Opinión

Una vida sin esperanza

Más de dos millones y medio de personas fallecidas por Covid-19, y más de un año de expansión del virus a lo largo y ancho del planeta, nos apremian a reflexionar sobre aquellos elementos de nuestras globalizadas sociedades neomodernas que puedan haber favorecido la intensidad del daño

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 25 abril 2021 | 06:00

Más de dos millones y medio de personas fallecidas por Covid-19, y más de un año de expansión del virus a lo largo y ancho del planeta, nos apremian a reflexionar sobre aquellos elementos de nuestras globalizadas sociedades neomodernas que puedan haber favorecido la intensidad del daño. Para ello necesitamos un nuevo marco conceptual como el sindémico que fue propuesto por Merril Singer en los 90 y que evidencía las interacciones biológicas y sociales de las enfermedades para mejorar el diagnóstico, tratamiento y diseño de las políticas sociosanitarias. (epí=encima, pan=todo, syn=junto a, prefijos unidos a démos=pueblo). Epi, pan y sindemia. Palabras, palabras.

La falsa sensación de seguridad (tanto los poderes públicos como la ciudadanía) de nuestras sociedades neomodernas. Las sociedades occidentales -no todas- posteriores a la Segunda Guerra Mundial nos hemos acomodado a unos buenos niveles de seguridad (física, económica, social, y también sanitaria) individuales y colectivos. Esta red multidimensional de seguridades, asumidas como obvias y alimentadas por varios sesgos cognitivos, incluyendo la ilusión de control, se ha visto desafiada por la presente sindemia, aunque ya lo fue por la gran recesión de 2008.

Un desastre que no pudimos (¿o no quisimos?) prever. Desde hace décadas, la OMS venía advirtiendo sobre el riesgo de una pandemia global. El informe anual de la OMS de septiembre de 2019 advirtió del riesgo de una pandemia global por una enfermedad infecciosa. Estas advertencias no movieron a los gobiernos para prevenir tal riesgo de pandemia, por diversos motivos: Por la falta de priorización de medidas de prevención en las agendas políticas frente a una atención a lo urgente y a la mitigación de problemas existentes: la reacción está sobre la pro-acción; y por las dificultades en la comunicación a la ciudadanía de posibles riesgos y las consecuencias potenciales en el sentimiento colectivo.

Éstos, entre otros, son los condicionamientos que han hecho posible la situación de miedo y soledad, de depresión, dolor y muerte en la que nos encontramos. Krugman en EU y Eliane Brum en Brasil –epicentro de la muerte hoy– han denunciado con índice de fuego a sus respectivos gobiernos “Por la falta de priorización de medidas de prevención en las agendas políticas frente a una atención a lo urgente y a la mitigación de problemas existentes: la reacción prima sobre la proacción; y por las dificultades en la comunicación a la ciudadanía de riesgos hipotéticos y las consecuencias potenciales en el sentimiento colectivo”. Por lo tanto, culpables directos de todas esas muertes. Trump minimizó el problema, lo dejó correr ocupado en otras prioridades, el resultado fue más de medio millón de muertes con todas las consecuencias afectivas. 

Nuestro gobierno, lo sabemos, reaccionó tarde y mal; en medio de la emergencia desató una guerra contra las farmacéuticas nacionales, los hospitales privados quedaron fuera, el gobierno monopolizó y monopoliza la guerra contra el virus, es decir, va en solitario; la campaña de vacunación es lenta “La demora de la ‘vacuna latinoamericana’ de AstraZeneca provoca roces entre los socios de Argentina y México. Hugo Sigman, presidente de Grupo Insud, se deslinda por el retraso en la distribución y achaca el cuello de botella a la falta de insumos del laboratorio mexicano Liomont”, (El País). La guerra entre laboratorios, el uso político de la pandemia, el terrorismo mediático, todo es el resultado de una sindemia, es decir, de un mal que ha caminado a nuestras sociedades desde mucho antes que el covid. Todos son factores que han permitido el avance del mal. Las muertes en México están un 60% por encima de la cifra oficial. Nuestro presidente se vacuna a un año y meses del inicio de la pandemia en un acto de exhibición. Biden acaba de anunciar que en su país han sido vacunados 200 millones ciudadanos y para el 4 de julio, todos los estadounidenses estarán vacunados. No hay necesidad de desplantes exhibicionistas. ¡Ay! Las elecciones.  

Al lado de estas condiciones de posibilidad debemos tener presente, como factor decisivo, la gran movilidad humana en nuestros días, desde el turismo hasta las migraciones y el hacinamiento en las megaciudades. La pandemia tiene mucho que enseñarnos todavía. Y no todo es culpa del señor gobierno, los ciudadanos no hemos hecho lo conveniente, ni siquiera por el instinto de conservación. Incluso vender y aplicar vacunas piratas. Todo esto puede llevarnos a desesperar de la humanidad, la tentación de Dostoievski. El tema sobre el hombre se impone. 

