Trabajar para salvar vidas en la frontera los une; su ideología política los separa

Llevan agua al desierto para los inmigrantes sedientos

Agencias
jueves, 03 octubre 2019 | 12:08
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Ocotillo, California – Cuando las noticias sobre el presidente Trump aparecen en su televisor, Laura y John Hunter saben que uno de ellos necesita salir de la habitación. Prefieren no discutir sobre cómo el primer mandatario maneja un problema que a ambos les importa profundamente: la inmigración.

John es parte de una dinastía política conservadora: su hermano mayor, Duncan Lee Hunter, fue miembro del Congreso de 1981 a 2009 e impulsó con éxito la “triple valla” que separa las ciudades de Tijuana y San Diego. Su sobrino es el representante Duncan Duane Hunter (R-Alpine), quien fue sucesor de su padre y fue acusado de corrupción en agosto del año pasado.

John cree en el primer mandatario. Laura es una inmigrante mexicana que rechaza a Trump y lo considera un “ser humano despreciable”.

Pero una misión los mantiene unidos. Aproximadamente una vez al mes, ambos viajan al desierto, al este de San Diego, junto con un puñado de voluntarios que se centran en uno de los aspectos más sombríos de la política inmigratoria de Estados Unidos: la muerte de quienes intentan cruzar la frontera sin autorización. Los voluntarios reabastecen y se ocupan del mantenimiento de más de 100 estaciones de agua, dispersas a lo largo de las tierras fronterizas de California.

Los viajes de los Hunter al desierto son una de las principales razones por las que su matrimonio sobrevive a la dramática colisión de emociones que el 45º presidente de EU inspira en cada uno de ellos. Se aman, pero los últimos dos años y medio los han puesto a prueba. “Ambos tenemos sólidos sentimientos el uno por el otro, pero también tengo un carácter fuerte, y él es igual”, señaló Laura. “Esta situación con Trump no ha ayudado”.

Laura Hunter y Brett Stalbaum en el Parque Estatal del Desierto Anza-Borrego

John no ve un conflicto entre su deseo de salvar las vidas de las personas que intentan cruzar la frontera sin autorización y su apoyo a un mandatario que ha descrito a esas mismas personas como violadores, delincuentes y pandilleros. “La gente moría durante la era Clinton, la era Bush y la era Barack”, afirmó. “Siguen muriendo en la era Trump”. Y aún necesitan agua, con desesperación.

La pareja se conoció hace 19 años en el bajo desierto del condado de Imperial, poco después de que John había lanzado su ambicioso proyecto de la estación de agua. Era, explicó, apolítico sobre el tema de la inmigración ilegal.

La barrera promovida por su hermano había resultado en una disminución de la inmigración no autorizada en el área de San Ysidro, en San Diego, pero los inmigrantes que intentaban desesperadamente cruzar la frontera fueron empujados hacia el este, a un terreno desértico implacable. Miles de ellos murieron en el este de California y en Arizona en los últimos 25 años.

Laura había leído sobre la iniciativa en un periódico local, y se inscribió como voluntaria. Sus diferencias políticas fueron evidentes de inmediato, pero ambos se oponían al aborto, y las estaciones de agua —con su potencial para salvar vidas— parecían ser una extensión de esa creencia. Después de un par de años, su amistad se convirtió en algo más; comenzaron a salir y finalmente se casaron.

John, de 63 años, es un hombre alto que usa camisas de botones en tonos apagados, y su voz tiene un cierto acento del medio oeste, tal como Jimmy Stewart. Laura, de 72 años, prefiere la ropa brillante, el lápiz labial rojo y abraza con orgullo el cabello ondulado cano y negro que enmarca su rostro cincelado.

Laura Hunter, a la izquierda, su esposo, John, y el hijo de éste, Johnny, reabastecen un barril

Él es un inventor de juguetes; obtuvo un doctorado en física de partículas y trabajó en tecnología satelital en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore. Ella es una maestra de escuela primaria jubilada que crió a tres niñas, principalmente sola, a lo largo de las regiones fronterizas de San Diego y Mexicali, México. Su hogar en Escondido se destaca por sus paredes brillantes y sus piezas de cerámica y pinturas oaxaqueñas. Algunas habitaciones podrían confundirse fácilmente por un museo de arte mexicano.

