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Opinión

Chihuahua, entre la simulación y la querella

'Simula y disimula', recomendaba como hábito para los políticos que aspiraran al éxito, el poderoso cardenal Jules Mazarino...

Jaime García Chávez
Escritor
domingo, 10 marzo 2019 | 06:00

“Simula y disimula”, recomendaba como hábito para los políticos que aspiraran al éxito, el poderoso cardenal Jules Mazarino, en los tiempos clásicos del absolutismo francés. Pero no es cosa del pasado, esa divisa utilitaria está presente en todas partes, en las repúblicas y en las monarquías, en los sistemas parlamentarios y en los presidencialistas. Tiene raíces profundas y no nos debe extrañar que el poderoso cardenal tuviera un origen romano, que nos lleva directo a pensar en los tiempos de los césares, y si me apuran un poco, a la época del insustituible Maquiavelo.

Si focalizamos ese apotegma en la praxis católica, no está de más recordar aquella otra idea que dice “qué haré yo en Roma si no sé mentir”. No es una digresión, pues el tema del que voy a ocuparme tiene que ver con el fingimiento, el encubrimiento, la farsa, la falsedad, el fraude, el engaño, que se ha escenificado como una de las prácticas primordiales de los políticos chihuahuenses en el momento actual y en la perspectiva de las elecciones locales de 2021, año en el que cambiará el Ejecutivo local, el Congreso del Estado, los ayuntamientos y sindicaturas, y designación de diputados federales para el segundo ciclo del gobierno de López Obrador. 

Sin distinción de partidos, porque al final en esto se pueden cortar con la misma tijera, todos hacen de la práctica de Mazarino su principal recurso para moverse en estos días. Quiero decir, que andan tirados de boca por los cargos pero se presentan haciendo otras cosas, y en algunos casos hasta negando ambiciones que no tendrían porqué declinarse, pues a final de cuentas, detrás de las mismas hay derechos y legitimidades de las que debemos hacernos cargo. Pero eso no le da, en términos de cultura política democrática, buena cara al disimulo. 

Si nos vamos a una escala nacional ya tenemos un futurismo en marcha, y aquí, con la cercanía que tiene el 2021, los alineamientos empiezan a definirse. Empiezo con esta historia de aberrantes simulaciones, con lo que veo en el PAN, el partido en el gobierno: Javier Corral, ni remotamente podrá controlar su propia sucesión en lo referente a la candidatura panista. No es precisamente un hombre amado en su partido, pero tampoco temido, para hablar de la dicotomía maquiavélica. Quizás juegue dos cartas con sus contrapesadores amigos para la candidatura gubernamental: José Luis Barraza y Gustavo Madero, ambos leña de pirul que no sirve ni pa’ arder, nomás pa’ hacer llorar. Sin duda, por ahora, la señorita María Eugenia Campos Galván les gana en protagonismo y aparenta primacía. Empero, también simula y disimula.

No haré un recuento completo de esa práctica, pero sí aprovecharé un dato que arroja la elemental observación de la coyuntura. En tiempos difíciles para competir con el clientelismo federal, cuyo clímax estará en su más alto nivel en dos años, la alcaldesa de Chihuahua promueve su “tarjeta rosa”, que no es otra cosa que un acuerdo ventajoso para comerciantes que supuestamente reducirán sus precios a las portadoras de ese plástico para obtener ciertos descuentos. En tiempos de prodigalidad amlista no hay que llegar con las manos vacías. 

Y así, tenemos que lo que es su precampaña hacia la candidatura, llega escoltada de una tarjeta que permitió que el alcalde de Delicias, Eliseo Compeán –panista of course– le organizara tremendo mitin en la llamada “tierra de los vencedores del desierto”, en el que se habló, cuidadosamente, del apoyo a las mujeres mediante una plataforma que antes se llamaba “carta de recomendación” para obtener rebajas ante los tenderos. Pero –¡oh, disimulo!– si alguien piensa que esa enorme concentración para el pueblo, en el contexto del Día Internacional de la Mujer y con oradora central muy reconocida y actuando fuera de su territorio, tiene algo que ver con el 2021, se está excediendo en sus suspicacias. 

