Internacional

Cruzan migrantes panameños último tramo mortal de la selva del Darién

Duermen en casas con revestimiento de madera y techos de zinc de los lugareños, pagando uno o tres dólares al día, en carpas o en tapetes distribuidos bajo una estructura similar a un cobertizo

Associated Press
viernes, 31 mayo 2019 | 10:36
AP

Bajo Chiquito – Al principio sólo aparecían como siluetas cansadas que emergían del denso follaje al otro lado del río Tuquesa.

Primero fueron tres mujeres, una apoyada en un palo para poder desplazarse, y otras dos que llevan sus pocas pertenencias sobre la cabeza acompañadas por un niño de dos años. Dos hombres, uno de ellos con un machete, aparecieron poco después para cruzar las aguas del afluente que los ponía a salvo en esta aldea indígena, el primer pueblo habitado con el que se encuentran después de sobrevivir a la infernal travesía por la jungla del Darién.

Después de hacer la caminata durante varios días desde Colombia, los migrantes que llegan a Bajo Chiquito, en Panamá, se sienten aliviados. Es un lugar para descansar, buscar sustento, comunicarse con sus seres queridos preocupados y recuperar fuerzas, pero todavía no están fuera de peligro: les espera una última travesía en bote o a pie, y cada opción conlleva riesgos mortales para estos extranjeros que forman parte de una oleada repentina e inesperada de miles por la selva del Darién, donde las autoridades tienen escasa presencia y los hombres armados se aprovechan de los viajeros.

El camino más peligroso hacia el siguiente pueblo, Peñitas, es por tierra y debe hacerse bordeando los ríos Tuquesa y Chucunaque. Alexis Bello Vargas, un joven cubano de 25 años que recientemente hizo ese viaje con su esposa y otros 12 compatriotas pueden dar fe de ello.

Habían sido atracados en el corazón del Darién y, como muchos de los que intentaron el último tramo a pie, no tenían dinero para pagar los 25 dólares que cobran los aldeanos para hacer el viaje por el río. Apenas 15 minutos después de partir de Bajo Chiquito fueron atacados nuevamente por dos hombres con rifles de caza que les ordenaron detenerse y entregar sus pertenencias.

“Seguimos caminando, no teníamos nada porque ya nos habían asaltado y nos dispararon”, dijo Bello Vargas. “Tuvimos que darles nuestras mochilas y se fueron”.

Una bala atravesó la pierna de una mujer que formaba parte del grupo antes de incrustarse en las rodillas de Bello. Los compañeros migrantes --con ayuda de la policía-- lo ayudaron durante el resto del viaje de seis horas a Penitas, donde funcionarios de salud aplicaron un vendaje para inmovilizar su pie y ayudar a reducir la hinchazón en la rodilla. Sentado en una silla plegable y vestido con pantalones cortos, una camiseta sin mangas y chancletas, dijo a The Associated Press que no sabía si sería intervenido para extraerle el proyectil.

Los supuestos atacantes fueron detenidos, pero el incidente refleja la anarquía del Darién y la vulnerabilidad de los migrantes al robo, el asalto sexual, la enfermedad y las situaciones extremas. Más de 7 mil 300 migrantes habían cruzado este año hasta mediados de abril, según cifras de la policía fronteriza, que son las más altas desde un aumento previo registrado entre 2015 y 2017. Las autoridades no respondieron a una solicitud para actualizar las estadísticas.

El presidente panameño Juan Carlos Varela dijo la semana pasada que al menos 4 mil migrantes se encontraban en Bajo Chiquito, Peñitas, y en el oeste de Panamá, cerca de Costa Rica, la próxima parada en el camino hacia Estados Unidos. Varela reconoció la dificultad del aumento de migrantes, que ha dejado a las autoridades luchando para imponer el orden.

Cerrar la frontera con Colombia sería “difícil” y no es una opción, señaló Varela. “Eso pondría en peligro la vida de estas personas”, agregó.

Durante una visita reciente de AP, alrededor de mil migrantes, en su mayoría de Haití, Cuba y países africanos o del sur de Asia, se encontraban en Bajo Chiquito, donde habitan unos 300 indígenas de la etnia Emberá. Los migrantes duermen en las casas con revestimiento de madera y techos de zinc de los lugareños, pagando uno o tres dólares al día, en carpas o en tapetes distribuidos bajo una estructura similar a un cobertizo.