Ambos han sido pareja durante muchos años, y tienen rutinas establecidas. A veces él cocina crepas para ella los fines de semana y ella le sirve té helado en los días calurosos. Sus hijos —de diferentes matrimonios— son adultos y adoran a Fifi, su caniche maltés.

A su manera, los Hunter reflejan la diversidad del grupo de la Estación de Agua, unos 10 voluntarios principales que se reúnen dos veces al mes en Ocotillo, una pequeña comunidad en el condado Imperial. Algunos son apolíticos. Al menos cuatro, incluido John Hunter, se inclinan hacia la derecha. El resto, principalmente los más jóvenes, son activistas de izquierda. “Pero sobre este tema, salvar vidas en el desierto, se podría decir que todos somos liberales”, remarcó John. “Considero que es normal. Cuando las temperaturas alcanzan los 115 grados, la gente se centra en los conceptos básicos de supervivencia, y se ignoran las pequeñas diferencias”.

Los voluntarios buscan señales de migrantes en el desierto

Desde el principio, Duncan Hunter, de 71 años, apoyó el proyecto de agua de su hermano e incluso lo ayudó a obtener permisos para montar estaciones en terrenos manejados por la Oficina de Administración de Tierras. 

No hay contradicción, cree, entre apoyar la misión de su hermano para salvar vidas de inmigrantes y su deseo de controles estrictos en la frontera. 

“El hecho de que no se tenga una frontera segura hace que la gente vaya allí y muera por deshidratación o exposición al calor del desierto”, señaló el excongresista. “Si 200 chicos de preparatoria se ahogaran al año en un canal, ¿qué haríamos? Cercaríamos el canal... Evitaríamos así que la gente muriera”.

Temprano en una mañana de junio, Rob Fryer, un granjero retirado e ingeniero informático que vive en Solana Beach, llegó a la casa de Laura y John para prepararse para otra travesía al desierto. En la camioneta de los Hunter, condujeron hacia el este para reunirse con una docena de voluntarios en el Red Feather Cafe, en Ocotillo. Fifi se sumó al paseo.

Cuando John lanzó su proyecto, las muertes de inmigrantes habían aumentado, alcanzando un pico de 96 en el sector El Centro, un tramo de 70 millas limítrofes en el Valle Imperial, en el año fiscal 2001, según datos de la Patrulla Fronteriza. 

Durante un tiempo, los decesos disminuyeron en el área, pero el año pasado, 17 personas que intentaban cruzar ilegalmente murieron, y eso preocupó a los Hunter. Ellos esperaban retirarse pronto; legar el trabajo a una generación más joven. 

Pero por mucho que intentan dejarla, la tarea los convoca: no hay suficientes voluntarios.

John no está de acuerdo con Trump sobre la necesidad de más vallas fronterizas, pero está contento de que el presidente aborde la inmigración no autorizada. “Todos sus antecesores se pasaban la pelota”, afirmó. “Él está forzando a la gente a ocuparse del tema. Todos perdemos cuando no se habla de eso”.

Reabastecimiento de una estación de agua en el desierto

Cuando se le pregunta sobre las políticas y prácticas de inmigración de la administración Trump —como las condiciones miserables en los centros de detención a lo largo de la frontera, o el desmantelamiento del sistema de asilo— John responde que no sabe mucho sobre esos problemas. 

Sin embargo, cree que los medios de comunicación están mal predispuestos contra Trump, y cita la cobertura del tiroteo en masa en una Walmart de El Paso, en agosto pasado. 

También le da crédito al presidente por la economía fuerte. “Ha habido tanto odio hacia Trump”, resaltó. “Todo lo que ha hecho la izquierda es lo que realmente me ha llevado al lado contrario”.

Laura piensa que Trump es grosero y machista, y culpa a su retórica por las muertes en El Paso. “No me gusta, y no es por los medios de comunicación. Es lo que sale de su boca: todos los insultos y la ignorancia”, expresó. “Quiero un presidente con la mente calma”. Luego hizo una pausa y respiró hondo. “Esto de Trump ha sido negativo en nuestro matrimonio, muy negativo”, remarcó.

Después de una breve reunión en el café de Ocotillo, el grupo se dividió en dos equipos. A los Hunter se les unieron Fryer y Johnny, el hijo treintañero de John.

