¿Podremos arreglar las escuelas? (Quizás no)

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Robert J. Samuelson / The Washington Post
miércoles, 10 abril 2019 | 06:00

Washington— Les aseguro que escucharemos un conocido estribillo en la campaña presidencial del 2020: Arreglen las escuelas. La fe en la educación es uno de los valores fundamentales de la nación. Con mejores escuelas (según creemos) se disminuirían las inequidades económicas y se ayudaría a la gente a alcanzar su potencial personal. Las promesas para revitalizar las escuelas son inevitables.

Estas propuestas tienen una mágica cualidad. El mensaje parecer ser que, si podemos encontrar la combinación correcta de ideas, podríamos desencadenar un alentador poder educativo. Pero hay que ser escépticos.

Ya de por sí, al menos dos candidatos presidenciales demócratas han presentado importantes propuestas educativas. La senadora Kamala Harris, demócrata de California, les dará a la mayoría de los maestros un enorme aumento de sueldo, que promediaría alrededor de los 13 mil 500 dólares. Los maestros, según se argumenta, son muy mal pagados. Esto hace que sea difícil reclutar y mantener a los buenos educadores. Mientras tanto, el ex alcalde de San Antonio, Julián Castro, aboga por clases preescolares universales para preparar a los niños para la escuela.

 Ambas ideas parecen sensatas. Pero sin tomar en cuenta los considerables costos, la historia sugiere que intentar crear avances en el aprovechamiento y habilidades académicas para los pobres es extraordinariamente difícil.

Ese es el hallazgo de un nuevo estudio, el cual revisó los puntajes de los exámenes de los estadounidenses que nacieron entre 1954 y el 2001 para ver cuánto la brecha de aprovechamiento se había cerrado entre los estudiantes de estatus socioeconómicos bajos y altos.

El sorprendente resultado: casi nada.

 “La brecha de aprovechamiento no ha podido cerrarse”, según lo estipulaba un artículo en Education Next. Medio siglo de exámenes muestra una persistente división entre los pudientes y no-pudientes.

La explicación no es que no se intentara hacer algo al nivel de la política pública. La desalentadora conclusión ocurrió a pesar de la decisión del gobierno federal de ofrecer fondos adicionales a las escuelas pobres en apego al Título 1 de la Ley de Educación y Educación Secundaria de 1965. Anteriormente, las escuelas públicas eran financiadas por las localidades y los estados. Debido a la inflación, los gastos en general por estudiante casi de cuadruplicaron de 1960 al 2015.

Aun así, se tuvo un efecto casi nulo en la brecha de aprovechamiento. El estudio fue conducido por Eric Hanushek y Laura Talpey de la Universidad de Stanford. Paul Peterson de la Universidad de Harvard y Ludger Woessmann de la Universidad de Múnich. Los exámenes a considerar fueron aquellos aplicados en dos edades —14 y 17 años. He aquí los puntos más sobresalientes:

El problema central parece ocurrir en las preparatorias. Los exámenes administrados a la edad de 14 años de hecho mostraban una mejoría en el aprovechamiento del estudiante. Pero muchos de los avances se revertían a la edad de 17 años, justo cuando los estudiantes se estaban preparando para ir a la universidad o comenzar a trabajar.

Durante este medio siglo, no hubo ningún aumento en el aprovechamiento, lo cual habría sido una victoria parcial —el nivel de aprovechamiento de casi todos los estudiantes debió haber aumentado, incluso si la brecha entre los de arriba y los de abajo no se hubiera cerrado.

Los cambios étnicos y la composición racial en la población no explican la infranqueable brecha de aprovechamiento (en 1980, la población de los menores de entre cinco y 17 años se componía de 74.6 por ciento anglosajones, 14.5 afroamericanos, 8.5 hispanos y 2.5 por ciento de otras razas. Para el 2011, la cifra correspondiente era 54.2 por ciento anglosajones, 14 por ciento afroamericanos, 22 por ciento hispanos y 8.9 por ciento de otras razas).Por separado, el estudio encontró tendencias similares entre los anglosajones, sugiriendo que la raza o la etnicidad no son causas importantes.

El estudio no encontró —contrario a al menos otro estudio de alto perfil— que la brecha de aprovechamiento haya de hecho empeorado en el transcurso del último medio siglo. Si esta conclusión se sostiene, calificaría como lo poco de buenas noticias que el estudio contiene.

En repetidas ocasiones, los autores del estudio expresan frustración de no poder explicar lo que sucede en la preparatoria que hace que los avances anteriores en el aprovechamiento den marcha atrás. Los autores no dan crédito a la presunta tendencia de que los estudiantes pierden el interés en sus estudios, ni consideran el fenómeno como una de las causas principales. Los autores especulan, aunque admiten no saber, que la enseñanza a nivel preparatoria es más difícil que en otros niveles más bajos.

“La preparatoria es una institución descompuesta”, dijo Peterson en una entrevista. “Tenemos que crear mayores oportunidades de aprendizaje para los chicos en preparatoria”.

Generalmente hablando, el estudio justifica los resultados de una investigación previa conducida por el sociólogo James Coleman (usualmente conocida como el “Reporte Coleman) en 1966. Como parte de la “guerra contra la pobreza” de Lyndon Johnson, Coleman examinó cuáles eran los factores que promovían el éxito educativo. Encontró que la educación de los padres de familia, los ingresos y la raza se conectaban fuertemente al aprovechamiento estudiantil, mientras que los gastos por pupilo y el tamaño de las clases influían mucho menos.

 El resultado de esto es que a las escuelas se les ha pedido que hagan por sus estudiantes lo que las familias usualmente hacen. Esta es una enorme tarea que probablemente esté fuera del alcance de las capacidades de la mayoría de las escuelas.

Como sociedad, debemos seguir intentando. Pero no debemos ignorar la historia. La estrategia nacional de controlar a las escuelas del país —por medio de subsidios y requerimientos regulatorios— ha prevalecido por medio siglo. Ha sido un fracaso. El Gobierno federal debe salirse del negocio de supervisar la educación K-12. La ayuda federal se frenaría, y la pérdida financiera sería compensada si el gobierno nacional asumiera los costos totales de Medicaid de los estados.

Debemos dejar que los estados y localidades consideren poder hacer que las escuelas funcionen mejor. Los exagerados planes de mejoría nacional son en su mayoría ejercicios de marketing político. Necesitamos soluciones en lugar de eslogans.