Opinión

Vaya bien, Maestro

Caía la tarde de aquel jueves 3 de mayo de 2018 y transcurría la entrega de reconocimientos en el marco de la 59 Semana de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión

Martín Espinosa
Analista

jueves, 31 diciembre 2020 | 06:00

Ciudad de México.- Caía la tarde de aquel jueves 3 de mayo de 2018 y transcurría la entrega de reconocimientos en el marco de la 59 Semana de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión. El premio al Mérito Artístico correspondió aquel año al Maestro Armando Manzanero, talentoso compositor yucateco, autor de más de 800 canciones románticas, las cuales le han dado la vuelta al mundo. La comida que antecedió a la entrega de galardones sería la última en la que estaría el presidente saliente Enrique Peña Nieto.

Tocó el turno a don Armando y subió al estrado a recibir su reconocimiento con ese lento caminar de un hombre de 84 años que siempre sonreía. Elegantemente vestido de traje azul pavo (como se le llama en Yucatán al azul oscuro), tras amenizar parte de la comida con un par de canciones de su autoría, estrechó las manos del mandatario y los funcionarios que se encontraban en la larga mesa de honor.

Cuando bajó del estrado me acerqué a saludarlo y a comentarle que acababa de leer un libro que había encontrado hurgando en una librería de viejo que aún se encuentra sobre Avenida Universidad, muy cerca de las instalaciones de Grupo Imagen. Me había sorprendido que dicho libro había sido escrito por Manzanero en 1997 y llevaba por título Relatos de mi infancia. Me gustó mucho el estilo con el que contaba las anécdotas que vivió en su natal Mérida y las travesuras de niño y adolescente en medio de las cuales fue forjando ese carácter siempre ligero, pero a la vez tenaz, que cautivaba a quienes lo conocían. Hubo mucha identificación personal con las primeras etapas de mi vida en Yucatán.

Me preguntó dónde había conseguido el libro y le platiqué la historia. Soltó una carcajada y me confió que “fue una locura querer hacer un libro autobiográfico si él no era un escritor consumado”. Sólo atiné a decirle que no sólo era un gran escritor, sino que también sus canciones eran verdaderos poemas, sobre todo cuando queríamos cantarle a una mujer. Sonrió nuevamente y quedamos de vernos después para que me lo autografiara.

La vida ha sido muy generosa, pues varios amigos músicos de Yucatán que han acompañado a Armando Manzanero en sus presentaciones en la Ciudad de México siempre procuraron acercarme al Maestro. Recuerdo del pasado 10 de mayo de este año, en plena pandemia, un video-saludo a Dinorah por el Día de las Madres, desde su casa en las playas de Telchac, siempre con esa chispa que lo caracterizaba. Siempre procuró a sus amigos y fue generoso hasta con quienes conocía poco.

Dice don Armando en sus recuerdos: “Tenía 32 años. Toda una vida de músico. Desde niño siempre fui trotando: primero por el interior de mi estado, Yucatán, México; más tarde, cuando adolescente, por todo el país, y ya después, como pianista de grandes cantantes, por todo el continente”.

“Ahora era diferente: ahora estaba con mi maletín lleno de arreglos musicales y en la memoria muchas canciones de bastante éxito y una absoluta y total falta de preparación para cantar, pero con un gran aliado: yo estaba de moda”.

“Benditos sean, pues, mis recuerdos. Gracias a ellos hoy puedo mantenerme sentado en este banco a la orilla del río, muy al otro lado del mundo mío. Recuerdos que me acercan al comienzo de la historia que, grande o pequeña, todos tenemos. Recuerdos que me hacen saber que cada uno de los míos son parte de mí como el todo de mis suspiros. Recuerdos que aprendí a organizar el día que conocí el amor y supe que tenía ante mí el comienzo de un sueño hacía mucho tiempo deseado, desde lo más profundo de mi alma. Recuerdos que sembró en mí una señora pequeña y de carita arrugada por los años, quien me enseñó que Dios es un personaje importante en la vida de cada individuo, sea cual sea su origen y sus creencias, siempre y cuando yo tenga fe. Quien me enseñó que hasta las personas que no tienen dios viven con la fe de ojalá se me haga, que es lo que los hace fuertes cuando se encuentran en crisis. La que me enseñó que una rosa es producto de un tiempo, un cuidado, un esmero y un cultivo... Yo sueño y ella traduce mis sueños a través de la distancia... ¡Benditos sean mis recuerdos! Gracias a ellos me mantengo vivo”.

Esa mujer en la vida del Maestro fue su abuela Rita, madre de su mamá, quien hoy, seguramente, lo recibe con esos brazos amorosos de quien marcó su vida para siempre. ¡Adiós, Maestro!