Llegaron a L.A. para cumplir su sueño; semanas después eran 2 desamparados más en la ciudad

Un paso en falso, una estafa o un golpe de mala suerte es todo lo que se requiere para perder el rumbo

Agencias
lunes, 21 octubre 2019 | 15:53
Agencias

Los Ángeles – Mucha gente viene a Los Ángeles con algo más que grandes sueños. Pero un paso en falso, una estafa, un golpe de mala suerte es todo lo que se necesita para descarrilarlos, publicó el rotativo LA Times.

Recientemente conocí a una joven pareja de Detroit, cuyo viaje aquí comenzó con grandes esperanzas. Ambos llegaron la primavera pasada con una promesa, $800, dos mochilas y dos bolsas de lona.

La promesa fue lo que los llevó a abandonar su hogar. Pero esta se hizo añicos ese primer día, incluso antes de que salieran de LAX. Sus interacciones en esta ciudad comenzaron a marchitarse tan rápido, que dos semanas después dormían en las aceras.

Les pregunté si podía contar su historia, en parte como un recordatorio común de lo rápido que puede ocurrir un desastre, pero también para contemplar cómo tratamos a los demás: nuestros recién llegados, los más vulnerables, aquellos a quienes habitualmente descartamos.

¿Por qué prometerle ayuda a alguien cuando, en realidad, no se le brindará? A algunos les gusta fanfarronear, como gatos burlando ratones.

En Detroit, Loxk Calhoun (se pronuncia ‘Lock’), cuyo nombre de nacimiento es DaShawn, había subsistido los últimos dos años desde que su madre lo echó del hogar, a los 18. El joven se entusiasmó cuando una persona de la industria de la música lo alentó a viajar a Los Ángeles. Loxk se describe a sí mismo como ingeniero de audio, también compone, rapea y actúa en vivo. Él quiere ser más famoso. El tipo de Los Ángeles le había dicho que, si se trasladaba a esta ciudad, lo alojaría y ayudaría a que eso sucediera.

Pero Loxk arribó en L.A. y eso no ocurrió. La persona no le ofreció ayuda en absoluto. Cuando Loxk lo llamó desde LAX, le respondió que estaría fuera de la ciudad por mucho tiempo.

De un momento a otro, Loxk y su novia, Bri Meilbeck, que acaba de cumplir 24 años, sólo se tenían el uno al otro. Eran viajeros novatos; habían estado juntos apenas un mes. En una ciudad enorme, no tenían a nadie más a quien pedir apoyo.

En apuros, Loxk llamó a otro contacto en su teléfono; un productor musical a quien aún no conocía. Se sintió aliviado cuando ese extraño le dijo que él y Bri podían quedarse en su casa. Pero el hogar de West Hollywood al que llegaron, que parecía una mansión desde el exterior, resultó tener dormitorio tras dormitorio repleto de literas. Bri y Loxk no sabían cuántas personas había allí, ni de quién era la casa.

Tampoco sabían que el productor al que le habían dado algo de dinero debía la renta, hasta que una noche, supieron que el propietario exigía que se fueran de allí de inmediato.

Entonces quedaron desamparados, y salieron de ese mundo que conocían. En ese momento se dieron cuenta que sólo les quedaban $50 dólares.

Mientras se esforzaban por sacar lo poco que poseían fuera de la casa, se dieron cuenta que debían llevar aún menos cosas. En un contenedor de basura, arrojaron mucha de su ropa favorita, incluido el traje deportivo Adidas, color rosa, de Bri.

A dónde ir era un problema. No conocían L.A.

Pero hubo un momento durante esos primeros días en que se sintieron tan abrumados por la rareza de todo, que lo único que podían hacer era escapar y estar solos. Así fue como terminaron en una habitación barata del Hotel Las Palmas, en Hollywood —el sitio donde el personaje de Julia Roberts, en “Pretty Woman”, vivía en sus tiempos difíciles, antes de conocer al personaje de Richard Gere—.

