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Fue Sor Juana una víctima de la peste

Los muros de los monasterios virreinales no protegían a sus moradores de las epidemias

De la Redacción

viernes, 15 mayo 2020 | 17:58

Los muros de los monasterios virreinales no protegían a sus moradores de las epidemias. Incluso el voto de clausura, que obligaba a las monjas a vivir en "perpetuo encerramiento", podía ser una condena de muerte cuando, en la comunidad, aparecía "un mal que anda", un brote contagioso.

En las primeras semanas de 1695 la "fiebre pestilencial" burló la muralla del convento de San Jerónimo de la capital de la Nueva España y en cuatro meses cobró la vida de, al menos, seis religiosas entre las que estaba la más célebre de sus inquilinas.

A la tres -o cuatro- de la mañana del domingo 17 de abril de hace 325 años, el cuarto jinete del Apocalipsis segó la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. Tenía sólo 46 años.

"Recibió muy a punto los Sacramentos con su celo catolicísimo", aseguró su primer biógrafo -o hagiógrafo-, el jesuita Diego Calleja. Sin embargo, la llamada Musa Décima no tuvo una muerte dulce.

"Había calenturas, había sudores, había muchos problemas en cuanto a la estabilidad de la persona, y (los 'apestados') morían, a veces, en medio de dolores muy fuertes", ilustra, vía telefónica, el historiador de la ciencia Elías Trabulse.

Flujo de sangre por nariz (epistaxis), boca y oídos, "grave incendio en todas las entrañas", como "tener un volcán de fuego en el estómago", bubones retroarticulares e inguinales eran otros síntomas asociados al mal también conocido como matlazahuatl, tabardillo o tifo exantemático, explica Miguel Ángel Cuenya en Puebla de los Ángeles en tiempos de una peste colonial (El Colegio de Michoacán/BUAP, 1999).

Hay consenso en que dichos términos referían una enfermedad grave aunque, aclara Trabulse, no son sinónimos estrictos: "No existe un diagnóstico de cuáles eran realmente las características de la enfermedad, todas se parecían y les daban nombres diferentes, muchas veces, siendo la misma, o el mismo nombre siendo diferentes".

Aunque tenía una celda amplia -comprada en 1692, con autorización del Arzobispo Francisco Aguiar y Seijas, y gracias a los frutos de los préstamos que hacía a banqueros de la época-, Sor Juana debió ser aislada en la enfermería del convento.

Designada como "enfermera", alguna de sus hermanas la auxilió durante unos nueve días antes del irremediable final, igual que ella había hecho con otra "apestada" hasta contagiarse; "enfermó de caritativa", la elogió Calleja.

Tras confesarse, requisito para ser visitada por el médico, la monja poeta debió ser tratada con los remedios usados entonces para la "fiebre pestilencial", tan variados como ineficaces; muy parecidos, por cierto, a las "curas mágicas" contra el coronavirus, como el "aceite del ratero", sólo "maravillosas para un anecdotario del humor negro", opina Trabulse.

En La muerte de sor Juana (Condumex, 1999), Trabulse refiere que aquellos remedios "comprendían desde la aplicación de fomentos con una mezcla de vinagre, nitro y alcanfor hasta jarabes de todo tipo", entre los que figuraban agua de cerezas negras y jarabe de culantrillo.

El autor de Historia de la ciencia en México (FCE, 1983) señala que, a finales del Siglo 17, el científico holandés Anton van Leeuwenhoek, "el primero en montar un microscopio tal como lo conocemos, había descubierto lo que llamó pequeños corpúsculos que se mueven en el agua, pero no se les atribuía ninguna característica agresiva para la salud".

En la época, agrega, las enfermedades se consideraban transmisibles por razones más bien míticas, como espíritus malignos o malos aires. E imperaba la creencia, desde antes de la Edad Media, que eran efecto de la ira de Dios por un gran pecado (lo mismo han sentenciado hoy algunos líderes religiosos sobre el Covid-19, refiriendo la legalización del aborto y el matrimonio igualitario).

Pero, ¿cómo penetró la peste en San Jerónimo? A pesar de la clausura, los conventos no estaban aislados. El historiador Antonio Rubial explica que por su portería "entraban bastimentos y personas de fuera", y en el locutorio, "espacio separado por una reja y un velo", se intercambiaban "noticias y obsequios entre el monasterio y sus visitantes" (Monjas, cortesanos y plebeyos, Taurus, 2005).

