Opinión

Violencia y democracia

Ahora quiero volver a poner sobre la mesa la amenaza de la violencia

Pablo Héctor González Villalobos
Analista

lunes, 19 julio 2021 | 06:00

En nuestra entrega anterior reflexionábamos, de manera harto idealista según el comentario de un buen amigo, sobre la importancia que, para la especie humana, tiene el trabajar por una cultura del cuidado mutuo y de la paz. Ahora quiero volver a poner sobre la mesa la amenaza de la violencia. Porque si el análisis se queda corto podemos caer en la tentación de un ingenuo pacifismo que conduce al matadero.

En efecto, Winston Churchill, en sus memorias que le valieron el Premio Nobel de Literatura, entre otras razones, por su discurso en defensa de los derechos humanos, relata cómo una política de cándido pacifismo impidió al Reino Unido prepararse y reaccionar oportunamente ante el evidente rearme de Alemania, una vez que Hitler llegó al poder.

La primera lección de tal experiencia consiste en que los partidarios de la paz auténtica, aquélla que se basa en la justicia según la doctrina cristiana, no pueden comportarse como avestruces que entierran la cabeza para no ver la amenaza que se aproxima. Pero la segunda y quizá más importante moraleja es que para que el uso de la fuerza sea legítimo tiene que producirse en un contexto democrático. Porque si no es así, entonces el dilema se parece a elegir entre el fuego y el agua como medios para morir. Eso experimentaron los habitantes de Polonia y de otros países del Este europeo, frente al dilema de capitular ante los nazis o aceptar la tutela del totalitarismo de Stalin.

El propio Churchill da cuenta de cómo todas las graves decisiones que tuvo que tomar para dirigir a su pueblo durante la guerra, siempre estuvieron controladas por un gabinete formado por ministros con absoluta libertad de opinión y por un Parlamento al que acudía a consultar una y otra vez, frecuentemente a puerta cerrada, pero siempre en presencia de todas las fuerzas políticas.

David Owen, quien hizo carrera como político y académico, dedicó su conocimiento y experiencia a analizar la relación entre el ejercicio del poder y las enfermedades que padecen quienes lo ejercen. Esta investigación lo llevó a publicar “En el poder y la enfermedad”, obra en la que recuerda cómo los mejores gobiernos británicos fueron aquellos en los que el primer ministro escuchaba al gabinete. En cambio, cuando se presentaban casos del Síndrome de Hybris, la enfermedad del poder, su primer síntoma se manifestaba en la sordera del mandatario que dejaba de escuchar a sus ministros y, mareado sobre un ladrillo, comenzaba a andar erráticamente en solitario.

No resulta extraño, por tanto, que Tocqueville insistiera en que la condición esencial de un sistema democrático consiste en la igualdad de todos los ciudadanos para participar en la gestión de la cosa pública. Esa igualdad que, para el famoso pensador francés, también es la base de la libertad.

Por ello, siempre es oportuno poner de manifiesto que, en el gobierno de unan comunidad, el uso de la fuerza para enfrentar cualquier amenaza de violencia externa o interna, sólo será legítimo si los controles democráticos funcionan adecuadamente. Porque, como dice la famosa frase del mismo Churchill, la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás. 

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