Les gustó ese pequeño roce con la fama, aunque no habría un rescate al estilo cuento de hadas para ellos. Expulsados de esa casa, volvieron a Las Palmas y escalaron la cerca del parque de al lado. Para no ser vistos, evitaron el piso de goma del sector infantil y se acostaron directamente sobre el pavimento, debajo del abrigo de piel sintética de Bri. Durante toda esa noche, la chica mantuvo los ojos abiertos.

Un par de años antes, Bri había estado muy cerca de terminar la universidad. Tenía su vida en orden; nunca hubiera imaginado esto. “Estaba muy asustada. Se escuchaba a la gente gritar. Pensé que alguien nos iba a robar”, comentó. En su teléfono, buscó discusiones en el sitio web de noticias sociales Reddit, donde escribió frases: como “Acabo de quedarme sin hogar”, "¿A dónde van las personas sin hogar en Los Ángeles?”.

Temprano a la mañana siguiente en Venice Beach, los dos fumaron junto con un hombre desamparado, y el perro de este. El sujeto les ofreció consejos para su nueva vida.

Usen calcetines frescos para evitar infecciones. Vayan al Centro St. Joseph para pedir ayuda. El hombre caminó con ellos buscando una lona y trozos de cartón para crear su ropa de cama.

Esa noche y durante algunas más, hasta que pudieran conseguir la suya, los dejó dormir en su pequeña carpa, acurrucado junto con él y su pastor alemán, frente al Public Storage de las avenidas 4th y Rose.

Buscar trabajo fue difícil. No tenían una dirección y no sabían dónde estarían en la mañana siguiente. En los días posteriores, obtuvieron dinero de General Relief, que los ayudaría hasta que encontraran un empleo. Usaron parte de los fondos para comprar su propia tienda, que colocaron al lado del hombre y su perro. También encontraron una organización sin fines de lucro, Safe Place for Youth (SPY), donde pudieron obtener orientación, ducharse, cambiarse con ropa limpia y alimentarse (según Bri, parecía “una preparatoria para niños sin hogar”; todos procuraban almorzar y llevaban mochilas, algo que también la hizo sentir mucho menos sola).

Poco a poco, aprendieron a mantenerse en movimiento todo el día; caminando, recorriendo bibliotecas, viajando en trenes de un lado a otro. En las estaciones de metro, evadían los boletos. Los conductores de autobuses a menudo los dejan viajar gratis.

“Pero a veces no, y entonces pasamos hambre”, confesó Bri, acerca de esos momentos cuando no pueden obtener una comida gratis. “Y te cansas de que la gente te mire en el autobús con cara de: ‘¿En serio? ¿No tienes ni $1.75?’”.

A menudo, ella sólo pensaba en tener una cama. Los consejeros les hablaron de lugares donde podían pasar la noche, pero no podrían dormir juntos, así que descartaron esa opción.

Con la promesa de una cama para pernoctar, los dos a veces se subían a automóviles llenos de extraños o se paseaban por las miserables habitaciones de hoteles, donde había gente vendiendo metanfetamina.

Ambos comenzaron a sentir las tensiones de una dualidad que no podían sostener ni ignorar. “Finalmente, están los que entran y los que se quedan afuera. Más allá de lo que piense de mí misma, no soy mejor que otra persona que vive en la calle, porque también nosotros estábamos en la calle”, afirmó Bri. “Algunos desamparados están realmente enojados con los que llegan”.

“Pero muy, muy enojados”, remarcó Loxk.

“Como si se les debiera algo”, añadió Bri.

Aunque ellos intentaban no sentirse así, no siempre funcionaba.

“Las únicas personas con quienes hablas tienen enfermedades mentales, o consumen drogas. Y esas son las únicas cosas que van y vienen en tu cabeza; esas voces… No es lo ideal para mantener la tranquilidad. Empiezas a enojarte porque lo único que escuchas son cosas negativas, y entonces también te vuelves negativo”, comentó Bri. “Ambos empezamos a perder la cabeza en algún momento”.

Pese a todo, eso no ocurrió. La única droga que usaban era la marihuana, e intentaron por todos los medios evitar los pensamientos más oscuros.