En el caso de Sor Juana, su inteligencia y genio poético atraían a infinidad de personas ilustres, destacadamente los virreyes, como su amiga y protectora María Luisa Manrique, marquesa de Paredes quien, por dichas cualidades, gustaba de conversar con tan "rara mujer".

Elías Trabulse aventura que la entrada del virus de la peste "pudo ser o por la abundancia de ratones o ratas -su pulga lo transmite- o por animales domésticos, como gallinas u otros, que las monjas debían tener para alimentarse".

Y agrega otro factor de riesgo: "La insalubridad era muy grande" (drenajes abiertos y muladares por doquier en la ciudad y, en el convento, inundaciones debidas a un hundimiento estructural, más el hacinamiento con una población de 80 monjas).

"El baño no era una cosa frecuente, el jabón estaba totalmente excluido como una posibilidad real, había sucedáneos del jabón pero no eran para nada lo que nosotros conocemos".

También era común que las reglas de las órdenes religiosas consideraran el lavado y cambio frecuente de hábito como una falta al voto de pobreza.

Para colmo de males, Sor Juana tenía una salud frágil. Recluida por la pandemia en su casa de Santa Bárbara, California, Sara Poot Herrera refiere que en un soneto dedicado a la virreina Leonor Carreto, le decía estar convaleciente de una enfermedad grave, y "en el Romance que le escribe a fray Payo Enríquez de Rivera (pidiéndole el sacramento de la confirmación), declaraba que ya antes había tenido un tabardillo (entre 1670 y 1672)".

O tifo, "que podemos identificar con la peste o fiebre pestilencial de la que murió", escribió Trabulse en su obra citada.

¿Cómo encontró la muerte a Sor Juana? "Yo me imagino que la muerte la encontró, de alguna manera, retirada de la farándula, más como monja que como escritora", opina Poot Herrera.

Un par de años antes (1693), la jerónima considerada el "florido ingenio de este feliz siglo" había entregado su biblioteca al arzobispo Francisco Aguiar y Seijas, y no volvió a publicar, según Trabulse, a consecuencia de un "proceso o causa secreta", del que él dio notica en noviembre de 1995 durante el congreso Sor Juana y su mundo, organizado por la Universidad del Claustro de Sor Juana.

El motivo de dicho proceso secreto, conservado en el Archivo del Arzobispado de México (que aún espera su publicación con aparato erudito), fue que en la Carta Athenagorica (1690) Sor Juana refutó "brillantemente", con "sutilezas teológicas", la tesis del padre Antonio Vieyra sobre la mayor fineza legada por Cristo a los hombres ("no desear para él nuestro amor a cambio del suyo, sino que nos amásemos los unos a los otros como prueba del amor que nos tuvo").

La jerónima, al argumentar que "la mayor fineza de Cristo fue no hacernos ninguna fineza, es decir, dejarnos en absoluta libertad", fue "acusada de diversas culpas" como "sospecha de herejía, desacato a la autoridad, y actividades incompatibles con su estado monacal [una religiosa metida a teóloga]".

Sin embargo, en 2010, el historiador Jesús Joel Peña Espinosa encontró en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla dos cartas y una minuta del obispo de esa ciudad, Manuel Fernández de Santa Cruz, que ese mismo año publicó Alejandro Soriano Vallès en Sor Juana Inés de la Cruz, doncella del verbo.

En las misivas, apuntó Poot Herrera, el prelado "actúa como hombre de la Iglesia y ejerce sobre Sor Juana -no mística, pero sí religiosa- el arte de la persuasión: ella, quien más finezas ha recibido del creador, y nada menos que la claridad del entendimiento, debe agradecer -le dice-, responder, corresponder" (Casa del Tiempo, UAM, julio-agosto, 2011).

La Carta de Serafina de Cristo, publicada por Trabulse en 1996, dio noticia de que un "Soldado", seudónimo tras el que se escondía algún clérigo, había atacado a la monja por meterse en asuntos teológicos. Ese dato alertó a los investigadores, destaca Poot Herrera, y, en 2004, José Antonio Rodríguez Garrido halló en la Biblioteca Nacional de Lima, Perú, copia de dos documentos más (Defensa del Sermón del Mandato, por el bachiller Pedro Muñoz de Castro, y el anónimo Discurso apologético) que en su época salieron en defensa de Sor Juana.

