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Hoy llega Andrés Manuel López Obrador a su primer año de gestión

Luis Javier Valero Flores
Analista
domingo, 01 diciembre 2019 | 06:00

Hoy llega Andrés Manuel López Obrador a su primer año de gestión.

Está surcada por la controversia, la agudización de los principales problemas del país y en medio de una extrema polarización entre sus detractores y sus panegiristas, colocados, casi todos ellos, en la posición extrema; polarización a la que no en poca medida ha contribuido el mandatario que dice encabezar la 4a. Transformación del país.

Hay sobrados motivos para tal polarización que, justo es decirlo, no abarca a la totalidad de la ciudadanía y sí a la de la clase política adversaria de Morena y a un buen segmento de quienes votaron en sentido contrario a AMLO, los que se mantienen, según diversas mediciones, en términos semejantes a los de la elección presidencial y con calificaciones, para el presidente, del 60 por ciento en promedio.

No sólo es un gobierno de claroscuros, en los que existen indudables cambios en la forma de hacer política y enfrentar a algunos de los ancestrales vicios de la clase gobernante en el país, de los últimos 60-70 años, sino que las decisiones de gobierno han desatado a las fuerzas opuestas a su arribo al poder y, al mismo tiempo, en virtud de la profundidad de la crisis económica, han obligado a los principales actores económicos a aceptar su liderazgo y establecer una serie de acuerdos –en la forma, no en los hechos– para relanzar a la economía mexicana, sin que ello se haya visto reflejado en el crecimiento del país que, contra los deseos del presidente, quedará reducido al cero por ciento y el próximo año, si bien nos va, llegará a poco menos del uno por ciento.

Los problemas de la economía son uno de los aspectos centrales en los que deberá mostrar buenos resultados al corto plazo, cosa que se antoja difícil, tanto por el entorno externo, como por el comportamiento de los protagonistas económicos nacionales y por la estructura económica del país, no diseñada para tal propósito; antes bien, al contrario, fruto, sí, de los gobiernos del neoliberalismo, cuyo modelo y principales ejes, en lo general, se mantienen, incluso, al término del primer año de gobierno del tabasqueño.

Además, el entorno económico internacional adverso no hace abrigar demasiadas esperanzas de un mejoramiento sustancial.

En el otro gran problema nacional, la inseguridad, los resultados son desalentadores, la ola de violencia abarca a la mayor parte del país; los homicidios llegaron a cifras históricas y el resto de los delitos de mayor impacto, o mantienen sus cifras, o van a la alza, no obstante el anuncio del lanzamiento de la Guardia Nacional, como gran y hegemónico brazo del Gobierno federal para combatir al crimen.

Son notorias las contradicciones del mandatario, sus dichos chocan con muchas de las acciones de su gobierno.

La principal contradicción, la de un presidente cuyos discursos basados en “ahora daremos abrazos, no balazos” y de que “los delincuentes serán acusados con sus mamás”, no se correlacionan con la decisión de crear la Guardia Nacional y alimentarla -básicamente- con elementos del ejército, la marina, la policía militar y el anterior Estado Mayor Presidencial, en lo que es un incremento de la militarización en el combate al crimen organizado, cuyos beneficios no se aprecian.

Además, la decisión de, en la práctica, desmantelar a las policías, que ahora, en el presupuesto 2020 se evidencia nítidamente al disminuir sensiblemente los recursos del Programa de Fortalecimiento para la Seguridad (Fortaseg), que en el caso del estado de Chihuahua disminuirá para el próximo año en porcentajes mayores, especialmente por lo que toca a Juárez, en un año extremadamente sensible en este tema, cuando los índices delictivos, todos, van al alza y sin que se aprecien aciertos, ni del gobierno del nuevo amanecer, ni del de la 4T.

AMLO sufre una salvaje embestida de la llamada “comentocracia”, integrada por la mayoría de los analistas y conductores de las principales cadenas televisivas y radiofónicas convertidos en críticos casi furibundos de las decisiones y posturas del nuevo gobierno que, también es necesario enfatizar, encuentran, en un buen número de asuntos, justificado sustento, ante cuyas críticas el presidente reacciona mal y de malas, generalizando en las críticas, a las que todas califica de fruto de la prensa “fifí” y sin aceptar el menor asomo autocrítico de su gestión.

En esas contradicciones se ubica el de su relación con los que denominaba integrantes de la “mafia del poder”, ahora convertidos en sus asesores, y alguno de ellos, hasta en compadre.

Lanzado a combatir lo que para él es el principal problema del país, la corrupción, López Obrador se atiene básicamente a dos premisas para gobernar: Que sus compañeros en el gobierno sean honestos y que sean de su extrema confianza a pesar de que no siempre sean los más calificados en los puestos a desempeñar.

En este tema, llama la atención la permanente descalificación de AMLO a los “ilustrados” para ocupar cargos públicos, es decir, a quienes se capacitaron en las instituciones de educación superior, nacionales o extranjeras y que, por ello, sostiene, generalizando, no pueden ser sensibles ante el sufrimiento de los más necesitados.

