Vamos

‘Me quieren matar’: Muchos pacientes de la COVID-19 padecen delirios aterradores

Las alucinaciones paranoides atormentan a muchos pacientes con coronavirus en las unidades de cuidados intensivos, una experiencia que puede retrasar la recuperación y aumentar el riesgo de depresión y problemas cognitivos

The New York Times

viernes, 03 julio 2020 | 08:40

Kim Victory estaba paralizada en la cama y la estaban quemando viva.

Justo a tiempo, alguien la rescató, pero, de repente, se convirtió en una escultura de hielo en el elegante bufé de un crucero. Luego, fue objeto de un experimento en un laboratorio en Japón. Después, la atacaron unos gatos.

Visiones dantescas como estas asediaron a Victory durante su hospitalización hace unas semanas debido a una insuficiencia respiratoria grave ocasionada por el coronavirus. Se impresionaba tanto que una noche se arrancó el tubo del respirador mecánico; en otra ocasión, se cayó de una silla y terminó en el suelo de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).

“Era tan real y estaba muy asustada”, recordó Victory, de 31 años, ahora de vuelta en su casa en Franklin, Tennessee.

De manera alarmante, muchos pacientes con coronavirus están reportando experiencias similares. El fenómeno, denominado delirio hospitalario, se había observado antes de la pandemia, sobre todo en un subconjunto de pacientes de edad avanzada, algunos de los cuales ya padecían demencia. En los últimos años, los hospitales han adoptado medidas para reducirlo.

“La COVID-19 acabó con todo eso”, dijo E. Wesley Ely, codirector del Centro de Enfermedades Críticas, Disfunción Cerebral y Supervivencia de la Universidad de Vanderbilt y del Hospital de la Administración de Veteranos de Nashville, cuyo equipo desarrolló lineamientos para que los hospitales reduzcan al mínimo el delirio.

Ahora, esta condición está afectando a los pacientes de coronavirus de todas las edades sin ningún daño cognitivo previo. Los informes de hospitales e investigadores sugieren que entre dos tercios y tres cuartos de los pacientes con coronavirus en las unidades de cuidados intensivos han presentado varios tipos de delirios. Algunos tienen “delirio hiperactivo”, alucinaciones paranoicas y agitación; otros, “delirio hipoactivo”, visiones internalizadas y confusión que hacen que los pacientes se retraigan y no se comuniquen y algunos incluso llegan a padecer ambos tipos.

Las experiencias no solo resultan aterradoras y desorientadoras. El delirio puede tener consecuencias perjudiciales mucho tiempo después de que desaparece, ya que prolonga las estancias en el hospital, retrasa la recuperación y aumenta el riesgo de que las personas desarrollen depresión o trastorno de estrés postraumático. Los pacientes mayores previamente sanos con delirio pueden desarrollar demencia más pronto de lo que lo harían de otra manera y morir antes, según han descubierto los investigadores.

“Hay un mayor riesgo de déficits cognitivos temporales o incluso permanentes”, afirmó Lawrence Kaplan, director de enlace de consultas de psiquiatría del Centro Médico de la Universidad de California en San Francisco. “En realidad es más devastador de lo que la gente cree”, agregó.

La pandemia incluye los ingredientes que provocan delirio; como largos periodos conectado a un respirador mecánico, sedantes fuertes y dormir mal. Otros factores: la mayoría de los pacientes están inmóviles, en ocasiones se les sujeta para evitar que se desconecten accidentalmente los tubos e interactúan con muy pocas personas debido a que las familias no pueden visitarlos y los profesionales de la salud que los cuidan usan equipos de protección que no dejan ver el rostro y pasan muy poco tiempo en las habitaciones de los pacientes.

“Es la tormenta perfecta para generar delirio; verdaderamente lo es”, afirmó Sharon Inouye, una destacada experta en delirio que fundó el Programa para la Vida Hospitalaria del Anciano, que consiste en unas directrices que han ayudado de manera considerable a reducir el delirio entre los pacientes de la tercera edad. Tanto su programa como el de Ely han ideado recomendaciones para disminuir el delirio durante la pandemia.

El virus por sí mismo o la respuesta del cuerpo a este también pueden generar efectos neurológicos, ya que “llevan a las personas a un estado de delirio más intenso”, explicó Sajan Patel, profesor asistente de la Universidad de California en San Francisco.

La falta de oxígeno y la inflamación que experimentan muchos pacientes enfermos graves de coronavirus pueden afectar el cerebro y otros órganos, además de los pulmones. La insuficiencia renal o hepática puede conducir a la acumulación de medicamentos que provocan delirios. Algunos pacientes desarrollan pequeños coágulos de sangre que no causan accidentes cerebrovasculares, pero que ocasionan una sutil interrupción en la circulación que puede desencadenar problemas cognitivos y delirio, explicó Inouye.

