Y de un plumazo… ¡adiós!

Muchas ocasiones he escuchado que las mujeres hemos avanzado en la lucha por nuestro desarrollo

Elvira Maycotte
Escritora
miércoles, 13 febrero 2019 | 06:00

Muchas ocasiones he escuchado que las mujeres hemos avanzado en la lucha por nuestro desarrollo bajo el argumento de que se nos ha dado acceso al mercado laboral. Me pregunto, ¿realmente, el “permitirnos” acceder al mercado laboral, significa que tengamos condiciones para ello? 

Pero la situación es crítica, si bien se han abierto puertas para que las mujeres laboren, la mayor fuente de trabajo que tenemos a la mano es la maquila y la puerta ancha es a nivel obrero. Estudios en este segmento laboral indican que el número de mujeres es igual o hasta mayor respecto a los hombres y, si a esto se suma que en nuestro país uno de cada cuatro hogares depende de los ingresos de las mujeres, tenemos que aquí este número puede ser mayor.

Cuando acudes a los hogares del suroriente, en donde la mayoría de las familias (sobre)viven con salarios muy bajos, te das cuenta de que no sólo las mujeres jefas de familia deben trabajar, sino también aquellas que comparten gastos con su pareja. De viva voz escuchas que un solo salario no es suficiente; de aquí que la seguridad y bienestar de los hijos mientras la madre o ambos trabajan, sea sustancial, pero lo es no sólo para los niños y sus padres, sino para todos los juarenses pues cuando se hunda la barca, nos hundiremos todos, y no sólo quienes están cerca del agujero.

En 2010, en plena crisis de inseguridad, surgió la estrategia “Todos Somos Juárez”, a través de la cual se coordinaron una serie de acciones para hacer frente a la inseguridad que prevalecía y plantear estrategias para prevenirla. Entre otras, estudios serios realizados por instancias locales y federales detectaron que una de las principales causas de la inseguridad tenía su origen en temas sociales, destacando la falta de atención que los niños padecían ante la necesidad de sus madres de procurar los escasos ingresos que obligan a “sacrificar tiempo, familia, salud y educación para sobrevivir con salarios precarios que sólo alcanzan para comer sopa, frijoles, arroz y tortillas”. (El Heraldo de Chihuahua, 5 marzo 2018).

Para evitar que los niños crecieran en la calle, cuidados por personas con poco interés de hacerlo, y aun a cargo de la hermanita mayor –que también requiere de atención– se establecieron las estancias infantiles bajo un programa promovido por Sedesol. Se retomó la solución planteada desde tiempo atrás por especialistas: la organización entre vecinos para que una persona, generalmente una madre de familia, renunciara a trabajar en el mercado laboral formal para dedicarse a cuidar a sus hijos y los de las vecinas a cambio de un sueldo. Este modelo tenía como ventaja que las madres conocían a la vecina que se haría cargo de sus hijos y estarían al tanto del trato que de ella recibirían, con la ventaja, además, de la proximidad entre su vivienda y la estancia. 

Este modelo se mejoró, las personas que se hicieron cargo de los niños debieron capacitarse y los estándares de su desempeño fueron tales que les valieron el reconocimiento de la propia ONU y Unicef. Vinieron a llenar huecos que las guarderías del IMSS e ISSSTE tienen en cuanto a capacidad para atender a niños cuyos padres no son beneficiarios de tales instituciones y aun aceptar pequeños con discapacidad. Importante también para las madres es que abren sus puertas desde las 4:30 am y algunas extienden su horario más allá de las 8:00 pm, dan de comer dos veces al día a sus hijos y les desarrollan motriz y socialmente.

Aún no se publican las directrices que orientarán el futuro de las estancias infantiles, pero lo dicho hasta ahora niega el compromiso expreso de darles continuidad y pone en discusión aquello de “primero los pobres”. Se les ha descalificado sin tener siquiera un diagnóstico. Funcionan: las madres expresan que de no ser así no acudirían a ellas. Pero su voz no se escucha y parece que no va a haber marcha atrás en este tema que atenta contra sus derechos y el de sus hijos. A ellas no se les dio voz y mucho menos se les dio espacio en un simulacro de consulta. Las borraron de un plumazo.

Por cierto, las abuelitas tipo Sara García ya no existen, también tienen que trabajar, viven lejos de sus nietos, o quizás no estén suficientemente preparadas para recibir uno o más nietos. ¿Quién puede decirles a “los de arriba” que es en las casas donde hay mayor violencia y se cometen la mayor parte de las agresiones hacia los niños?