo me voy a rajar, si mi niño no se raja?... y pues está chiquillo, luego me dice, quiero unos tenis de futbol, y pues yo hago el esfuerzo para comprarle unos buenos, nada de esos chinos de hule… es lo menos que puedo hacer”, concluye Jacinto.

Por si fuera poco, Jacinto estudia la preparatoria abierta en la planta, su jefe le dice “chaparrito”, pero el tipo es un coloso. Después de escucharlo terminé avergonzado por no aprovechar las 24 horas del día, pero me consuela que seguramente no seré el único. 

Esta es una de las pláticas fortuitas que más he disfrutado en los últimos meses. Conozco a varias personas como Jacinto, que luchan todos los días por su familia. Así es la gente en Juárez, no esperan a que les den, aprovechan las oportunidades de un polo de desarrollo económico para construir con sus propias manos un futuro mejor.

En un mundo lleno de desigualdades, de discriminación e injusticias, Jacinto busca el agujero en el sistema económico para salir de la pobreza, el reto es ambicioso pero vale la pena. Todos tenemos derecho a intentarlo.

De Jacinto aprendí que el trabajo incansable, el estudio, cuidar a la familia y ser honesto es la mejor forma de responderle a un mundo que tiende a la autodestrucción.