Opinion El Paso

Cuando una imagen merece mil lágrimas

Las fotografías de niños sufriendo tienen el poder de ablandar la opinión sobre ‘el otro’. ¿Puede esto seguir ocurriendo en una era polarizada?

Margaret Renkl / The New York Times

viernes, 21 febrero 2020 | 06:00

Nashville— El 8 de junio de 1972, Nick Ut, un fotógrafo vietnamita de The Associated Press, capturó una fotografía ahora icónica en la que se ve a niños que huían del napalm lanzado por error en su aldea por fuerzas survietnamitas. En el centro de la imagen está una niña desnuda de 9 años llamada Phan Thi Kim Phuc. Está en agonía. Su piel parece estar derritiéndose. Ninguno de los soldados del fondo está viendo a los niños. Solo el fotógrafo observa el dolor de la niña.

Ahora todos vemos el dolor de la niña. La foto, publicada por The New York Times y otros periódicos tres días después, impactó a los lectores por su contundente representación del precio de la guerra. La fotografía ganó un Premio Pulitzer en 1973. Más tarde ese año, las fuerzas estadounidenses se retiraron de Vietnam. Haya estado o no la foto directamente relacionada con la retirada, como mínimo alimentó el creciente sentimiento antiguerra en Estados Unidos y tal vez apresuró el final de la guerra.

“La niña del napalm” forma parte de una tradición de fotoperiodismo que promueve la justicia social. Está también la imagen capturada por David Jackson en 1955 del niño de 14 años Emmett Till en su ataúd, asesinado por ser negro en la Misisipi de las leyes de Jim Crow. O la foto de 1976 de Sam Nzima que muestra a un adolescente llevando el cadáver de un niño en brazos durante la masacre de Soweto en Sudáfrica. La imagen capturada por Kevin Carter en 1993 en la que se ve a un niño sudanés hambriento siendo observado por un buitre. La fotografía del 2015 de Nilufer Demir de un niño de 3 años acostado boca abajo en el oleaje, tras haberse ahogado junto con su madre y hermano en un intento desesperado por huir de la guerra en Siria. La foto de John Moore de 2018 de una aterrorizada niña hondureña de dos años en busca de asilo junto a su madre en la frontera entre México y Estados Unidos. Estas fotografías precisan un momento cultural particular. Destilan la vasta masa de la historia en una sola imagen tan impactante que logra manifestarse en tus sueños para hacerte llorar en la oscuridad.

Así como con la foto tomada por Ut de Kim Phuc, nunca queda completamente claro si esas imágenes son la verdadera causa del viraje comunitario hacia la empatía, pero la correlación, al menos, casi siempre es evidente. El gobierno federal eliminó las leyes de Jim Crow en el sur segregado, aun si lo hizo a regañadientes. Los soldados estadounidenses terminaron abandonando Vietnam. El apartheid en Sudáfrica terminó. Los países europeos terminaron abriendo sus fronteras a los refugiados. Luego de defenderla durante meses, el gobierno de Trump puso fin a su brutal política de separación de familias en la frontera con México, al menos de forma oficial.

El reciente resumen fotográfico de la década pasada del Times me hizo pensar en el poder de las fotografías para afectar el curso de la historia. Muchas de estas fotos fueron realizadas durante momentos profundamente extremos: guerras, desastres naturales, graves conflictos sociales. Hay fotografías desgarradoras de supervivencia y muerte entre los escombros, de un hombre desarmado y una mujer desarmada enfrentando a policías con equipo antidisturbios, de miembros de tribus protestando contra el proyecto Dakota Access Pipeline, de muerte en la búsqueda de la libertad. Imágenes de atrocidades codo a codo con imágenes de honor, fotos de furia junto a fotos de amor.

Sin embargo, las fotos que destacan, una y otra vez, son las de los niños: un bebé en una cuna portátil viendo como un equipo encargado de desalojos desmantela su hogar, sobrevivientes aterrorizados de la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Hook siendo escoltados hacia afuera del edificio, una pequeña niña gritando junto al ataúd abierto de su padre, un bebé refugiado de la minoría rohinyá huyendo de Birmania sujetado a la cadera de su madre con un chal, una niña de siete años muriendo de hambre en Yemen.

