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En Todos Santos Cuchutamán, Guatemala, muchos viajan y regresan después de enviar dinero a sus hogares

The New York Times
martes, 23 julio 2019 | 10:05
The New York Times

Todos Santos Cuchutamán – Este pueblo de montaña envuelto en niebla, en el noroeste de Guatemala, emana un aire bullicioso de buena fortuna, incluso de prosperidad, que podría parecer contrario al paisaje de los campos de maíz y parcelas de hortalizas que permiten apenas subsistir.

Casas de concreto y estuco, de tres y hasta cuatro pisos, se alzan sobre viviendas tradicionales hechas de ladrillos y tablas de madera.

La fuente de este auge en la vivienda no es el ingreso de las ventas de cultivos o el turismo ocasional. Más bien, Todos Santos funciona con ahorros que envían hacia aquí desde Estados Unidos.

“Estados Unidos me ayudó más de lo que nunca ha hecho el gobierno de Guatemala”, afirmó Efraín Carrillo, de 40 años, en el exterior de la casa de tres pisos que construyó gracias a tres años de ahorros, después de trabajar en el norte como obrero, hace una década. “Fui deportado, pero estoy agradecido con Estados Unidos”.

Desde un balcón aletea la bandera guatemalteca, y junto a ella otra vista común en el lugar: las barras y estrellas.

La proliferación de banderas estadounidenses es testimonio de la importancia de la migración no autorizada aquí, y la dificultad de reducirla.

Por el momento, las autoridades mexicanas, bajo presión del gobierno de Trump, están tomando medidas enérgicas contra la migración desde América Central hacia Estados Unidos, despliegan tropas de la Guardia Nacional mexicana a lo largo de carreteras desde la frontera sur del país y aumentan las deportaciones.

El intento parece estar dando resultados: las detenciones en junio a lo largo de la frontera suroeste de Estados Unidos descendieron un 28 por ciento en comparación con mayo.

Pero a largo plazo, tales campañas pueden hacer poco para detener el éxodo desde lugares como Todos Santos.

La violencia de pandillas y la persecución política, dos de las razones más comunes que dan los centroamericanos cuando solicitan asilo en la frontera, no son problemas importantes aquí. La migración es impulsada por la economía.

El tema está arraigado profundamente en la cultura; es un rito de paso para muchos hombres jóvenes y, cada vez más, para mujeres y niños. Al parecer, cada familia aquí tiene un pariente cercano en el norte, desde California hasta Florida, Oregon y Virginia.

“¿Qué haríamos sin Estados Unidos?”, se preguntó Julián Jerónimo, un maestro de 49 años de edad, que pasó cuatro años en el área de la Bahía de San Francisco, trabajando en restaurantes y en una tienda de fertilizantes, mientras compartía un apartamento con otra media docena de migrantes. “Entendemos que Estados Unidos quiere controlar la inmigración. Por supuesto, a Trump le preocupan los criminales que ingresan al país, los terroristas. Pero la gente de Todos Santos va al norte a trabajar”, remarcó Jerónimo, quien regresó a su hogar en 2004 para construir una casa.

Alejada del gobierno central de Guatemala, la ciudad parece estar más cerca emocionalmente de Oakland -un destino popular- que de la ciudad de Guatemala. Hay un profundo respeto, incluso reverencia, por Estados Unidos.

En los últimos años, Jerónimo observó cómo los padres han llevado sistemáticamente a sus hijos al norte, algo que disminuye la inscripción en su escuela rural. “Este año perdimos a seis niños que se fueron a Estados Unidos”, precisó, y agregó que otros planean irse cuando terminen la primaria. “Ven que su hermano tiene una casa nueva, o un auto modelo reciente, y dicen: ‘También quiero eso’. Esa es una mentalidad muy difícil de cambiar”, afirmó.

En Estados Unidos, los migrantes de Todos Santos han sido tradicionalmente trabajadores rasos: se dedican a la agricultura, el paisajismo, los restaurantes y las plantas de procesamiento de carne y aves de corral.

Pero en casa, son otra cosa: pilares de la comunidad, historias de éxito a emular, creadores de tendencias que financian casas lujosas, a veces con portones, amplias entradas para vehículos e incluso jardines que emulan los suburbios estadounidenses con su estilo grandioso, conocido aquí como ‘arquitectura de remesas’.

“No hay mucho que hacer en Todos Santos para ganarse la vida”, afirmó Jennifer L. Burrell, antropóloga de la Universidad Estatal de Nueva York en Albany, quien ha estudiado la ciudad durante más de dos décadas. “Entonces, si tienes aspiraciones, si deseas enviar a tus hijos a la escuela, educarlos, comprar tierras, etc., la única forma de lograrlo es mediante la migración”, indicó.

El extenso municipio de 33.000 personas, ubicado en la cordillera de Cuchumatanes, a 8.000 pies sobre el nivel del mar, califica como una “aldea transnacional”, sostiene Burrell. Los residentes se maravillan con los hijos e hijas de expatriados criados en Estados Unidos, que regresan para visitarlos.

"¡Todos son adultos y nos dicen que todavía van a la escuela, a la universidad!”, afirmó Fortunato Pablo Mendoza, un maestro jubilado, de 67 años de edad. "¡Imaginen eso! Aquí no había nada que hacer después de terminar la primaria, más que trabajar en los campos”.

En Todos los Santos, incluso las tumbas en el cementerio ostentan banderas de Estados Unidos.