Sentados en el suelo, beben té en la mañana y se encorvan sobre cuencos con cremas de maíz. En una pared de tablones de madera, muchos han garabateado sus nombres y lugares de origen: “Kamal Hossain Bangladesh” o “Kamaldeeb _ INDIA”. Al caer la noche, una antena local capta una señal que permite a los migrantes, al menos aquellos a los que no les quitaron sus teléfonos móviles en el camino, chatear con tus seres queridos en el exterior.

“Hablé con mis familiares, que están preocupados”, dijo Alioska Peña, una mujer de 32 años oriunda de Matanzas, en la costa norte de Cuba, que llegó el 23 de mayo con su esposo y su hija de nueve años. “Nos preguntaron que cómo estábamos”.

Los migrantes se quejaron de una escasez de medicamentos para tratar enfermedades comunes como la diarrea. Hombres, mujeres y niños se bañan y defecan en el río, que también es la fuente de agua potable de Bajo Chiquito.

En Bajo Chiquito, los migrantes también se registran con la policía por primera vez en el país. Alrededor de 100 salen cada día para Peñitas, según un jefe de la estación de la policía fronteriza que prefirió no se le nombrara porque no estaba autorizado a hablar del tema. Señaló que la mayoría opta por esperar un lugar en una de las embarcaciones de madera con motor de borda, quizá conscientes de los riesgos de continuar a pie, después de haber visto la muerte y el peligro en otras partes del Darién.

Es una espera de unos diez días para un viaje que toma un par de horas, pero el río también tiene sus propios riesgos.

Los periodistas de la AP acompañaron cuatro botes angostos mientras transportaban a casi 50 migrantes a Peñitas.

Javier García, otro cubano, dijo que había dejado a su esposa embarazada en Perú y que esperaban encontrarse en algún lugar de Panamá. Aseguró que en el corazón del Darién se encontró con varios cadáveres, una pantera y ladrones que le quitaron 70 dólares y su teléfono celular.

Justo antes de abordar el bote, García se persignó: “Vamos a ver cómo nos va”.

Ese día no era probablemente el mejor para navegar por el Tuquesa, un afluente de aguas cristalinas que pasa por algunas aldeas indígenas donde los niños juegan salpicando el agua y las mujeres lavan ropa en medio del canto de los pájaros, pero cuya navegación se complica más de la cuenta cuando sus caudales están bajos. Un temporal también puede ser mortal si hace que las corrientes crezcan violentamente.

Un bote que había quedado rezagado debió desplazarse con cuidado para no chocar con troncos y árboles arrancados de raíz que obstaculizaban partes del río. También se detenía o se desviaba a zonas más hondas con el grupo de migrantes pegados unos a otros. Parecía por momentos que la embarcación se sumergía del todo en algunos tramos.

Hace poco, un bote atestado de migrantes y sin chalecos salvavidas se volteó al cruzarse con otro, pero el accidente no causó ninguna víctima fatal debido a que el río estaba bajo, según la policía fronteriza.

Los cuatro botes arribaron, finalmente, sin incidentes. García compró una gaseosa y algo de comer después de llegar.

En Peñitas se enfrentarán a otra espera junto a más de mil migrantes en un campamento improvisado y atestado. Desde aquí los envían en autobuses a la frontera con Costa Rica, para dejar finalmente atrás a Darién.

Nguatem Michael, un camerunés de 39 años, aseguró que durante la travesía por la jungla su grupo fue emboscado dos veces, les quitaron dinero y pasaporte, y abusaron sexualmente de las mujeres. Una de ellas fue baleada.

“Violaban a las mujeres frente a los maridos mientras les apuntaban en la cabeza”, señaló.

Bello Vargas, quien viajó desde La Habana a Guyana –que según varios cubanos se ha convertido en una primera parada cada vez más utilizada– espera que este largo viaje le permita alcanzar en algún momento Estados Unidos, donde vive un tío. Por ahora, planeaba buscar refugio temporal en Panamá, descansar y ahorrar dinero antes de seguir hacia el norte.

“Fue difícil”, dijo Bello Vargas sobre la caminata de ocho días por la jungla. “Subes montañas, bajas montañas. Y todos los días llovía”.