“AK-47”, escribió Ron Temko con letra temblorosa desde su cama de hospital.

Luego apuntó a su cuello para mostrar dónde debería apuntar el rifle de asalto.

Temko, un ejecutivo de 69 años de una compañía hipotecaria, no podía hablar debido al tubo del respirador en su boca; para entonces, llevaba unas tres semanas conectado a un respirador mecánico en el Centro Médico de la UCSF. Así que, en una llamada de Zoom que las enfermeras organizaron con su familia, escribía en una hoja sobre un portapapeles.

“Quiere que lo matemos”, dijo su hijo sin aliento, según Temko y su esposa Linda.

“No, cariño, vas a estar bien”, imploró Linda.

Ahora, de vuelta en su casa, en San Francisco, después de una hospitalización de 60 días, Temko dijo que la sugerencia que le hizo a su familia para que le dispararan surgió de un delirio alimentado por la alucinación de que había sido secuestrado.

“Estaba en una fase paranoica en la que pensaba que había algún tipo de conspiración en mi contra”, explicó.

Cuando se le colocó el respirador por primera vez, los médicos utilizaron un sedante más ligero, el propofol, y dilataban horas la administración para que estuviera despierto y supiera dónde se encontraba, como parte de un “régimen para tratar de evitar el delirio”, dijo Daniel Burkhardt, el anestesiólogo e intensivista que lo trató.

Pero entonces la insuficiencia respiratoria de Temko empeoró. Su presión sanguínea se desplomó, una condición que se intensifica con el propofol. A fin de permitir que el ventilador respirara completamente por él, los médicos lo paralizaron químicamente, lo que requirió sedantes más fuertes para evitar el trauma de estar consciente mientras permanecía inmóvil.

Así que a Temko se le administró otro sedante, midazolam, una benzodiacepina, y fentanilo, un opiáceo. Ambos medicamentos exacerban el delirio.

“No teníamos otra opción”, dijo Burkhardt. “Si estás muy enfermo e inestable, básicamente lo que sucede es que concluimos que tienes problemas más grandes. Y ya sabes, tenemos que hacer que lo superes primero”.

Después de aproximadamente dos semanas, comenzó el proceso de reducción del sedante, pero surgieron otros dilemas relacionados con el delirio. Temko comenzó a experimentar dolor y ansiedad, lo que obligó a los médicos a equilibrar el tratamiento de esas afecciones con el uso de medicamentos que pueden empeorar el delirio, dijeron.

Las repetidas visitas de enfermería que Temko necesitaba interrumpieron su ciclo de sueño-vigilia, por lo que a menudo tomaba siestas durante el día y se quedaba sin dormir y agitado por la noche, dijo Jason Bloomer, enfermero de la unidad de cuidados intensivos.

En casa, su esposa mantenía su teléfono junto a la almohada para poder escucharlo a través de la tableta de un enfermero. “Se despertaba y estaba confundido y ansioso y comenzaba a ponerse tan nervioso que el ventilador no podía funcionar”, dijo ella, quien lo tranquilizaba: “Está bien, respira”.

Sus alucinaciones incluían una cabeza humana giratoria. “Cada vez que aparecía, alguien le ponía un clavo y podía ver que la persona aún estaba viva”, recordó.

Imaginó que su reloj de pulsera (que en realidad estaba en casa) se lo había robado un hombre que lo convirtió en un catéter. El hombre reprodujo una grabación de Ben Bernanke, el expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, y le dijo a Temko que como había reconocido el nombre: “No vas a salir del hospital, sabes demasiado”.

Cuando Bloomer le preguntó: “¿Te sientes a salvo?”, Temko negó con la cabeza y gesticuló alrededor de su tubo de ventilación: “Ayúdame”.

Más tarde, se puso desesperado. “No sabía si quería vivir o morir”, dijo.

Temko acudió a una consulta con Kaplan, el psiquiatra, quien reconoció sus síntomas como delirio, en parte porque no pasó ciertas pruebas, como nombrar los meses hacia atrás y contar del cien hacia abajo de siete en siete. “Solo podía pasar del 100 al 93”, dijo Kaplan, y añadió: “El pecado capital del delirio siempre es la falta de atención”.

Kaplan le recetó Seroquel, que ayuda con los trastornos de la percepción y la ansiedad.

Temko dijo que otro punto de inflexión llegó cuando Bloomer aseguró que tal vez podría recuperarse si trabajaba arduamente durante meses.

