Fotógrafo colombiano confronta pasado trágico de su familia en conflicto armado

Andrés Cardona recuerda su historia en los álbumes de fotos de sus seres queridos

The New York Times
jueves, 25 abril 2019 | 12:44
Andrés Cardona/The New York Times

Nueva York – Andrés Cardona recuerda las escenas en los álbumes de fotos de su familia, pequeños rectángulos de memorias tan desvanecidas como las propias imágenes: cumpleaños, bautizos, bodas, reuniones en Halloween y Navidad. Con el paso del tiempo, estos momentos cotidianos que alguna vez llenaron la vida de su familia en Colombia pasaron de mundanos a morbosos.

Los cuatro niños criados por mi abuela, en 1993: Aldemar, yo, Leidy Vargas y mi hermano, Hernando.

Como fotógrafo, Cardona, de 30 años, estaba acostumbrado a documentar la cruenta historia de Colombia a medida que un conflicto armado de varias décadas afectaba a extraños. Sin embargo, como muchos de sus compatriotas, integrantes de su familia fueron asesinados después de acusaciones que señalaban que eran simpatizantes de los rebeldes. Su bisabuelo, padre, madre, tío y otros familiares —la mayoría campesinos que apoyaban la reforma agraria y los derechos laborales— fueron sentenciados a ejecuciones sumarias en manos de militares.

Mi padre y mi tío fueron encontrados en una fosa común ocho días después de que fueron asesinados.

Hernando y Aldemar, los hijos mayores de mi padre y mi tío, en una recreación del entierro de sus padres. Esta es una representación de qué significa perder a un padre.

Para principios de la década de los cincuenta, el conflicto armado que comenzó en 1945 entre conservadores y liberales había cobrado la vida de su bisabuelo, dijo Cardona. Recuerda cómo su abuela, María Vargas, le dijo que ella no pudo recuperar el cadáver de su padre porque los perros despedazaron el cuerpo.

Cardona nació en San Vicente del Caguán, en el departamento de Caquetá, pero se mudó varias veces durante su infancia después de que su padre, Hernando Cardona Vargas, y su tío, Aldemar Vargas, fueron ejecutados y arrojados a una fosa común. Estuvieron desaparecidos durante ocho días, hasta que sus cuerpos fueron desenterrados.

“Mi abuela y mi madre nos llevaron con ellas a la base militar a recibir sus cadáveres”, dijo. “Nos llevaron al batallón donde se les pidió a las personas que los mataron que les dieran cristiana sepultura. Nadie podía ver sus rostros porque estaban desfigurados por las balas y había pasado mucho tiempo”.

Cardona aceptó que sus recuerdos de infancia eran turbios, pero que sus memorias del funeral permanecieron vívidas, como lo hicieron los viajes al cementerio donde él y su hermano se treparon al punto más alto de una estatua de Jesús.

Cuando su madre, Luz Mercy Cruz, comenzó a indagar las circunstancias del doble asesinato, también marcó su destino. Su único delito, dijo Cardona, fue que apoyaba mejores condiciones laborales y garantizaba los derechos humanos. Aun así, en muchas partes de Latinoamérica, esas convicciones son castigadas con la muerte.

La madre de Cardona, quien cosía y elaboraba artesanías para mantener a sus dos hijos, comenzó a recibir advertencias de que estaba siendo seguida. Ocho meses después del asesinato de su esposo, ella encabezaba un taller sobre derechos humanos en una reunión comunitaria en el campo, cerca de las montañas donde las guerrillas se ocultaban.

“El ejército llegó y rodeó el lugar donde se reunían”, dijo. “Sacaron a los líderes y a mi madre. Mataron a siete personas, porque dijeron que estaban vinculadas con las guerrillas”.

Hasta la fecha, él no tiene idea de dónde está enterrada su madre.

Cardona fue criado por su abuela en Puerto Rico de Caquetá, donde las fuerzas paramilitares —cuya mirada le habían enseñado que debía evitar— impuso un toque de queda a las 18:00 durante varios años. Recuerda haber oído el caos ruidoso de las bombas del gobierno que caían cerca de ahí.

Uno de los temas que rodean a la obra de Cardona sobre el pasado de su familia se ocupa de las pesadillas que comenzó a tener de ahogamiento o ser asesinado por un tirador en su hogar. A principios del proyecto, descubrió fotografías Polaroid de su tío Euclides, un comandante de la guerrilla, vestido con un uniforme militar de camuflaje. Las impresiones estaban entre varias fotografías que la familia mantuvo enterradas en el patio durante años.

“Muchas fotografías tuvieron que ser enterradas porque los paramilitares podían ir a nuestra casa y buscar”, dijo. “Quién sabe cuántos habrían muerto si hubieran encontrado estas fotografías”.

Cardona tiene la intención de continuar su proyecto. También seguirá buscando el cadáver de su madre. Es un proceso doloroso, aceptó, pero uno que es compartido con innumerables compatriotas que él dijo están a la espera de que generaciones posteriores ayuden a darle sentido a la traumática historia del país.

“Este proyecto no es sobre los muertos”, dijo. “Es para los vivos. Es una lucha, pero también es terapéutico y puede sanar. Ya no puedo vivir con este dolor. No soy un hombre de odio”.

Mi hermano ya no vive en Colombia, pero cada vez que nos visita vamos a las tumbas de mi padre y mi tío.