Mientras John recorría el terreno remoto y rocoso en el Parque Estatal del Desierto Anza-Borrego, grandes barriles azules y blancos y 12 galones de agua comenzaron a rebotar en la parte trasera del vehículo.

Las temperaturas de la mañana ya habían alcanzado los 90 grados, relativamente agradable para un lugar donde el calor puede llegar a los 125 grados. La camioneta atravesó un camino de tierra duro y marcado, donde una señal decía: “SÓLO VIAJES A PIE, NO SE PERMITEN VEHÍCULOS”.

Hace 12 años, el grupo llegó a un acuerdo con el parque, que les permite colocar estaciones de agua en 14 ubicaciones separadas. 

Si bien el agua está destinada principalmente a personas que cruzan clandestinamente la frontera entre Estados Unidos y México, otros también la consumen, explicó John, a juzgar por las notas de agradecimiento que dejan excursionistas, entusiastas del todoterreno y otros no migrantes que se han encontrado en un aprieto.

El vandalismo es común. A veces la gente dispara a los barriles o descarta el agua. En Arizona, ha habido casos de agentes de la Patrulla Fronteriza que vacían o patean los recipientes destinados a quienes cruzan la frontera. 

La cámara oculta de un trabajador humanitario capturó videos en 2010, 2012 y 2017, de agentes perforando o pateando galones.

A cada milla, los voluntarios revisaban las cajas de agua almacenadas en barriles azules con tapas de madera, y colocaban rocas en la parte superior para evitar que los fuertes vientos vuelen las cubiertas. 

No hablaban mucho; se limpiaban el sudor de las cejas y bebían agua fría. Al final del camino, estacionaron sus vehículos y caminaron aproximadamente media milla para reabastecer dos nuevas estaciones.

Fryer y Brett Stalbaum llevaban un barril cada uno. Paula Poole transportaba una pala. John y su hijo sacaron una carretilla cargada con cuatro cajas llenas de galones de agua. Laura llevaba a Fifi.

A última hora de la mañana, comenzaron a conducir a casa nuevamente y John habló sobre su próximo proyecto: recaudar dinero para colocar torres celulares en un área cercana a la frontera de Arizona, que actualmente no tiene servicio. Las muertes de inmigrantes allí aumentaron a medida que se fortalece la frontera de California.

Laura piensa que es una buena idea. “Creo que la situación en el desierto o las montañas… no se trata de la inmigración. Se trata de la vida o la muerte, e intentamos ayudar un poco”, dijo. “[Haremos] Cualquier cosa que podamos para evitar que la gente muera”.

A veces, la sociabilidad que impregna su trabajo voluntario en el desierto se disipa cuando los Hunter vuelven a casa.

John Hunter usa un Sistema de Posicionamiento Global (GPS) para marcar la ubicación de una estación de agua del desierto

Durante un momento particularmente acalorado, la pareja comenzó a hablar a la vez y Laura Hunter comentó con sarcasmo: “Ahora suenas como Trump, cariño”.

“A ella no le gusta mi candidato”, respondió John.

Laura prosiguió con una broma: “¿Vas a votar por alguien que insultó a los mexicanos? Tienes una esposa mexicana, John”.

Su marido se dispuso a recordarle que no votó por Trump en 2016 “porque no quería votar por alguien que decía cosas feas sobre mi esposa”. Pero esta vez, anticipó, sí planea hacerlo.

Laura tiene otros planes. “¿Sabes qué?”, dijo ella. “Voy a bloquear su voto”. John rió.

"Él es obstinado y yo también”, siguió Laura. “No soy una extensión de él... Debemos coincidir en nuestro desacuerdo. Tenemos que aceptar llevarnos bien”.

La mayor parte del tiempo, lo logran. Casi todos los viernes salen a cenar —por lo general comida mexicana— antes de dirigirse al centro de Escondido para ver pasar coches antiguos, anteriores a la década de 1970, que recorren lentamente Grand Avenue. 

John adula a Laura; la llama “mi paloma” y le abre la puerta donde quiera que vayan. Laura es cariñosa, acaricia la mano de su esposo durante los largos viajes.

Ambos ansían su próxima escapada al desierto; cargar jarras de agua con el objetivo de salvar vidas, tal como lo han hecho durante los últimos 19 años. Pero días después del tiroteo en El Paso, luego de que 22 personas fueron asesinadas, aún no habían discutido el hecho.