Un lugar donde no hay crisis fronteriza

En Brownsville, Texas, la Patrulla Fronteriza ha implementado un concepto basado en personal, tecnología e infraestructura, para asegurar la zona

The New York Times
sábado, 04 mayo 2019 | 16:32
The New York Times

Brownsville – En el sector más ajetreado de la Patrulla Fronteriza en la frontera sudoeste —el valle del Río Grande, donde esta semana se está instalando un sector de tiendas de campaña para disminuir el hacinamiento en los centros de procesamiento migratorio— hay una franja de 37 kilómetros donde no existe la “crisis” fronteriza.

Se trata de la Estación Brownsville.

Recientemente, algunas estaciones a lo largo de la frontera de 3 mil 57 kilómetros han arrestado a cientos de migrantes todos los días. Brownsville detiene en promedio entre 35 y 45 personas. Algunas estaciones de la Patrulla Fronteriza suelen encontrar enormes cargamentos de drogas, como los 419 kilogramos de marihuana interceptados el otro día cerca de Rio Grande City, Texas. En Brownsville, el promedio de los cargamentos es de 68 kilos.

¿Cuál es el secreto?

La Patrulla Fronteriza en esta ciudad ha implementado un concepto basado en tres pilares que utiliza como una especie de mantra operativo para asegurar la frontera: personal, tecnología e infraestructura. Dicho de otro modo: elementos en el terreno, dispositivos de alta tecnología y bardas.

La Estación Brownsville tiene algo de cada uno.

En consecuencia, a decir de los agentes de la Patrulla Fronteriza, los traficantes tienden a contrabandear drogas y migrantes en áreas menos protegidas que se encuentran más al oeste.

En una zona del sur de Texas donde el tráfico de drogas y la migración no autorizada ayudaron a motivar la declaración del presidente Donald Trump de una emergencia nacional en la frontera, Brownsville —sin aspavientos— constituye un extraño caso de éxito para la Patrulla Fronteriza.

La valla entre México y Estados Unidos junto al río Bravo

“Somos la anomalía del sector del valle del Río Grande”, comentó Jorge L. González, el agente fronterizo a cargo de la estación. “Sentimos que esta es una parte más segura de la frontera donde, de hecho, el contrabando es más difícil”.

González hablaba en la sala de prensa de la sede de la estación hace poco. Todos lo conocen como “JL”. Este agente, bajito, fornido y padre de tres hijos, creció en el valle del Río Grande, en Mission, Texas, y la Patrulla Fronteriza ha definido su vida personal y profesional. Cuando era adolescente, un vecino que trabajó para la Patrulla Fronteriza le dijo que él sería un buen agente y ese comentario se le quedó grabado. Se unió a la agencia a los 22 años; ahora tiene 41.

“Además de haber trabajado en una tienda de abarrotes, este es el único trabajo que he tenido”, dijo.

La pared con mapas, gráficas e imágenes digitales a su espalda ilustraba su AOR, la sigla utilizada en la agencia para “área de responsabilidad”. La barda fronteriza en el centro de Brownsville tiene en lo alto alambre de púas y malla ciclónica para evitar que los migrantes la escalen con escaleras. Cuenta con alrededor de 150 cámaras equipadas con sensores que toman fotografías del área, parte de un programa estatal llamado Operación Puente Levadizo.

Otros sistemas de supervisión con cámaras envían imágenes de video en vivo a la sala de control de la estación y se suman a los sensores que detectan el movimiento en los arbustos, además de otras secciones de muro fronterizo que se extienden más allá de esta población. Algunos de los agentes de González patrullan la universidad local en bicicleta, para pasar inadvertidos en el entorno universitario.

Hay cámaras en el lado estadounidense de la valla fronteriza

“Es un sistema de sistemas”, comentó González. “Todos se complementan entre sí. Una porción independiente no haría sola el trabajo”.

Los patrones de contrabando cambian continuamente. A principios de los años noventa, el sector de San Diego en California fue el de mayor movimiento. Luego, la acción cambió a principios de la década de los años dos mil al sector de Tucson, en Arizona.

Ahora es el turno del valle del Río Grande. Hace unos veinte años, la Estación Brownsville era un centro de contrabando y tenía el nivel más alto de actividades delictivas en el sector. La Patrulla Fronteriza y los funcionarios locales creen que una década de acumular recursos ha rendido frutos. Además, no solo se trata del muro: la estación patrulla 37 kilómetros de frontera, pero solo tiene alrededor de 14 kilómetros de bardas terminadas.

“Lo llamo dinero inteligente”, afirmó Tony Martínez, alcalde de Brownsville. “Gastaron su dinero de manera inteligente”.

No todo el mundo concuerda. Los defensores de los migrantes y los críticos de la agencia dicen que las bajas cantidades de arrestos e incautaciones de esa estación pueden tener más que ver con las dinámicas de tráfico relacionadas con los cárteles del otro lado del río Bravo en México que con la estrategia de la Patrulla Fronteriza: los traficantes tienen sus propias razones para centrarse en otras áreas del valle.

Aunque no es que no lo intenten. Ese mismo día, más tarde, González patrullaba por un camino de tierra detrás de un puente del lado estadounidense de la frontera. Del otro lado del río, en el lado mexicano, un joven le tomaba fotografías; tal vez se trataba de un espía que recababa información, observó González.

Los contrabandistas “nos dan migajas”, dijo, pero es poco probable que expediciones importantes de migrantes o drogas pasen, al menos por aquí.

“Hay más probabilidades de que vamos a interceptar sus cargamentos”, dijo. “Sin importar de qué sean”.