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Aprenden a sonreír con los ojos

El equipo de seguridad que cubre sus rostro no permite que los pacientes vean la expresión de Alejandra Enríquez, la enfermera que los atiende, pero ella continúa sonriendo para transmitirles ánimo; la enfermera compró un celular para que sus pacientes pudiera saludar o despedirse de su familia

Natalia Piña / El Diario

lunes, 22 junio 2020 | 16:55

“Me gusta ayudar al paciente, independientemente de que muchas veces, por más que hagas, no lo puedes salvar, pero lo haces de corazón y dejas todo. Es como un corredor que deja todo en la pista, nosotros dejamos todo en el hospital, porque es lo que nos gusta, lo que nos apasiona”

Alejandra Enríquez,

enfermera

En tiempos en los que es imposible ver una sonrisa y el contacto humano está prohibido, las miradas lo son todo. A través de ellas las personas han aprendido a comunicarse y a transmitir emociones e, inclusive, hasta a sonreír. 

Por ejemplo, la enfermera juarense Alejandra Enríquez continúa sonriendo y transmitiéndole ánimo y fuerza a sus pacientes a pesar de las innumerables capas de protección que lleva en el cuerpo y en el rostro debido al Covid-19 y, tal cual heroína sin capa, no sólo se limita a sonreír con la mirada.

Además de los esfuerzos extraordinarios que hace día con día, la trabajadora del Hospital General ayuda de forma desinteresada a las personas que se encuentran en el desolador escenario de enfrentar la incertidumbre de su propia mortalidad, brindándoles la oportunidad de hablar una vez más, o por última vez, con sus seres queridos. 

“Lo más difícil para estas personas es el aislamiento, es estar lejos de su familia, no verlos, no poder estar con ellos (…) Compré un celular pequeño, de los de antes, para que los pacientes se pudieran comunicar con sus familias para que sepan como están. A veces se despiden y lamentablemente fallecen, pero alcanzan a despedirse de su familia”, cuenta Enríquez, con la voz entrecortada, a El Diario de Juárez. 

Aún y con el reto de utilizar tres pares de guantes, dos botas, un overol, un gorro, gafas de protección, dos cubrebocas y una careta durante seis horas seguidas -sin la posibilidad de tomar agua o ir al baño durante ese tiempo-, y a pesar de la frustración de no poder cuidar a las personas como antes de la crisis sanitaria, Alejandra se enfoca en hacerle saber a sus pacientes que no están solos. 

“La verdad, de todo el tiempo que tengo de enfermera, que ya son 14 años, nunca había visto tantas muertes por una patología. Si te causa una crisis de ansiedad. Muchas veces llegas hasta tu casa llorando porque no pudiste hacer nada, porque por más que hiciste falleció; porque trabajas con temor de contagiarte”.

“Es una frustración tratar de estar atendiendo a tus pacientes y ahora sí, que nada más te vean los ojos. Tratar de que haya confianza con ese paciente con tu voz, nada más los puedes confortar con tu voz y tomándoles la mano porque realmente no te conocen ni siquiera la cara”, expresa. 

El mayor de los retos

Sea cual sea el estado emocional de Alejandra, hay algo que siempre la motiva a levantarse de la cama para continuar luchando por las personas. No es únicamente su pasión por la profesión de la enfermería, sino también la posibilidad de ver a sus pacientes salir del hospital. Eso la llena de esperanza.

“Hemos tenido pacientes que llegan graves pero estables, y a los 15 minutos se ponen muy, muy graves. El mayor reto es tratar de hacer todo lo mejor para poderlos salvar, porque el saber que la persona a la que estás atendiendo se va a ir de alta, da una gran felicidad”, asegura.

Por esta razón es que la enfermera, de 34 años, no dudó nunca en continuar trabajando pese al desalentador panorama, a los fallecimientos de dos compañeros y al temor de contagiarse o de contagiar a alguien de su familia de Covid-19.

“(Mi familia) Tuvo mucha preocupación de que me fuera a contagiar. Como ha habido ya bastantes casos de enfermeros y médicos contagiados, claro que se preocuparon. Me dijeron que si podía pedir una licencia o que si podía dejar de trabajar, que ellos me podían auxiliar con los gastos en lo que pasaba la contingencia, pero mi vocación me dijo ‘continúa’”.

“Yo le dije a mi familia: ‘Es lo que me gusta. A mí me gusta ayudar al paciente, independientemente de que muchas veces, por más que hagas, no lo puedes salvar, pero lo haces de corazón y dejas todo. Es como un corredor que deja todo en la pista, nosotros dejamos todo en el hospital, porque es lo que nos gusta, lo que nos apasiona”, afirma.

Y han sido esas ganas de ayudar a los demás, lo que ha llevado a Enríquez a poder sobrellevar la carga física y emocional que representa su trabajo desde que iniciaron los contagios en la frontera.

Para empezar, su rutina cambió por completo. Desde que sale de su casa y hasta que regresa después de un turno de 30 horas en el hospital en el que ha trabajado durante ocho años, tiene que seguir una serie de rigurosos pasos para cuidarse, cuidar a sus pacientes y cuidar a sus seres queridos.

“En las primeras semanas de adaptación es muy difícil traer el traje, te salen sarpullidos por todos lados, además de las marcas de las gafas y del cubrebocas. Llegas a veces con la nariz hasta rota de que ya se te reventó por el uso”. 

“Ahora también entramos más temprano al Hospital General. Tenemos que llegar media hora antes para poder cambiarnos y ponernos todo el uniforme (…) Al momento de salir de mi casa tengo unos zapatos especiales en mi carro poder llegar al trabajo y tengo otros para poder llegar a mi casa. Ya al momento de llegar a mi casa, me quito toda mi ropa en la puerta, dejo todo y me meto inmediatamente a bañar”, explica.

Una acción que lo cambió todo

La historia de Alejandra Enríquez es sólo es un ejemplo más de como la pandemia ha cambiado todo, para todos, sin excepción. Y a su vez, es un ejemplo de cómo los actos de amabilidad pueden cambiar la vida de las personas. 

Con la única intención de generar conciencia entre la población, Alejandra comparte la historia de una mujer que, ella asegura, la dejarán marcada de por vida. 

“Hay diferentes historias. Hay unas personas que se van de alta muy agradecidas, llorando porque van a abrazar a su familia, y hay otras que lamentablemente fallecen”. 

“Hubo señora que estaba con nosotros y que tenía mucho miedo de fallecer. Ella tenía mucho miedo de dejar a su hijo de 13 años solo y quería firmar alta voluntaria”, relata.

Dos días antes del 10 de mayo, y sin saber que la paciente fallecería al poco tiempo, Alejandra le dio el celular para que ella pudiera comunicarse con su hijo y esposo. Esa fue la última vez que la mujer pudo hablar con sus seres queridos.

“Ella me dijo: ‘Sabe qué, pude comunicarme con mi hijo. Mi esposo cumple años el 10 de mayo y él no sabía ni siquiera como me sentía, ni siquiera había podido hablar con él hasta hoy”, narra.