La inteligencia que tu cuerpo conoce

El nervio vago es uno de los canales por los que el cuerpo y el cerebro se comunican en una conversación inconsciente

David Brooks / The New York Times
martes, 03 diciembre 2019 | 06:00

Nueva York— Esta ha sido una época de oro para la investigación del cerebro. Ahora existen extraordinarios escaneos cerebrales que muestran cuáles son las redes que se movilizan durante distintas actividades. Sin embargo, este énfasis en el cerebro ha fomentado sutilmente la ilusión de que el pensamiento ocurre solo del cuello hacia arriba y de que las partes avanzadas de nuestro pensamiento son las partes “racionales” superiores que tratan de controlar a las más “primitivas” en la parte inferior.
De este modo, resulta interesante que muchos investigadores ahora se están enfocando en el pensamiento que no ocurre en el cerebro, sino en las vísceras. El cuerpo humano tiene neuronas que se extienden por las entrañas, y cada vez se pone mayor atención en el nervio vago, que emerge del tallo cerebral y pasa por el corazón, los pulmones, los riñones y los intestinos.
El nervio vago es uno de los canales por los que el cuerpo y el cerebro se comunican en una conversación inconsciente. Gran parte de esta conversación trata de cómo estamos relacionándonos con los demás. El pensamiento humano no trata principalmente del cálculo individual, sino de la cooperación y participación social.
Uno de los líderes en este campo es Stephen W. Porges de la Universidad de Indiana. Porges afirma que cuando te encuentras en una situación nueva, tu cuerpo reacciona. Es probable que tu ritmo cardiaco se acelere. Tu presión sanguínea puede cambiar. Las señales suben al cerebro, el cual registra el “estado autonómico” en el que te encuentras.
Quizás asistes a una reunión social que te hace sentir bienvenido. Luz verde: tu cerebro y tu cuerpo se preparan para una conversación amistosa. Pero tal vez la persona frente a ti parece amenazante. Luz amarilla: entras en modo de lucha o huida. Tu cuerpo cambia de inmediato. Por ejemplo, tu oído se ajusta para escuchar frecuencias altas y bajas (como un grito o un gruñido) en lugar de frecuencias intermedias, como las del habla humana. O quizá percibas la amenaza como un asunto de vida o muerte. Luz roja: tu cerebro y tu cuerpo comienzan a dejar de funcionar.
De acuerdo con la “teoría polivagal” de Porges, el concepto de seguridad es fundamental para nuestro estado mental. Las personas que han sufrido un trauma tienen cuerpos extremadamente reactivos ante la percepción de una amenaza. No les agradan los lugares públicos con ruido estridente. Viven en el modo de lucha o huida, estresados y ansiosos. O, si se sienten atrapados y restringidos se vuelven inexpresivos. Su tono y su voz se vuelven planos. Las reacciones físicas moldean nuestra forma de ser y de percibir las cosas.
Lisa Feldman Barrett, de la Universidad del Noreste, también asegura que uno de los propósitos principales del cerebro es interpretar al cuerpo y regular lo que ella llama los recursos del cuerpo. Supongamos que ves a una persona abusiva en el parque. Tu cerebro predice tu siguiente acción y acelera tu ritmo cardiaco y tu respiración para lidiar con el problema. Experimentas estos cambios como una emoción (ah, esto es miedo, o, ah, esto es enojo) porque tu cerebro ha creado un concepto de emoción para hacer que esos cambios físicos sean significativos.
“Podrías pensar que en la vida cotidiana las cosas que ves y escuchas influyen en lo que sientes, pero en su mayoría sucede lo contrario: lo que sientes altera tus sentidos de la vista y el oído”, escribió Barrett en “How Emotions Are Made”.
Cuando somos muy pequeños, conocemos pocos conceptos de emoción. Los niños pequeños dicen: “¡Mami, te odio!”, cuando en realidad quieren decir: “No me gusta esto”, porque no han aprendido los conceptos de su cultura para diferenciar el odio de la maldad. No obstante, a medida que crecemos, adquirimos cada vez más granularidad emocional, es decir, un nivel emocional más detallado y complejo. La persona emocionalmente inteligente puede crear distintas experiencias de decepción, enojo, rencor, resentimiento, irritabilidad y exasperación, mientras que para una persona con menos inteligencia emocional todos esos son sinónimos de “me siento mal”.
Una persona culta puede conocer las palabras extranjeras que expresan emociones que no tienen equivalente en su lengua: tocka (palabra en ruso que significa, más o menos, angustia espiritual) o litost (palabra en checo que significa, a grandes rasgos, tristeza combinada con el deseo de venganza). Las personas que tienen una alta granularidad emocional reaccionan de manera flexible ante la vida, tienen mejores resultados en lo que respecta a la salud mental y beben menos.
Si las reacciones corporales pueden alejar a las personas, también pueden sanarlas. Martha G. Welch de la Universidad de Columbia destaca la importancia de atesorar el contacto físico, en especial durante los primeros 1000 minutos de vida, para establecer marcadores de estabilidad emocional.
Welch comenta que, bajo el viejo paradigma enfocado únicamente en el cerebro, les pedimos a las personas que autorregulen sus emociones mediante la reflexión consciente, pero la ayuda emocional verdadera se da mediante la corregulación. Cuando una madre y un hijo se abrazan físicamente, sus estados autonómicos corporales se armonizan y se conectan a un nivel metabólico. Juntos pasan de la angustia por separado a la calma mutua.
Welch ha creado algo llamado Evaluación de Conexión Emocional Welch, que mide la conexión emocional entre las madres y sus bebés prematuros. Al fomentar este tipo de conexión visceral profunda a lo largo de 18 meses, su terapia puede mitigar los efectos del autismo.
Cuando retrocedes y ves al cerebro y al cuerpo pensando juntos, la vieja distinción entre la razón y la emoción ya no parece lógica. La percepción que tienes del mundo está moldeada por las predicciones que hace tu cerebro acerca de tus estados físicos autonómicos.
También te das cuenta de la importancia de enseñar la granularidad emocional, algo a lo que nuestra cultura casi no le presta atención.
También puedes ver que no somos cerebros separados observándose fríamente uno al otro. Somos entrañas físicas interactuando profundamente entre sí. La comunicación relevante ocurre a un nivel mucho más profundo.