Una acusación formal no sorpresiva pero satisfactoria

-

John Podesta / The Washington Post
domingo, 27 enero 2019 | 06:00

Washington— A pesar de mis raíces italianas, la venganza no corre profundamente por mis venas. Pero admito que sonreí cuando fue anunciado el arresto de Roger Stone este viernes por la mañana.

Para darles un poco de contexto: el 7 de octubre del 2016, WikiLeaks empezó a filtrar correos electrónicos de mi inbox personal que habían sido hackeados por operadores de inteligencia rusa. Unos días antes, Stone —quien desde hace tiempo ha sido un operador republicano y cercano confidente del entonces candidato Donald Trump— había pronosticado misteriosamente que la organización podría revelar información dañina acerca de la campaña de Clinton.

Semanas antes de eso, había publicado en Twitter: “Créanme, pronto llegará el momento de Podesta”.

La conexión con Stone y el jactarse acerca de WikiLeaks durante la campaña siempre había sido sospechosa.

Sin embargo, gracias a la investigación del fiscal especial Robert Mueller, finalmente, la verdad está surgiendo.

La acusación del viernes alega que un funcionario de alto rango de la campaña “estuvo directamente” en contacto con Stone acerca de las filtraciones de WikiLeaks aun después que había sido ampliamente reportado que se trató de un operativo de hackeo ruso.

Además de la venganza, las acusaciones contra Stone son graves. Enfrenta siete acusaciones: cinco cargos por declaraciones falsas, un cargo por obstrucción y otro por manipular a un testigo.

Los detalles de la acusación son devastadores y como es característico de Stone, son muy coloridos.

De acuerdo con los documentos, Stone le envió correos electrónicos a un cómplice de nombre “Persona 2” y que fue identificado por los medios de comunicación como el presentador de radio Randy Credico, para disuadirlo de declarar la verdad acerca de WikiLeaks ante el Comité de Inteligencia de la Cámara:  “Eres una rata, un excremento, apuñalas a tus amigos por la espalda, mis abogados están ansiosos por cortarte en pedazos”, y “yo estoy preparado. Vamos a hacerlo, prepárate para morir, seguido de una palabra altisonante”.

Stone le da instrucciones a la Persona 2 que haga un “Frank Pentageli” —un personaje de la segunda parte de El Padrino”, quien le miente a los investigadores del Congreso— y Stone parafrasea una cita del presidente Richard M. Nixon, durante la cobertura del Watergate:  “Obstruye eso, solicita el quinto, cualquier cosa para salvar el plan”.

Para cualquiera que está al día de los eventos que han ocurrido en la investigación de Mueller, este nivel de depravación no es del todo sorprendente. Como miembro clave del círculo más íntimo de Trump, y su conducta durante y posterior a la campaña han ejemplificado una cultura de favoritismo y corrupción que ignora todos los estándares éticos y ha premiado la fabricación sobre la verdad de la realidad.

Eso fue obvio durante la campaña y desde el primer día del mandato del presidente Trump, cuando envió al desventurado Sean Spicer a mentirle a los medios de comunicación acerca del tamaño de su audiencia durante la inauguración, misma que el presidente establecería en su administración en la que el mentir e intimidar son una manera normal de hacer negocios.

Cuando se trata de mentir, Trump cuenta con su propio récord.  The Washington Post reportó en esta semana que ha hecho 8 mil 158 declaraciones falsas o erróneas durante los dos primeros años de su presidencia. 

Tristemente, esa cultura del engaño fue adoptada o forzada a hacerlo por la gente que lo rodea y por sus defensores del Capitolio.

Los que fueron atrapados por la investigación Mueller incluyen al ex asesor de Seguridad Nacional Michael Flynn, que se declaró culpable de mentirle al FBI, el asesor de su campaña sobre Política Exterior George Papadopoulos, culpable de mentirle al FBI, el abogado Alex van der Zwaan, culpable de mentirle al FBI, el vicepresidente de la campaña Rick Gates, culpable de conspiración y de mentirle al FBI, el ex abogado de Trump Michael Cohen, culpable de mentirle al Congreso, el ex encargado de campaña Paul Manafort, culpable de conspiración y de obstruir la justicia y si los hechos de esta acusación son ciertos, ahora le toca a Stone.

Este viernes Stone negó los alegatos.

El resto del staff del Ala Oeste y la familia del presidente deben estar sintiendo los pasos, y se está preguntando si deben adoptar el estilo Trump, negociando una elegante oficina en el Ala Oeste a cambio de un teléfono celular.

La bien documentada indumentaria de Stone denota que siempre le han gustado las telas con rayas gruesas, pero me pregunto si el uniforme de la prisión estará a la altura de los estándares de estilo de Stone.