Opinión

Un paso al frente

En 1998, Patricio Martínez recuperó la gubernatura de Chihuahua para el PRI

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 11 julio 2021 | 06:00

En 1998, Patricio Martínez recuperó la gubernatura de Chihuahua para el PRI. Su historia fue toda una odisea electoral. Primero logró ganar de calle la Presidencia municipal de la capital en 1992, tras el fracaso del juarense Chuy Macías por obtener la gubernatura. Luego Patricio fue por la grande.

Patricio, merced a su influencia desde las cámaras empresariales y, sobre todo, por ser de sangre pura de la clase high, logró mantener en pie el segundo municipio más importante del estado, Chihuahua capital. Logró ganar, aunque jamás en su vida había brincado el canal Chuvíscar –de no ser por motivos estrictamente necesarios–.

Después de ser presidente municipal, los santones del PRI lo mandaron al matadero como candidato en el distrito federal más panista de Chihuahua –y quizá uno de los más azules del país–; pero pesó más el linaje de Patricio en la grey chihuahuita. Huelga decir que tenía un don de ubicuidad para vacacionar en la ideología de la derecha y camuflarse de centro entre semana.

No se la esperaban. Artemio Iglesias, el candidato natural del PRI, pensaba que su sabiduría popular sería suficiente para ganarle la partida al empresario chihuahuita. Pero en la política no hay nada escrito. Patricio Martínez, quien de joven fue panista y abiertamente profesaba una ideología conservadora, logró arrebatarle al PRI la candidatura por la gubernatura. Quizá fue una premonición de lo que vendría después. ‘PAN-PRIcio’, le decían. 

Ganó las elecciones con un bono democrático y, unos meses después de la primera mitad del sexenio, Patricio Martínez sufrió un atentado cuando le clavan en la cabeza un plomazo. Es irónico, Miroslava Breach, entonces corresponsal de La Jornada escribió “El gobernador Patricio Martínez García fue objeto de un atentado con arma de fuego, perpetrado por una ex agente de la Policía Judicial del Estado, identificada como Cruz Victoria Loya Montejano, despedida de la corporación hace un par de años”, en el resto de la nota, publicada el 17 de enero de 2001, Breach narra los hechos con lujo de detalle.

La periodista originaria de Chínipas, 16 años después sería protagonista de su propia historia de violencia. Miroslava fue asesinada por la traición de sus amigos.

Regresemos a la historia. Patricio es trasladado a un hospital en Phoenix, en Estados Unidos, donde lo operan y queda convaleciente; en su lugar, por varios meses quedó encargado del despacho el Lic. Víctor Anchondo Paredes, a la postre diputado local y precandidato del PRI a la gubernatura, quien en 2006 incursionó como candidato del PRD por una senaduría –y por cierto, también fracas–.

Tras una larga recuperación, Patricio Martínez regresó por sus fueros. Su presencia era un milagro para los creyentes y un absurdo para los incrédulos. Como cualquier gobernante que comienza su gestión tenía que legitimarse de nueva cuenta. Quizá esta etapa extraordinaria era más compleja que la primera, porque el resultado en las urnas es suficiente para justificar al ganador, pero regresar de la muerte requiere otro tratamiento. Esta vez, quien quería gobernar el estado era un hombre con esquirlas en la cabeza.

La enseñanza es: que es más difícil recuperar el poder que ganarlo. En esta ocasión había que demostrar que Patricio se encontraba bien de salud física y mental. Entonces, algún operador político propuso una gira “del regreso” por los municipios más importantes del estado. 

Así llegaron a Ciudad Juárez, donde se organizó un evento en el Centro de Convenciones, enfrente de la UACH –que por cierto ahora es la Escuela de Policía–. La idea era llenar a reventar con unas ocho mil personas y así mostrar el músculo del patricismo. 

Para lograr el objetivo, obligaron a los funcionarios del Gobierno estatal a acudir y, por supuesto, se acarreó a la estructura del PRI que, aunque en Juárez no había Gobierno municipal, era bastante fuerte en las colonias populares. 

Cuando llegué, el lugar se veía a reventar. La estrategia de movilización había rendido frutos. Seguramente los organizadores tendrían una estrella en el hombro por sus servicios prestados a la patria. Sí, a la patria.

Como la mayoría de los asistentes, esperaba solamente que me viera mi jefe para, después, hacer la graciosa huida con el orgullo del deber cumplido. Cuando estaba a punto de emprender el vuelo, un amigo me dijo “te andan buscando”. Esas palabras pueden significar lo mejor o lo peor. 

Apenas alcancé a ver la puerta y tuve que regresarme. Como una cadena, se fueron uno tras otro diciéndome “te buscan allá”, hasta que llegué a un camión “campañero” donde estaba la comitiva de Patricio Martínez, encabezada por el jefe del gabinete, Víctor Anchondo.

Era como entrar al camerino de los Tigres del Norte, pura celebridad en aquel lugar; el autobús había sido acondicionado con una sala y había una pequeña oficina al fondo. Hasta ese momento, yo no sabía el motivo por el que me habían subido al olimpo. Unos minutos después, el presidente del PRI local me presentó, “mire Carlitos –dijo– le mandamos llamar porque me pidieron a un joven para abrir el evento con un discurso que levante los ánimos de la gente e inmediatamente pensé en usted”, luego Víctor Anchondo me midió de abajo a arriba y me preguntó “¿puede hacerlo?”, yo dije que sí, sin pensarlo, “prepárese”, me contestó. No hubo más diálogo.

Incendiar a ocho mil almas. Parece una misión imposible. Salí de ahí buscando a mi papá como si fuera un oasis en el desierto de Samalayuca. Unos minutos después lo encontré platicando con otros periodistas, entonces le dije lo que había sucedido, pidió una servilleta y una pluma y comenzó a escribir. Actuaba como el second de la esquina en el ring. Mi papá me conocía mejor de lo que yo me conozco ahora, así que me dio un plan para la batalla, “uppercut”, “derecha-derecha” y “gancho al hígado”. Un knock out seguro. Yo intenté memorizarlo, lo repetía en mi mente una y otra vez.

Lo que más recuerdo es la cara de todos mis amigos cuando me vieron entrando con aquella Boy Band de Patricio Martínez, seguramente se preguntaban “¿qué chingados hace ese güey ahí?”. Pues ahí estaba, caminando del otro lado de la valla con el séquito del gobernador, como un rock star. 

Subimos al templete y un grupo norteño tocaba “Flor de Capomo”. El solista hizo el ademán del degollado y la banda detuvo la canción en el mero hard beat. Sin mediar palabra, me entregaron el micrófono. Se hizo un silencio apabullante, me acerqué y di un paso al frente.

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