El ejemplo extremo de esta postura es el del nombramiento de su exayudante, Angel Carrizales, como titular de la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA), luego de haber sido descalificado por la Cámara de Senadores, hasta en cinco ocasiones, para ocupar un cargo en la Comisión Reguladora de Energía (dos veces), dos más para incorporarse al Consejo de Administración de Pemex, y una más para ser parte del órgano de gobierno de la Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH).

En todas exhibió su falta de calificaciones y conocimientos para acceder a puestos en los cuales se requieren abundantes y sólidos conocimientos técnicos para desempeñarlos.

El presidente arguyó, en defensa de Carrizales –quien no cuenta, ni con conocimientos, ni con experiencia para desempeñarse en la ASEA– que “Para nosotros lo principal, o para mi caso como responsable del Ejecutivo, lo más importante es la honestidad…”.

¿Será suficiente?

Es el suyo un gobierno de controversias, algunas de ellas de dimensiones mayores: la decisión de cancelar la construcción del Aeropuerto Internacional (Texcoco); los nombramientos en la SCJN, plagados de personas estrechamente ligadas al presidente, o afectivamente, o por haberse desempeñado en cargos en la administración federal, ya bajo este gobierno, así como en la dirección general de Pemex y en diversos cargos de toda la administración.

Las controversias, ahora sabemos, estaban presentes en el interior del grupo gobernante, ello explica las renuncias de sus principales críticos internos, Germán Martínez en el IMSS, y Carlos Urzúa en Hacienda, que expusieron serios argumentos en rechazo a varias de las políticas centrales del presidente López Obrador. Ambos decidieron renunciar, luego de cuestionar lo central de las políticas de AMLO.

Por otra parte, no son pocos los temas en los que el gobierno de López Obrador mantiene elevados porcentajes de aceptación, entre ellos el tema del robo de combustible, que en las primeras semanas de gobierno mantuvo en vilo al país, a raíz de la develación de los huachicoleros y el robo millonario de combustibles, que fue acompañado de una operación de “limpieza” en Pemex, empezando por la remoción de su sempiterno dirigente, Carlos Romero Deschamps y la detención del militar que había sido el jefe de la seguridad de las instalaciones de la empresa petrolífera.

Tal percepción positiva prevaleció a pesar de que los precios de los combustibles no bajaran, pues en términos reales están a la par del año pasado, o ligeramente abajo, de acuerdo con los índices inflacionarios.

Todo ello en medio de la discusión, al interior del grupo gobernante, acerca de si lo mejor era la construcción de refinerías o aumentar la producción de petróleo, tema en el que el ex Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, opuso su opinión a la del presidente y que a la postre le obligó a renunciar.

Asimismo, los programas sociales le mantienen con una alta aceptación ciudadana pues existe una muy extendida conciencia de la justeza de apoyar a los sectores sociales más pobres.

La intención de disminuir los salarios de los funcionarios gubernamentales  abonó a la imagen presidencial, pero ni el partido, ni los legisladores acompañan al presidente al 100 por ciento.

Y ahora éstos, menos en esta época, en la que, al igual que todos los fines de año, las enormes cantidades de dinero que reciben, por distintas vías, todas extremadamente criticables, agreden a los mexicanos pues se sirven del presupuesto con la cuchara grande y los legisladores de Morena, que dijeron serían distintos –y que, además, todavía lo siguen diciendo– se comportan exactamente igual que el resto de la clase política.

Otro aspecto, positivo, el de bajar los salarios de la burocracia dorada de los organismos autónomos, puede verse afectada al haber disminuido grandemente los presupuestos, pero que puede acarrear verdaderos problemas operativos en varios de ellos.

Y ahí está una de las vertientes más debatibles ¿todas las instituciones  del pasado fueron negativas, o servidoras de las respectivas “mafias del poder”?

Hasta ahora, la 4T ha apelado, ante las críticas de su pretensión de querer hegemonizar toda la vida pública, de que ellos son distintos, que tienen suficiente calidad moral como para que se les toleren verdaderos excesos en los diversos nombramientos realizados.

¿Será suficiente?

Los corralazos. Unos años atrás, el gobernador César Duarte acusó a Javier Corral de formar parte del Cártel de Juárez, pues sus hermanos, sostuvo, estaban en la cárcel por ese motivo. Tan salvaje y falsa acusación la generó la intolerancia a las críticas del entonces senador.

Ayer, Corral actuó del mismo modo que Duarte. Acusó al reportero Gabriel Venzor de ser narcotraficante y les ordenó a sus guardias lo detuvieran, sólo porque Venzor le tomaba fotografías mientras jugaba tenis.

Un día antes, los abogados de la UACH intentaron, sin éxito, despedir de la institución al comisionado del Ichitaip, Rodolfo Félix, en lo que es, sin duda, la prolongación del largo brazo ejecutor del mandatario chihuahuense, dispuesto a no tolerar la crítica, ni la oposición.

Igualito que el ballezano.

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