"Esos documentos han aportado la idea de que no fue la Iglesia la que se puso en su contra, sí fue el Soldado, que es un pseudónimo, y repercutió en algunos otros, pero no fue la iglesia como institución", matiza la sorjuanista de la Universidad de California en Santa Bárbara.

La entrega de su biblioteca al arzobispo Aguiar y Seijas, considera, podría obedecer a que este tenía un "furor por ayudar a los pobres", para lo que "quitaba cosas a todos, libros, joyas" y repartía la ganancia de sus ventas.

Otro documento de hallazgo reciente, el testamento del padre José de Lombeida, hecho en julio de 1695, reveló que la monja le había dado "distintos libros" para que los vendiera.

Como prestamista, Sor Juana tenía al morir 2 mil pesos, además de joyas que, en lugar de ser entregadas a su sobrina Isabel María de San José, como había estipulado en su testamento, fueron espoliadas por el caritativo arzobispo de México (Espolio de don Francisco de Aguiar y Seijas, 1703, Archivo General de Indias, referido por Trabulse en La muerte de Sor Juana).

"Yo me pregunto por qué Sor Juana se vio obligada, si tenía dinero para dar, a entregar esos libros (a Lombeida)", comenta Poot Herrera, "pero como vive en un mundo de sacrificio, un sacrificio mayor fue la entrega de la biblioteca".

Sin embargo, una copia de 1843 del inventario de lo que se halló en la celda de la jerónima tras su muerte, menciona que tenía "un estante con ciento ochenta volúmenes de obras selectas", además de "quince legajos de escritos, versos místicos y mundanos".

Conforme veía abrirse "la tijera mortal" de la "Parca fiera", como escribió en el soneto a Leonor Carreto, ¿Sor Juana se habrá resignado a morir? Poot Herrera cree que, "como buena monja no le tenía miedo a la muerte". Ella misma, recuerda, había escrito en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz (1691) que los "necios" que "no quieren conformarse al morir" no solo pierden "el mérito de la conformidad" sino que "hacen mala muerte la muerte que podía ser bien".

"Yo creo que de alguna forma se resignó", dice la especialista, "y acató su destino".

Celebrarán con micrositio

El programa con exposiciones, una ruta cultural con esculturas y el coloquio que tenía previsto para el viernes la Universidad del Claustro de Sor Juana por los 325 años del fallecimiento de la monja poeta, se pospuso hasta el 12 de noviembre, fecha de su natalicio.

La rectora de la institución, Carmen Beatriz López Portillo, informó que la pandemia de coronavirus obligó también a aplazar la develación de su cenotafio, prevista igualmente para el viernes en la Rotonda de las Personas Ilustres.

"Tentativamente sería el 24 de junio, pero tampoco sabemos", aclaró la académica.

La recordación de la llamada Fénix de América tiene lugar en internet, con contenidos digitales, a través de un micrositio colgado en la página de la Secretaría de Gobernación www.fomentocivico.segob.mx.

"Habrá lectura de poesía de y sobre Sor Juana", puntualizó López Portillo y mencionó, entre los participantes, a Rocío Cerón, Alberto Ruy Sánchez, Ana Clavel, Ana Franco Ortuño y, desde España, Antonio Rivero Taravillo.

La escritora y sorjuanista Margo Glantz envió una breve grabación en la que reflexiona, adelantó la rectora, en cómo hoy "nos hemos tenido que volver a encerrar (como las monjas por el voto de clausura en el virreinato)".

También se colgará una grabación del Coro Virreinal Rita Guerrero, con el conocido poema sorjuaniano Hombres necios.

Para evocar a la escritora barroca, López Portillo planea releer hoy la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, "un texto conmovedor, el más personal y que me permite reconocer la lucha más íntima que tuvo Sor Juana: la defensa de la libertad de las mujeres y el derecho a la palabra".

En el micrositio colaboran también Memoria Histórica y Cultural de México, el Centro de Estudios Culturales e Históricos de la Mujer, el INEHRM y el INAH.