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Cuba, sinónimo de reventón y placer para turistas

Segunda de seis partes

Óscar A. Viramontes Olivas

martes, 20 julio 2021 | 06:00

| Vehículos antiguos en las calles del Centro de La Habana | Miles de personas tomaron las calles para manifestarse por la libertad el domingo 11 de julio

En algunos anuncios que pude apreciar en el mismo aeropuerto, versaba: “La nación cubana, enclavada en el mar Caribe con una extensión de 110 mil 860 kilómetros cuadrados, bañada por las aguas del Golfo de México, se desarrolla como una nación libre del imperialismo yanqui, alejada de todo lo que tenga que ver con Norteamérica, especialmente de Estados Unidos”. 

Ese párrafo que estaba en una de las paredes del aeropuerto, motivaba a los habitantes a tener en cuenta que lo más precisado era seguir manteniendo “la dignidad” del pueblo, la revolución, sus ideales y además, que nunca los cubanos estarían dispuestos a sucumbir a los deseos de los gringos. Hoy en día todo eso está cambiando. 

Hablar de los norteamericanos era como tener riesgo de contraer alguna enfermedad nociva, pues nos argumenta la gente común, que durante muchos años habían causado una serie de despojos e injusticias, dejado dentro del pueblo una especie de resentimiento genético, principalmente a las generaciones que vivieron esas épocas del presidente y dictador  Fulgencio Batista (1952-1959).

Cuando salí del aeropuerto una persona nos estaba esperando ya que el propósito de mi visita era una estancia en el Instituto de Ciencia Animal en San José de las Lajas y en la Universidad de La Habana. Uno de los académicos del Instituto estaba a las afueras aguardando mi arribo. 

Por fin nos saludamos con la calidez de la gente de aquella bendita nación: “Hola, ¿cómo estás? Bienvenido a esta tierra llena de amigos”. Fue la primera expresión de Agustín; observé que la mayoría de los taxis (autorizados por el gobierno) eran de modelo reciente, autos Peugeot en contraste con aquellos de modelo atrasado, muchos eran de los años cuarenta, cincuenta, sesenta que abundaban en las calles. 

A lo largo del trayecto se apreciaba lo sorprendente del paisaje, con un clima caluroso y húmedo, era el marco perfecto para el desarrollo de la abundante vegetación. Contrario a todo esto, se observaban zonas habitacionales, barriadas donde la mayoría de la gente vive en departamentos de varios pisos, incluso algunos llegaban a tener hasta 10 niveles y tales edificios están convertidos en hacinamientos humanos donde una buena parte de las familias viven en habitaciones pequeñas y en condiciones muy humildes. 

A pesar de esto el pueblo cubano buscaba cubrir sus necesidades más básicas, porque no podía aspirar a más, sólo lo más indispensable y eso dictado por el propio gobierno. Movidos por una serie de “íconos” de la historia, los cubanos desarrollan sus actividades acuñados con un ingrediente que es la Revolución de Fidel, Camilo y el “Che”, pero su gran inspirador, escritor, político, José Martí, así como otros que son motivo de nacionalismo para sus actividades productivas, científicas y sociales. 

En cada rincón de cada calle, en los restaurantes, museos y plazas públicas, se habla de los logros de la revolución; de cada uno de sus personajes que lucharon en contra de las fuerzas invasoras extranjeras, llámense españoles o estadounidenses. 

El recorrido del aeropuerto al departamento donde íbamos a hospedarnos fue de poco más de 25 minutos. Al llegar, nos bajamos y llevamos las maletas a nuestras habitaciones. 

Las primeras impresiones fueron que eran muy modestas las instalaciones, esperando algo mejor. Los dormitorios tenían hasta tres camas con refrigeración, televisión en una estancia. Sin embargo, con todo esto se me hacía muy limitado, esperando tener un poco más de comodidad. Pero mi sorpresa fue que al salir un rato del mismo, se encontraba un edificio de más de 12 pisos frente de donde estaba. Pude percatarme que en cada habitación vivía una familia y el espacio en la mayoría de ellos es de cuatro por cuatro metros, algunos sin televisión y rara vez alguien tenía aire acondicionado. 

