¿Cloroformo en el parto? Una historia de nacimientos reales

Artículo de The New York Times: 'Sin fórceps', dijo el asistente

The New York Times
martes, 07 mayo 2019 | 19:01

Londres— Rara vez la reproducción femenina atrae el tipo de interés público apasionado que se despierta antes de un nacimiento real en el Reino Unido, cuando multitudes de camarógrafos de todo el mundo se atrincheran y esperan a que se revele que ha comenzado la labor de parto. 

Los nacimientos reales tienen sus tradiciones y costumbres, algunas de las cuales datan de siglos, como el requisito de que el ministro del Interior sea testigo del nacimiento para confirmar la autenticidad del niño.

En algunos casos, al poner la ciencia emergente de la obstetricia al centro de la agenda nacional, las madres reales han derribado barreras.


La reina Victoria acerca del cloroformo: ‘Inmensurablemente agradable’.

A mediados del siglo XIX, cuando se descubrió que el cloroformo tiene cualidades anestésicas, los médicos de la reina Victoria le advirtieron que no lo usara durante el parto.

Una de las objeciones era médica: el alivio del dolor volvería más lento el progreso del parto. La otra era teológica. Charles Meigs, un prominente obstetra estadounidense de la época, advirtió que no debían detenerse “las fuerzas naturales y fisiológicas que la Divinidad nos había ordenado disfrutar o sufrir”.

La reina, que estuvo embarazada o en periodo de lactancia durante dieciséis años de su vida adulta, dijo que el embarazo era el Schattenseite (el lado sombrío) del matrimonio, y le dijo a su hija que el parto era “una violencia total respecto de nuestro sentido de la dignidad (y Dios sabe que se ve bastante afectada tan solo a causa del matrimonio)”.

Ella quería el medicamento. Así que, en 1853, antes del nacimiento de su octavo hijo, el príncipe Leopoldo, le permitieron inhalar cloroformo de un pañuelo durante 53 minutos, de acuerdo con los historiadores. Le encantó y lo describió así: “El bendito cloroformo, calmante, tranquilizante e inmensurablemente agradable”.

El debate médico respecto al control del dolor se acalló y el procedimiento se dio a conocer como “Cloroformo a la reina”.


Sin fórceps, dijo el asistente. Después murió una princesa.

La princesa Carlota, la única hija de Jorge IV, príncipe de Gales, tenía 21 años y era recién casada cuando comenzó el parto de su primer hijo. La sociedad la amaba y su embarazo había dado lugar a un animado mercado de apuestas.

El 4 de noviembre de 1817 a las 3:00, se convocó a los principales ministros de la corona. El bebé era inusualmente grande y se atoró en la pelvis de la princesa. No obstante, sir Richard Croft, el asistente, que pertenecía a una escuela no intervencionista del pensamiento, optó por no usar fórceps.

Después de cincuenta horas de parto, Carlota dio a luz a un mortinato de 4 kilogramos. Algunas horas más tarde, se quejó de severos dolores abdominales y murió de hemorragia interna el 6 de noviembre. Su muerte desencadenó un torrente de aflicción que desde entonces ha sido comparado con las muestras de cariño durante el funeral de la princesa Diana.

Sir Richard, rechazado por sus colegas después de la tragedia, terminó por suicidarse con un arma de fuego.

En los años subsecuentes, los principales obstetras se inclinaron por un mayor nivel de intervención, incluyendo permitir que se administren medicamentos para inducir la labor de parto y el uso más generalizado de fórceps.


Los ministros del gabinete alguna vez asistieron a los nacimientos reales. Después otros también querían ser testigos.

En 1688, María, la segunda esposa de Jacobo II, que era católica, anunció el nacimiento de un bebé y refutó la creencia generalizada de que no podría dar a luz a niños sanos. Eso fue una amarga decepción para los protestantes ingleses.

En ese entonces, hubo rumores persistentes de que un recién nacido de otra madre había sido introducido de contrabando en la sala de parto de María en una bandeja de parto. Durante dos siglos después de eso, como garantía en contra de las prácticas indebidas, un ejército de ministros del gabinete y, en muchos casos el arzobispo de Canterbury, asistieron a los nacimientos reales.

La costumbre fue anulada por el rey Jorge VI cuando su hija Isabel II se preparaba para dar a luz a su primer hijo. Se dice que Isabel aprobó la presencia del ministro del Interior.

Sin embargo, el enviado de Canadá argumentó que todos los miembros de los seis dominios del Reino Unido tenían derecho a asistir también. Además, el secretario privado del rey, Tommy Lascelles, señaló que, “si el viejo ritual continuaba, habría más de siete ministros en el pasillo de la sala de parto”.

Al día siguiente, el Palacio de Buckingham anunció que acabaría con esa “costumbre arcaica”.