Muchos migrantes guatemaltecos proceden de sitios rurales como Todos Santos, donde la mayoría de los residentes son de origen indígena y hablan mam, una lengua maya, mientras se visten con trajes tradicionales -faldas y blusas bordadas para las mujeres, pantalones y camisas a rayas con sombreros de paja para los hombres-.

Oficialmente, casi el 90% de los residentes de Todos Santos viven en la pobreza, pero esas estadísticas no tienen en cuenta los ingresos sustanciales de las remesas. El año pasado, los guatemaltecos en el extranjero, principalmente en Estados Unidos, enviaron a casa 9.5 billones, o el 12 por ciento del producto interno bruto del país.

La gente aquí desprecia al gobierno guatemalteco, que es notoriamente corrupto y, según el Banco Mundial, gasta menos en salud, educación y otros servicios sociales que la mayoría de los otros países latinoamericanos.

La migración es la red de contención social: los inmigrantes mayores regresan a medida que los más jóvenes se marchan hacia el norte.

“Amo mi ciudad, a su gente, su idioma, su cultura”, destacó Gilberto Calmo, de 54 años, uno de los muchos que regresaron. “Pero los jóvenes ven toda la hermosa construcción de casas nuevas en Todos Santos. Y se emocionan, y quieren lo mismo”.

Como muchos, Calmo huyó a México a principios de la década de 1980 para escapar de la peor violencia de la guerra civil de Guatemala, que terminó oficialmente en 1996. El ejército guatemalteco empleó una estrategia de tierra arrasada en muchos pueblos indígenas, a los cuales consideraba aliados de los guerrilleros de izquierda.

Calmo regresó a Todos Santos dos años después, pero pronto se unió a un éxodo de residentes de las tierras altas que ya no se sentían bienvenidos o seguros. Así, comenzaron a emigrar hacia el norte, en un momento en que la frontera entre Tijuana y San Diego estaba en gran parte abierta y cientos de personas -a veces miles- llegaban casi a diario.

Cuando Calmo llegó a Los Ángeles, en 1988, vivió los primeros días bajo el puente de una autopista. “Luego conocí a algunos guatemaltecos que habían estado en el norte muchos años”, relató. “Me ayudaron, me albergaron en su apartamento y comencé a trabajar en una fábrica coreana en Los Ángeles”.

Después de tres años de coser pantalones en la fábrica, había ahorrado lo suficiente para regresar a casa con su esposa e hijos, comprar un nuevo hogar y algunos campos de café.

La inversión en café tuvo resultados mixtos, ya que los precios se desplomaron en los últimos años, otro factor que estimuló la migración guatemalteca. Ahora, tres de los seis hijos de Calmo residen en Estados Unidos y ayudan a la familia que quedó aquí.

En los últimos años, un número cada vez mayor de familias también se han mudado al norte.

Se corrió la voz en toda América Central de que los migrantes pueden evitar la detención prolongada en Estados Unidos si llegan a la frontera con menores de edad y solicitan asilo. “Es mucho más fácil ingresar a Estados Unidos con un hijo”, comentó Claudia Pérez, madre de ocho niños, cuyo esposo e hija de nueve años cruzaron a México en abril, viajaron por tierra a través del país y luego se entregaron a las autoridades en la frontera estadounidense.

Finalmente llegaron a Virginia y se mudaron con un pariente para esperar que un magistrado escuche su caso de asilo político. Los motivos de su reclamación no estaban claros.

Santos, de 18 años e hijo mayor de Pérez -fruto de un matrimonio anterior- había estado viviendo en Estados Unidos durante tres años y enviaba dinero para continuar la construcción de una casa de dos pisos, con falsas columnas dóricas, que se cierne sobre las exiguas parcelas de maíz y frijoles que posee la familia.

Dina Calmo y su esposo, Luis Ramos, ambos de 17 años, también estaban considerando irse a Estados Unidos con su hijo de seis meses, Dairon. Recientemente un primo y su hijo habían arribado allí en una semana. Sin embargo, los peligros conocidos del viaje los han disuadido de intentarlo, por ahora. “Hay muchas personas de Todos Santos que se han ido al norte y nunca se ha vuelto a saber nada de ellos”, dijo Calmo. “Quién sabe qué les pasó”.

Antes de la misa en la iglesia católica romana de la ciudad, con estilo colonial, los residentes ofrecieron donaciones en nombre de sus seres queridos en Estados Unidos, con peticiones escritas a mano para que sus familiares en el extranjero estén sanos, sigan enviando dinero y obtengan documentos legales en su país adoptivo.

“Rezo todos los días para que mis hijos legalicen (su situación)”, afirmó Faustino Matías Pablo, de 50 años, un antiguo residente de Florida, quien tiene tres hijos viviendo sin autorización en Estados Unidos. “Espero que el presidente Trump les ayude”.

El padre Edgar Tarax, quien presidió la misa, luego expresó su escepticismo de que los esfuerzos actuales de México -que hicieron suspender los planes de emigrar de algunos residentes- puedan frenar el movimiento hacia el norte a largo plazo. "¿Cómo puede detenerse la emigración cuando sirve a la necesidad humana fundamental de sobrevivir?”, preguntó el sacerdote en el patio de la iglesia, mientras los fieles asentían con aprobación. “Nuestra gente va al norte y trabaja día y noche, envía dinero para construir casas, comprar tierras y para ayudar a sus familias. Esa es la vida en Todos Santos”.