Y son los artistas, una vez más, quienes perciben el misterio del hombre, las profundas contradicciones que lo desgarran. Jeremías ya lo sabía: “Nada más falso y enconado que el corazón. ¿Quién lo entenderá? Yo el Señor penetro el corazón…”(17,9-10). Así es el hombre. En ese terreno se sitúa la impresionante obra de Julien Green, (1900-1997); a los 20 años enfermó de un horror descontrolado a la muerte, y vivió ¡97! años una vida azarosa y asombrosa que culminó con su conversión. 

Y es que resulta difícil vivir siempre bajo un cielo gris. Por eso nuestra cultura es rica en ofertas de evasión en cualquier dirección; la angustia siempre nos amenaza. Además, nos aguijonea el anhelo de otro lugar, donde el alma pueda encontrar la paz. Así nos evadimos, por ejemplo, en el sueño, para conquistar una brizna de la verdadera realidad que nos oculta la vigilia o para vivir en libertad, al margen de todo condicionamiento y volar en alas del pensamiento. ¿No nos advierte acaso Baudelaire, inspirado por Pascal, que “la verdadera realidad se busca en los sueños”? El protagonista del cuento “El otro sueño” se refugia precisamente en el sueño para huir de la tristeza cotidiana y vivir plenamente su historia de amor. Se nos dice que se trata de alucinaciones, pero podría ser también la necesidad vital de encontrar otro lugar que dé un significado distinto a la existencia. Fabien Especel, protagonista de “Si yo fuera tú”, busca una forma de evasión más radical. Para evadirse de sí mismo, hace un pacto con el demonio en virtud del cual se puede encarnar en otras personas. El recurso no da resultado: en cada reencarnación se encuentra con la misma miseria esencial que lo lleva al aburrimiento y al cansancio. Y vuelve al antiguo yo. Nuestra verdadera necesidad sugiere el autor, Julien Green, no es de otros, sino de Otro, de Otro Lugar. 

La evasión más radical se da en la muerte. En el cuento “El viajero sobre la tierra”, Daniel O'Donovan se entrega en forma lenta, pero inexorable a la muerte inevitable porque habiendo conocido las diversas etapas del viaje que es la vida, las encuentra insoportables y elige morir. ¿Cómo interpretar su elección? ¿Es una reacción neurótica? ¿O es más bien la impaciencia de un viajero por llegar a la “fuente de agua viva”? El cura del lugar piensa esto último y afirma que a Daniel “lo ha alcanzado la gracia”. Evasiones: en el sueño, en la locura, en el delito, en la muerte, todo son testimonios de un malestar existencial que hace la vida insoportable. “¡Cuán insondable es el corazón del hombre y cuán lleno de inmundicias!”, nos recuerda Pascal. 

La narrativa de Green es la demostración de este pensamiento. El autor quiere poner al descubierto el corazón de sus personajes para mostrar el suyo propio: el misterio del hombre habitado por dos yos que se encuentran y luchan entre sí; de una libertad movida por fuerzas opuestas; de un abismo de perdición que anhela una redención; de una voluntad que procura suprimir una Presencia asentada en nuestro ser. Infierno y abismo adquieren tonalidades vertiginosas, sobre todo en “Cada hombre en su noche”, una de las obras más logradas de Green. Es la transposición narrativa de un descenso al infierno y la presencia de la Gracia: obsesión de la carne, llamados satánicos que trastornan el espíritu, superposición de luces y sombras, deseo de arrastrar a Dios a los bajos fondos del pecado. W. Ingram, protagonista de la novela, encontrará la muerte en uno de estos bajos fondos, pero también a ese Dios cuyo rostro no ha dejado de ensuciar. Es la novela psicológica que hurgonea en los sótanos podridos del alma. Los griegos ya habían adivinado el absurdo en el que la vida se resuelve y lo trataron de forma más genial y profunda. Buscaron la respuesta al destino, a lo fatal, al dolor, a la muerte. Y no la encontraron. No eran existencialistas de café. Las tragedias muestran la tristeza dolorida del alma griega. Creo que, en esa atmósfera asfixiante sin la grandeza de aquellos nos movemos nosotros. Los existencialistas de hoy son niños de kínder comparados con los trágicos griegos o los sabios de Israel. Pero ambos buscan y esperan la Verdad definitiva y salvadora. 

Nosotros vivimos en una sindemia, enfermedad del alma que nos ha acompañado disfrazada la cultura.