Opinión

¿Nueva normalidad?

¿Acaso éramos normales? ¿No ha demostrado esta gigantesca crisis que vivíamos en plena normalidad de la anormalidad?

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 24 mayo 2020 | 06:00

Bien puede tratarse de la normalidad de la patología. ¿Acaso éramos normales? ¿No ha demostrado esta gigantesca crisis que vivíamos en plena normalidad de la anormalidad? ¿Era normal el sistema de salud, el sistema económico, el sistema social y político? ¿No han quedado al descubierto enormes déficits en humanidad, crasos errores y corrupción desaforada? En plena pandemia los asesinatos van in crescendo; la inseguridad está plenamente vigente. Una cosa aflora hoy en el ámbito del pensamiento: mucho tiene que cambiar de nuestra antigua normalidad, sobre todo nuestro asentamiento en el firme terreno de la mentira, del egoísmo, del pecado. 

Según la FAO, alrededor de seis millones de niños menores de cinco años mueren todos los años como consecuencia del hambre. La cifra total de vidas perdidas por esa causa se encuentra seguramente cerca de los nueve millones, pero son los menores de cinco años los más vulnerables a sus efectos. ¿Es esa la normalidad “anterior”? ¿Cuál será entonces la nueva normalidad? ¿Todo ese piélago de dolor quedará en el pasado y surgirá la era nueva porque lo digo yo? Se necesita cambiar al hombre, y ¿quién podrá hacerlo? ¿No se cifrará en esto el mensaje de la peste que nos azota?

Muchos pensadores hablan de las condiciones para volver a “como era antes”. Tengo la esperanza de que este cataclismo que nos aterra y aísla pueda llevar a un intenso aprendizaje de lo que de veras importa, lo que es crucial para nuestra felicidad, escribe Ariel Dorfman. Y continúa: “En vez de un consumo desenfrenado y la búsqueda de ganancias, valorar el amor y la bondad de los demás, reconocer que todos necesitamos techo, comida, seguridad, paz, salud. Si quienes enfrentamos la pandemia hoy fuéramos capaces de aferrarnos a esas certezas más allá de la crisis actual, tal vez podríamos salir de ella armados de un dejo de sabiduría, más profundamente sintonizados con nuestra condición humana elemental. Tribulaciones que, al poner a prueba nuestra fortaleza y capacidad de resistir la adversidad, pueden terminar convirtiéndose en un aliciente para crecer y madurar. Creo que sería un desastre moral irreparable si, al dejar atrás este cataclismo, olvidásemos ‘la noche oscura del alma’ (¡S. Juan de la Cruz!), y del cuerpo por la que acabamos de pasar. Una tarea básica es ponernos a generar entre todos un nuevo tipo de discurso, diferente del populismo”. Y esto ya se ve en la respuesta generosa de muchos voluntarios que superan, como siempre, el discurso oficial.

Esto bien podría firmarlo papa Francisco, de quien se ha publicado un pequeño volumen que recoge ocho textos pronunciados entre el 27 de marzo al 22 abril. El mensaje tiene dos objetivos. El primero es sugerir una dirección para reconstruir un mundo mejor que podría nacer de esta crisis de la humanidad. El segundo objetivo es sembrar esperanza en medio de tanto sufrimiento y desconcierto. El Papa basa claramente esta esperanza en la fe, “porque con Dios la vida nunca muere”.

Que lo que está pasando nos sacuda interiormente y que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Hemos de prepararnos para un cambio fundamental en el mundo post-Covid.  Las consecuencias ya han empezado a verse, trágicas y dolorosas, y por eso tenemos que pensar en ellas ahora. Como miembros de una única familia humana y habitantes de una sola casa común, un peligroso egoísmo infecta a muchos más que el Covid-19. Hemos fallado en nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la tierra. Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común. La hemos contaminado, la hemos saqueado, poniendo en peligro nuestra misma vida... No hay futuro para nosotros si destruimos el ambiente que nos sostiene, concluye el Papa. Lo irracional e incorregible de la raza humana se ve cuando el gobierno mexicano se pone contra el mundo desechando las energías renovables y limpias e incrementando el uso de material fósil azufroso; para generar energía. O sea, no aprendemos. Las obsesiones son patología pura. Deje usted las inversiones y la confianza perdidos, el daño irreversible al medio ambiente.

