Un lugar para la esperanza

Los acontecimientos y el fondo de maldad que los sustenta nos impulsan a una consideración decididamente religiosa de la situación

Hesiquio Trevizo
Presbítero
domingo, 10 noviembre 2019 | 06:00

Los acontecimientos y el fondo de maldad que los sustenta nos impulsan a una consideración decididamente religiosa de la situación. Mucho nos dicen las ciencias sociales con pleno derecho. Pero la situación toma perfiles cada vez más alarmantes y la consideración meramente social parece insuficiente. El mal se revela, entonces, no como un problema a resolver, sino como un misterio que nos abruma. El mal que se hace palpable realidad en el mundo diversificado de la violencia, no es un simple déficit sino algo más profundo, algo que anida en el corazón y que revela el lado más oscuro del ser humano. Nuestra perplejidad cristaliza en la pregunta que se oye por doquier: ¿cuándo terminará esto? Y la respuesta simplemente no existe. ¿De dónde brota esa capacidad del hombre para hacer el mal, para provocar tanto sufrimiento?

Lo sabemos. La solución ya no es meramente política; del mundo de la política es de donde menos podemos, hoy, esperar una solución. Las explicaciones y estrategias son manifiestamente erráticas, contradictorias y confusas. Las explicaciones ofrecidas son directamente proporcionales a la confusión que provocan. Revuelve el estómago oír “se ha abierto una carpeta de investigación”, o “vamos a formar una comisión para investigar el caso”.  Tiempo andando, se forma otra comisión que investigue a la anterior. Estamos, no ya ante “los hechos no existen”, sino ante la ceguera que describe Saramago: una ciudad, un país cuyos ciudadanos estaban ciegos, todos ellos y sus gobernantes. Hasta los santos que adornan las iglesias, tenían una venda en los ojos.

El lunes, el presidente dijo: “Ya obtuvimos resultados, ya pudimos detener la escalada de violencia” (citado por Sarmiento), mientras bebés, niños y mujeres, de la comunidad de LeBaron, eran masacrados. Con todo respeto, y no es muletilla, con todo respeto, el presidente ya no debe tratar los asuntos de la República como si estuviera “en Acapulco en la azotea”, es decir, en lavaderos públicos. “En el mucho hablar no falta el pecado”, dice la Escritura Santa. Y mientras más grande es la mentira, más fuerte hay que gritar que no, que es verdad. No creo que a estas alturas alguien siga creyendo la tesis de Goebbels. La mentira nunca se convertirá en verdad y el propio Goebbels lo comprobó cuando tuvo que asesinar a sus seis hijas y luego suicidarse él y su esposa a la caída del III Reich. La gran mentira sólo produce la mayor tragedia. Es más, en el origen del mal, según la Biblia, está una mentira, la intención diabólica de engañar. El hombre engañado; por ello Jesús propone la verdad que nos hace libres; por ello, Jesús llama al diablo “padre de la mentira”, “es mentiroso desde el principio”.

Lo sucedido en Bavispe no tiene paralelo en el reino animal; esa guerra de extermino es propia de las peores épocas en la historia humana, los Balcanes, Ruanda, la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera se parece al gesto terrible de los leones que matan a los cachorros al apoderarse de la manada, fieles a la ley terrible del instinto, solo para engendrar su propia prole. Acá, sólo existe el instinto asesino, frío, calculado.

Por ello decía más arriba: el mal que se hace palpable realidad en el mundo diversificado de la violencia no es un simple déficit sino algo más profundo, algo que anida en lo profundo y que revela el lado más oscuro del ser humano.  S. Pablo VI, hablando del misterio del mal y su relación con lo demoniaco, decía que el “mal no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia”. La eficiencia de prender fuego a un autobús con personas que van a su trabajo. La táctica, ya lo saben, es tomar a la sociedad como rehén. Y cuando descendemos a este nivel, las explicaciones humanas, por bien intencionadas y buenas que sean, tocan sus límites.

Desde mi fe, yo veo en todo esto “la muerte de Dios”, es decir, cuando el Dios revelado por Jesucristo ya no nos interesa ni nos preocupa. Lo hemos expulsado de nuestra conciencia, de la familia, de la educación, de la economía, de la política y hemos querido, como haciéndole un favor, reducirlo a una intimidad intrascendente. Nuestra lejanía de Dios explica las cosas más horrendas perpetradas por el ser humano. Si la posesión diabólica es algo, no es más que el hombre abandonado a su capacidad de destrucción y de autodestrucción. De forma inigualable lo expresaba B. XVI: “Luego, ¿qué debemos hacer? Sólo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino”, Y añade una reflexión que refleja muy bien su pensamiento: “Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina”. “Cuando quitamos a Dios, suprimimos el problema del bien y del mal” (Dostoievski). Hace 25 siglos, Jeremías lo entendió bien cuando escribió: “Nada tan falso y perverso como el corazón humano, ¿quién podrá comprenderlo” (Jer. 17.9). Se adelantó unos siglos a la psicología profunda. “Sólo Dios”, concluye el profeta.

¿Habrá lugar para la esperanza en una humanidad con estas características? La filosofía vigente es la que emergió de la revolución del 68 cuando se decidió ya no transmitir absolutamente nada de lo anterior; hay que iniciar nuevamente de cero. Hay que crear una nueva cultura, una nueva humanidad que se desvincule de todo el lastre del pasado.  Se operó un rompimiento generacional sin precedentes. Y aquí estamos. La primera víctima fue la familia.

La nuestra es una situación que no parte de una reflexión filosófica, sino de una franca desesperación generada tal vez por la pobreza, el vacío existencial, los modelos imperantes e impuestos por los medios, falsos e irrealizables modelos de existencia. Una claudicación espiritual, la desnudez espiritual de nuestra cultura (Camus), la promoción y exaltación de la violencia, en fin, tantas cosas que pueden llenar la mente y deformarla y llevarla al hastío. Pero desde mi óptica hay un común denominador: la penuria espiritual, la claudicación del espíritu, el olvido de Dios y su franca exclusión de nuestros ambientes. El hombre se ha quedado solo consigo mismo y desde ahí, intenta crear su propia historia. El creador de la frase “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”, reconocía al mismo tiempo que al quedar vacío el cielo también la tierra quedaba vacía, vacía de sentido. La falla en el diagnóstico ha determinado que no demos con la solución.

Los sucesos repetidos, trágicas réplicas, a lo largo y ancho del país echan por tierra la verborrea discursiva y triunfalista. No queda más que aferrarse a la mentira. “México atribuye a un enfrentamiento entre carteles la masacre de la familia LeBaron. Los miembros del clan mormón fueron víctimas de la disputa entre los grupos de la Línea y los Salazar, según el Ejército. El Gobierno recalca que los disparos salieron de armas de origen estadounidense” (El País). ¿Y, esto en qué cambia los hechos? Y que las armas sean norteamericanas solo nos dice que nuestras fronteras, sur y norte, son completamente permeables, que las aduanas no pueden con su trabajo por lo que sea. Esto, amén de ser una hipótesis altamente improbable. Nos quedamos en shock, sin más, ante lo aterrador de los hechos.

Entonces, la única respuesta es la fe cristiana en su total inadecuación con el mundo reflejada en la frase de las primitivas comunidades cristianas: ”Ven Señor Jesús” (Ap. 22,21), palabras con las que se cierra la Biblia y que la comunidad repite todos los días en la eucaristía.

El mal es mucho y muy grande, de ahí brota la tentación del desaliento. También Jesús la experimentó en la noche negra de Getsemaní.