Me impresionó tanto que pensé que donde habíamos llegado -una de las casas del Instituto de Ciencia Animal- nos encontrábamos en la gloria. Finalmente nos hablaron a comer, ya tenía demasiada hambre y eso sería un aliciente para poder satisfacer el largo trayecto sin probar bocado. 

La verdad otra sorpresa que percibí es que el alimento que nos servían también estaba muy limitado. Ya no hubo reproches en mi interior, antes al contrario, empezaba a comprender rápidamente lo que sucedía en aquel país dónde las carencias de todo estaban a la orden del día; no había molestia ni nada por el estilo, pues ya sabía en donde estaba parado y lo que iba a recibir sería modesto y limitado.

Distintas impresiones que pude captar entre la gente que había llegado con nosotros a La Habana, era la necesidad de ir al “reventón”, pues las razones que ahí se comentaban es que muchos turistas que arribaban a la isla más que conocer la cultura, historia y zonas de interés, procuraban gastar su dinero en medio del “pachangón” y el placer. 

Era como si ese país sólo tuviera eso que ofrecer. Gran número de personas así lo piensan, pero la verdad, Cuba es más que eso. 

Escuchaba así a varios compañeros hospedados cerca de mi habitación que tenían la recomendación de sus esposas de “portarse bien”, porque la realidad es que las damas de aquella isla caribeña son bellas y con características anatómicas “fuera de serie”. Pasarían los minutos y las manecillas del reloj que marcaban las 19:00 horas cuando se les ocurrió salir en grupo hacia el “Malecón” y dizque a conocer zonas turísticas. De momento pensé que empezaríamos a ver las zonas más representativas, por lo que alisté mi cámara y libreta para tomar las primeras impresiones del viaje. Nos trasladaron hasta la avenida 23/La Rampa y calle L en la mera esquina donde se encuentra uno de los cines más tradicionales y famosos de la Habana, “El Yara” con una pantalla grande, dos salas de video y las mejores palomitas con un costo por entrar de 2 Cup (peso cubano), equivalente a $1.65 pesos mexicanos, aunque la moneda que se utiliza para los turistas es el Cuc que equivale aproximadamente a $19.80 pesos mexicanos por cada uno. 

Pero nada de eso les interesaba a mis compañeros, pues de inmediato nos trasladaríamos en medio de la nada, donde aparecieron los “guías turísticos” que de momento así daban la impresión.

Uno de esos supuestos guías de nombre Juan se acercó a nosotros comentando: “¡Hola!, ¿mexicanos?, ¡Qué bonito es ese país de México! Mira mi hermano, yo los puedo llevar por todo el Malecón para que conozcan lo bonito que está, pero si quieren diversión, yo los puedo llevar a lugares exclusivos”. 

Al principio todos estuvimos de acuerdo y caminamos por las calles hasta llegar a nuestro destino. Ahí estuvo hablando de lo difícil del empleo en la Isla pero andar de guía le ayudaba a sortear la crisis. Había muchas personas como Juan que salían de las esquinas para disputarse a los turistas; en ocasiones, parecía que las discusiones entre ellos se convertirían en peleas campales, pero no, era normal que se enfrentaran así por ganarse a los visitantes. A estas alturas estaba todo confundido, no sabía qué estaba pasando y hacia dónde nos llevarían, aunque algunos de los compañeros ya sabían las clases de “movidas” entre los guías. 

De efectivo sólo llevábamos en las bolsas euros y para comprar algo teníamos que traer “Cuc” (moneda convertible). Cercano a las 22:00 horas ya no había ninguna casa de cambio abierta, por lo que Juan nos trajo por todos lados tratando de cambiar hasta que nos llevó hasta “El Nacional”, un hotel lujoso y emblemático donde llegan puros turistas extranjeros, pues para el cubano es completamente imposible pisar una habitación de esa categoría de hotel. 

Por fin cambiamos y nos trasladamos a un lado de este enorme edificio donde había unas palapas. 

violioscar@gmail.com

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