Un signo cognitivo optimista, dijo Kaplan, es que Temko ahora puede describir su delirio con mucho más detalle que hace varias semanas.

‘Vi al diablo’

Algunos pacientes con coronavirus desarrollan delirio incluso después de una permanencia corta en la UCI.

Anatolio José Rios, de 57 años, fue intubado por solo cuatro días en el Hospital General de Massachusetts y no recibió sedantes altamente inductores de delirio. Aún así, cuando se terminó la sedación, escuchó estallidos y vio destellos de luz y a personas rezando por él.

“Dios mío, fue aterrador”, dijo. “Y cuando abrí los ojos, vi a los mismos doctores, los mismos enfermeros que rezaban por mí en mi sueño”.

Después de que se desconectó el ventilador, Rios, un hombre normalmente gregario que presenta un programa de radio, solo respondió con una o dos palabras, dijo Peggy Lai, la médica que lo atendió.

“Vi personas tendidas en el suelo como si estuvieran muertas en la UCI”, dijo. Imaginó una mujer parecida a un vampiro en su habitación. Estaba convencido de que las personas en el pasillo afuera estaban armadas, amenazándolo.

“Doctora, ¿ve eso?”, recuerda haber dicho. “Me quieren matar”.

Preguntó si la puerta era a prueba de balas y, para calmarlo, la doctora dijo que sí.

Al igual que muchos pacientes delirantes, Rios transformó las actividades típicas del hospital en imaginaciones paranoicas. Cuando observó que un empleado del hospital colgaba un pedazo de papel, dijo, pensó que veía una soga y temió que lo colgaran. No ayudó a su delirio uno de los muchos factores aparentemente pequeños que lo alimentan: aún no le habían devuelto sus anteojos.

Después de 10 días de hospitalización, pasó dos meses en un centro de rehabilitación debido a una inflamación en el pie, y recientemente regresó a su departamento de East Boston. En mayo, su padre en México murió de la COVID-19, dijo Rios. Reflexionó sobre otra alucinación en el hospital.

“Vi al diablo y le pregunté: ‘¿Me puedes dar otra oportunidad?’. Y él dijo: ‘Sí, pero ya sabes el precio’”, recordó Ríos. “Ahora creo que sé que el precio fue mi padre”.

Dos meses después de regresar a casa después de su hospitalización de tres semanas, Victory dijo que ha experimentado síntomas emocionales y psicológicos preocupantes, incluyendo depresión e insomnio. Ahora percibe el olor a cigarro o madera quemada, producto de su imaginación.

“Siento como si estuviera en caída libre por una madriguera de conejo y no sé cuándo volveré a ser yo”, dijo.

Kevin Hageman, uno de sus médicos del Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt, dijo que “estaba delirando muy profundamente”.

Victory, una inmigrante vietnamita y estudiante de la universidad comunitaria con especialización en bioquímica previamente saludable, dijo que no recordaba haberse arrancado el tubo del respirador, que le fue reinsertado. Pero recordó visiones que mezclaban el horror con el absurdo.

Hubo un momento en el que científicos japoneses estaban probando sustancias químicas en ella; en otro momento, les decía: “Soy estadounidense y tengo derecho a comer una hamburguesa con queso y a beber Coca-Cola”, recordaba, y añadió: “Ni siquiera me gustan las hamburguesas con queso”.

Junto con este delirio hiperactivo agitado, experimentó delirio hipoactivo internalizado. En una sala de recuperación después de dejar la UCI, miraba fijamente de 10 a 20 segundos cuando le hacían preguntas básicas, dijo Hageman, quien añadió: “Nada se estaba procesando por completo”.

Victory logró tomarse una foto con tubos nasales de oxígeno y una cicatriz en la frente y la publicó en Facebook con la frase “Estoy viva” en vietnamita para que sus padres en Vietnam supieran que había sobrevivido. Pero otro día, llamó a su esposo, Wess Victory, 15 o 20 veces y le dijo: “Te doy dos horas para que me recojas”.

Me rompía el corazón”, recordó su esposo, quien pacientemente le dijo que aún no podía ser dada de alta. “Durante cuatro o cinco días, ella todavía no podía recordar qué año era, quién era el presidente”.

Finalmente, dijo él, “algo hizo clic”.

Ahora, para ayudar a superar las consecuencias de la experiencia, ha empezado a tomar un antidepresivo que le recetó su médico y recientemente comenzó a ver a un psicólogo.

“La gente piensa que cuando el paciente se recupere y salga del hospital, estará bien, se acabó”, dijo Kim Victory. “Me preocupa que, si el virus no me mató en ese momento, ¿habrá afectado mi cuerpo lo suficiente como para matarme ahora?”.

‘Caída libre por una madriguera de conejo’