Estas fotografías tienen el poder de atormentarnos en formas que otras fotos, sin importar cuán conmovedoras sean, raramente logran hacerlo. Detonan una empatía que es tan profunda como incondicional: cuando vemos a un niño en peligro, nuestro impulso inmediato es intervenir, y nunca nos detenemos a cuestionar ese impulso. ¿Qué clase de persona se pregunta si es correcto proteger a un niño?

En parte, esta reacción es biológica: el llanto de un bebé inspira una respuesta inmediata de atención en el cerebro de los adultos, sean o no responsables del niño. Esto tiene sentido, al menos en términos evolutivos. Las criaturas indefensas que no inspiran la ayuda de los poderosos son criaturas indefensas que no sobreviven.

Sin embargo, más allá de eso, lo que sentimos cuando vemos imágenes de niños adoloridos, aterrorizados o muertos con toda seguridad se vincula a nuestra capacidad innata para la justicia. Los niños no causan ni pueden entender lo que les estamos haciendo, y su inocencia es un recordatorio de nuestras propias obligaciones morales; su sufrimiento es un llamado a la acción.

El mundo ha cambiado desde que David Jackson fotografió el rostro desfigurado de Emmett Till y Nick Ut capturó el cuerpo quemado con napalm de Phan Thi Kim Phuc. El año pasado, Julia Le Duc fotografió los cadáveres de Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija de 23 meses, Valeria, boca abajo en el lodo junto al río Bravo. La fotografía se hizo viral en las redes sociales y se convirtió en un recordatorio visceral de la desesperación de los inmigrantes que buscan asilo en Estados Unidos. Sin embargo, este país está tan lejos de tener una política migratoria razonable que cuando la pequeña Valeria murió con su pequeño brazo alrededor del cuello de su padre. Tampoco estamos más cerca de una política de armas que proteja a los estudiantes o de una política económica que proteja a los trabajadores pobres.

Quizás en la actualidad haya demasiadas fotos, demasiadas vertientes sangrientas de sufrimiento en demasiados lugares olvidados por Dios, como para lograr enfocarnos el tiempo suficiente en cualquiera de esas tragedias. Quizá nuestra desconfianza en la tecnología, nuestra sospecha de que las imágenes han sido manipuladas, o de que nosotros mismos estamos siendo manipulados, facilita demasiado que desconfiemos también de nuestra propia reacción ante ellas.

Pero mientras nos sigan conmoviendo las fotografías icónicas de nuestra época, aunque sea inconscientemente, habrá esperanza. En tanto que las fotografías, y las novelas, los poemas, las canciones, las obras de teatro, las pinturas y cualquier otro tipo de arte que filtre el mundo a través de la imaginación moral, nos enseñen a mirar lo que de otra manera podríamos pasar por alto, existirá la posibilidad de un cambio. El fracaso de nuestra nación en desarrollar una política humana y coherente para los conflictos que causan el sufrimiento de niños es un fracaso temporal. Las oficinas gubernamentales pueden cambiar de funcionarios. Las políticas pueden cambiar su rumbo. Lo único que no cambia es la autoridad de un corazón humano vulnerable al dolor de otros.

La fotografía capturada por Nick Ut de Phan Thi Kim Phuc nos enseñó algo vital acerca de la brutalidad casual de la guerra, pero también nos recordó algo igualmente importante: el poder de la compasión humana. El hermano menor de Kim Phuc murió por las lesiones que sufrió durante el mismo ataque de napalm al que ella sobrevivió. Y logró sobrevivir gracias a las rápidas acciones de Ut, que la empapó con agua y la trasladó a un hospital en Saigón para que recibiera atención médica. Solo después de que ella estuvo a salvo fue que Ut llevó su rollo de película al cuarto oscuro para ver lo que había retratado.