En todo el mundo se ha rendido homenaje a los “trabajadores esenciales”, aquellos que han estado en la “primera línea”, sea sanando y cuidando a la población, sea asegurando que haya alimentos e insumos, aquellos que hacen funcionar la sociedad. ¿A estos compañeros, que suelen ser los más maltratados de la sociedad, los vamos a devolver a la invisibilidad cuando aflore la nueva normalidad? Triste cosa es que nuestra fe aparezca como “no esencial” en esta contingencia y las personas mueran sin los auxilios de la fe y sus familiares sufran la soledad y el aparente abandono de su iglesia. Tan profundo así ha sido el daño. La pandemia nos plantea, en última instancia, el eterno problema del hombre. La acción directa del hombre, enfermo de sí mismo, no es ajena a esta pandemia y hemos de preguntarnos todos sobre nuestra responsabilidad, desde el uso de combustóleo hasta la horrenda suciedad de nuestras calles y el fecalismo humano y animal que nos enferma. Tenemos que llegar al hombre, y a éste en situación. ¿Qué es ese hombre capaz decir que la pandemia le viene como anillo al dedo? ¿Por qué? ¿Qué son esos que lo rodean y avalan? Tal es misterio del hombre: abismo de miseria y posibilidad de altura infinita.

Los pensadores cristianos, sobre todo en el s. XX, se han preocupado de presentar a Cristo como el “intérprete” del hombre, el que lo decodifica a él y a sus problemas más acuciantes. Antes Pascal intentó hacer el cristianismo deseable para el hombre sincero que desea encontrar un sentido a su vida, a ese misterio de contradicción que lo caracteriza.  El hombre es un abismo que sólo Dios puede llenar, que sólo Cristo puede explicar.

La Encarnación del Hijo de Dios muestra al hombre la grandeza de su miseria por la grandeza del remedio que ha sido necesario para salvarlo. «No sólo no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que por Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos lo que es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni Dios, ni nosotros mismos», concluye Pascal.

Nuestra esperanza. Terminaba el domingo anterior con una frase de B. XVI que atraviesa como una daga el corazón de nuestra cultura: “¿Tiene futuro la humanidad?, y si lo tiene, ¿de qué futuro se trata? Este domingo, la liturgia nos propone una fiesta hermosa, una fiesta que llena de alegría nuestro corazón y despierta la acción de gracias: La Ascensión de Jesús a los cielos. Esta fiesta es, sin más, la fiesta de nuestra esperanza, de nuestro destino final; ese es nuestro futuro. 

La interpretación que hace la iglesia de la liturgia de la Ascensión es en clave de nuestra esperanza. Muchas veces nuestra vida personal o nuestra vida comunitaria están marcadas por la depresión, por la falta de esperanza. Por impulsos suicidas. Padecemos el síndrome del aislamiento y del miedo, que genera la inseguridad. Escuchamos voces venidas de otros ámbitos que nos hablan de la falta de una auténtica esperanza. Cuando la esperanza no marca nuestra vida, entonces la tristeza, el miedo, la depresión, acaban dominándolo todo. No hay más alternativa que una autodefensa extrema y es que la fuerza del mal hará que el amor se apague. Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría, pero el que resista hasta el final, se salvará. (Mt. 24,13).

Es necesario ver la vida a través del Cristo Resucitado. Sin él, la vida es verdaderamente una desilusión; entre más se intenta agarrarla, más se nos escapa, como agua entre los dedos, con o sin virus.  Es necesario ver también al hombre a través de Cristo: Él eleva la naturaleza, haciéndose hombre y se pone como modelo que ha de seguirse. Él expande su comunidad a lo largo de la historia, para hacer inmortales todas sus acciones, las alegrías y las penas de los hombres. 

La Ascensión del Señor no nos permite ya dudar de nuestro destino: estamos hechos para el cielo. He aquí una certeza que no se paga con nada. En adelante no podemos ya ser en esta tierra sino «extranjeros y peregrinos. “Ustedes han resucitado con Cristo y están sentados con él a la derecha del Padre”, según dice la Escritura

¿No es esta fe la que tenemos que reactivar en esta adversidad tan grave para intentar la nueva normalidad? Y es necesario hacerlo ya, ahora, en la realidad sacramental de la iglesia. Lo peor sería retornar simplemente a “como era antes”; sería lo más parecido al “eterno retorno”. 

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