En el caso de Campos Galván no extraña mucho por su raíz católica, derechista y clerical. Ella pertenece a esa escuela, pero que no le de bofetadas a la inteligencia de la gente. En realidad su campaña está en marcha y lo que se le objeta es el engaño. Tendrá que hacer prodigios políticos en el propio campo partidario en el que se mueve, porque de que tiene el desprecio de Corral, no hay duda. Pero también en eventos oficiales suelen darse abrazos y tintes propios de una familia política. 

En simultaneidad con el evento rosa de Delicias, Javier Corral y Gustavo Madero actuaron en un tablado en la Ciudad de México. Allá fueron a presumir un modelo de gobernanza (terminajo que me resulta engañoso) que trata de poner a Chihuahua en una cima en la que no está. En otras palabras, simular y disimular. Este evento debiera hacerse primero en territorio chihuahuense, y al realizarse en la capital de la República, se va a engañar a una audiencia que no conoce la realidad local y la precariedad y miserias del gobierno panista actual. Pero el vicio que comento no tiene límites, y Corral dice no estar buscando reflectores para iluminar sus ambiciones; disimula diciendo que quiere convertirse en “opositor”, aparenta urbanidad política y se coloca lejos de anhelos presidenciales –“ningún interés”, advierte–, para luego decir, ambiguamente, “ni sí, ni no”, pero vende de contrabando su liderazgo opositor una vez que deje la gubernatura en la que ha fallado a los chihuahuenses. 

Dejo aquí a los azules para pasar a los morados, ahora que es cuaresma. Tenemos el caso del senador Cruz Pérez Cuéllar, que aún no calienta la curul y ya, charola en ristre, prefigura su candidatura por la gubernatura, pero su labor es la del Congreso –aparenta– y es la única que lo mueve. Sin embargo, el señor anda en campaña por los municipios; sabe hacerlo por su trayectoria panista, de cuya orfandad lo rescató el partido Morena. No pierde oportunidad de decir que Javier Corral es esto y aquello, pero él cae en lo mismo, pues buena parte de su presencia aquí tiene que ver con sus búsquedas de poder, disfrazadas de labor propia de la legislatura senatorial. Lo sé de cierto, que durante el duartismo recibió prebendas económicas y que además fue, junto con Jaime Beltrán del Río (expanista pasado a lo que queda del PRD), esquirol electoral en 2016, en búsqueda de fraccionar el voto en beneficio de Enrique Serrano, excandidato del PRI. Pérez Cuéllar está vivo políticamente por la negligencia de Javier Corral, por no encausarlo penalmente. 

A Carlos Loera De la Rosa el cargo de superdelegado federal se le facilita más la simulación. La razón es sencilla: al ser el encargado de Programas Sociales, esa simulación alcanza niveles de coherencia que le son muy convenientes por ser el dador local, causa que explica la desaparición de los “bajadores de presupuestos”. Distante, y en el humo de la pólvora de Cuauhtémoc, asoma el sombrero de Tena. A su modo, el disimulo también está aquí presente.

A este cárdex se agregan nombres como los de Armando Cabada y algunos caballos negros de la oligarquía, de los que en otro momento me ocuparé por razones de espacio. Pero una cosa sí es necesario subrayar: todos están detrás de un escritorio y con un cargo público y respaldados por un presupuesto, lo que da desventaja a lo que podemos llamar los ciudadanos de a pie, que también tienen su corazoncito. 

Lo más dramático, lo que más duele de todo esto, es que con esta simulación se hace trizas la democracia en un estado como Chihuahua, que padece, de largo tiempo atrás, una querella, una expresión de dolor por la discordia y la pendencia política que tanto ha dañado a Chihuahua, sobre todo cuando está de espaldas a la ética pública que reclama y exige cesen los procesos de simulación que aquí comentamos.