Pero luego, alguien en Venice robó su tienda de campaña y todas las pertenencias que no llevaban consigo. Entonces, decidieron que tenían que hacer algo.

En busca de paz, se dirigieron al norte, hacia Malibu Lagoon State Beach. Echaron un vistazo a un lugar oculto e ilegal. Un amigo de SPY, que había comprado una camioneta, les regaló su vieja tienda. Los surfistas sabían que estaba allí, pero no decían nada.

En un minicentro comercial y en Malibu Country Mart, hicieron todo lo posible para lavarse en los baños. En un Starbucks cercano, buscaron empleos en Craigslist. Finalmente, Bri encontró uno en Malibú, trabajando como barista, tal como lo había hecho en Detroit, e intentando pasar por una persona con vivienda.

En Le Cafe de la Plage, en el centro comercial Point Dume Plaza, a menudo sentía que llamaba la atención. Esperaba que ninguno de sus colegas se diera cuenta de que todos los días usaba los mismos jeans (con los cuales también dormía todas las noches). Una vez, un supervisor le sugirió que se limpiara mejor debajo de las uñas. El personal se burlaba de ella por su gran mochila.

Las personas sin hogar, relató Bri, reconocen a otros como ellos. Entienden las grandes mochilas y los abrigos, incluso si hace calor. Antes de venir a Los Ángeles, ella no veía esas cosas, dijo. Ahora esperaba que otros como su yo anterior tampoco las detectaran.

Conocí a Loxk y Bri hace un par de semanas, cuando escribía sobre complejos comunitarios con pequeños espacios para dormir, conocidos como cápsulas, o pods. Los dos ahora tienen una de las literas dobles más grandes en un espacio de PodShare, en el centro de la ciudad.

Aunque sus rostros podían ser duros y rudos, al sonreír, lucen muy jóvenes. Y cuando comenzaron a relatar su historia, que hasta ese momento habían guardado para sí mismos, todo se desplomó como una carga pesada. Sólo hablar de ello era terapéutico, reconocieron.

Loxk y Bri finalmente encontraron una vía hacia un nuevo techo en julio, después de que el padre de la joven vendió el automóvil de ella por $3.000, en Michigan. Por $925 al mes, consiguieron una habitación vacía en una casa en Watts, donde una casera extraña que se escondía en la parte trasera y usaba cámaras con sonido para vigilar a los inquilinos.

Sin embargo, había aceptado su efectivo sin preguntas, lo cual hizo posible la operación. Pero Bri viajaba en autobús tres horas en cada dirección hasta el café de Malibú. Y la casera buscaba peleas; la última vez, acerca de un plato de espagueti que había quedado en el microondas. “Salgan de mi propiedad”, les gritó la mujer. “No me importa si están desamparados”. Ellos nunca le habían comentado su situación.

Los dos llamaron a SPY diciendo que debían encontrar un lugar de inmediato, y SPY contactó a PodShare. La organización sin fines de lucro y la empresa de cápsulas tienen una asociación que esperan ampliar; quieren abrir una sucursal de PodShare para que los jóvenes sin hogar puedan hacer su transición fuera de las calles.

La dueña de PodShare, Elvina Beck, acordó dar a Loxk y Bri un lugar en el centro, por 700 dólares al mes. Cada uno acordó a su vez ayudar a limpiar el lugar ocho horas por semana. Ahora están en su segundo mes allí. Bri tiene un trabajo cercano como asistente de bar en Soho House. Loxk ha estado cocinando en un restaurante en North Hollywood, y sigue trabajando en su música.

Ellos no regresarán a casa, dicen. Intentarán seguir viviendo aquí. Pero no recomiendan Los Ángeles a todos. Incluso Detroit, famosa por la desesperación, no deja a la gente a su suerte en las calles, aseguran. “No hay personas desamparadas en Detroit”, aseguró Loxk, mientras Bri asentía con la cabeza.

“Hay casas en las que puedes entrar. Hay familia”, afirmó la chica. “Las personas se apoyan mutuamente”.