‘Tu envidia me bendice’

Quiero platicarle cuatro historias del Juárez profundo

Carlos Murillo
Abogado
domingo, 11 agosto 2019 | 06:00

“Personas que llegan a las gorditas ‘Los Cachetones’ y piden combinada de ‘winy’ con rajas ¡dejen de jugar a ser Dios!”, escribí en Facebook desde mi celular antes de subir al camión. Son las 4:20 de la tarde, es viernes social. 

Cuando subo, veo que “la burra” está vacía. Nada evitará el destino, se irá llenando poco a poco hasta reventar. El lugar es como un vaso; aparentemente grande cuando no hay gente y pequeño cuando se llena hasta el tope. Finalmente, el tamaño es una percepción. 

Esta vez prometo no darle tantas vueltas a la narrativa, sólo quiero platicarle cuatro historias del Juárez profundo. Vamos a ubicarnos geográficamente primero; estamos en la esquina de la avenida De las Industrias y la calle Antonio J. Bermúdez, afuera de la gasolinera. Aquí hay una parada obligada del transporte público. En este punto, se juntan hasta 20 personas en la hora pico para subir a la rutera. 

Casualmente, enseguida de mí se sienta una mujer transexual, delgada, morena, de unos cuarenta y tantos, ella abrazaba un traje tradicional de color blanco, como el que usan las y los matachines. La llamaremos Minerva –contrario a lo que hubiera hecho el poeta Joan Sebastian, quien guardó la identidad de una dama llamándola Gloria-.

Quiero hacer un breve apunte. Mi lugar preferido en la rutera es en la fila de asientos que –astutamente– modifican los ruteros y pegan a la pared en los autobuses marca Blue Bird. Esto lo hacen para ganar más espacio y, con ello, que más personas vayan de pie amontonadas. En la ruta, el espacio es dinero.

Le pregunté a Minerva “¿cuándo bailan?”, así a bote pronto, sin mediar ninguna disculpa, ni presentación. Es comprensible que un diálogo en estas circunstancias sea rápido, puesto que, para un usuario de la rutera, el tiempo apremia. “Hoy”, me contestó con timidez Minerva.

Hace unos cinco años, en la madrugada de un domingo, salí a correr y llegué hasta la Iglesia de San Lorenzo, recuerdo que había cientos de danzantes deambulando por las calles aledañas, todos con estos trajes típicos que tienen tanto parecido con los apaches y con algunas etnias de la región.

Los matachines son la viva representación de una cultura híbrida que mantiene una mística propia de los fronterizos. Los migrantes que llegan hasta el Río Bravo se suman a esta rica tradición del Santo Patrono San Lorenzo.

Deseando no sonar atrevido, volví a preguntarle a Minerva, “¿Bailan hasta el amanecer?”, a lo que ella contestó asintiendo con la cabeza. Por un momento recordé la letra de esta canción de Kinky que dice “bailemos hasta quemarnos”; eso hacen las y los matachines –reflexionaba con mi yo interno–. 

Unas cuadras más adelante, la rutera ya estaba completamente desbordada, los últimos asientos de la parte trasera fueron ocupados por los chicos malos, tres de ellos traen en su mano una lata de cerveza. Sólo uno oculta su Tecate en una franela amarilla, los otros dos muestran su bebida sin ningún pudor. 

Uno de los chicos malos, a quien llamaremos Frankie, se termina la lata y la tira en automático en el piso de la rutera, después comienza a platicar con otro pasajero que llamaremos Johnny, quien se sienta enseguida de mí. Usted se preguntará qué pasó con Minerva. No lo culpo. Pues resulta que la mujer matachín se movió para acercarse a la puerta y dejó su lugar vacante.

Los dos amigos comenzaron a hablar en perfecto inglés, alternando con spanglish en algunos momentos, Frankie le presume a Johnny un diploma de traductor de la empresa Ansell, pero Johnny revira si eso representa más “money” y forma una moneda con los dedos índice y pulgar. La respuesta es que no. Seguramente ambos vivieron unos años en Estados Unidos y después fueron deportados, como la historia de miles.

Johnny le dice a Frankie que va a ir con el doctorcito para que le venda una incapacidad y afirma que ya le sacó tres años –de incapacidad– a tres empresas. Entonces, uno más que le saque ahora “it´s doesn´t metter” (¡qué más da!). “Le doy five grands (cinco mil) al doctorcito y listo”. Ellos siguen conversando en inglés durante todo el camino, el tema de hoy: lo fácil que es la vida evadiendo responsabilidades.

De pie, frente a mí, está una pareja, ella trabaja en Soriana y estudia Administración en la universidad y él trabaja en un Del Río los fines de semana, también estudia, creo que Ingeniería Industrial en el Tec. de Juárez. Los llamaremos Romeo y Julieta. 

Es evidente que Romeo quiere declararle sus sentimientos a Julieta, pero no encuentra el modo. Ella finge ante sí misma no saber lo que ya sabe –como en el poema de Cesare Pavese–. El pobre Romeo busca la puerta del corazón, pero se autosabotea, “¿tienes Facebook?” –pregunta con temor y él mismo se contesta– “…sí tienes, verdad, te he visto como contacto de Christian y Pedrito, si quieres con ellos me puedes mandar decir cuando hagan una fiesta”. Un caso perdido este Romeo. 

Cuando ella se bajó, la despedida fue más fría que la Tecate de Frankie. Un soldado caído –pensé–. Aquí es necesaria una actualización. Minerva lógicamente se bajó en San Lorenzo sin despedirse, donde por cierto había un caos vial porque tienen cerradas las calles y, al calor del embotellamiento, el rutero ya le mentó la madre a otros ruteros; por su parte, Frankie y Johnny van hasta el Centro de la ciudad, ahora discuten sobre cómo engañar a las mujeres.

Vamos con la otra historia. Dos pasajeros que van de pie, amarrados al tubo de metal que está soldado en el techo, discuten sobre sus condiciones laborales en la empresa maquiladora, ambos traen una guayabera lisa con el logo de la empresa. A ellos es más fácil reconocerlos como el chaparrito y el alto.

“Ponte abusado, ayer corrieron a uno por quedarse dos horas afuera haciéndose pendejo”, dice el chaparrito, quien después revela que la conspiración en la línea de producción es de un tipo de apellido García, quien constantemente los echa de cabeza.

El alto le pregunta casi en secreto, “¿y a ti quién te trajo?”, esta pregunta viene a colación porque resulta que, en la maquila (y en general en las empresas), la alta demanda de mano de obra ha provocado que existan bonos de hasta cinco mil pesos para quien sea contratado y de tres mil para quien recomienda a alguien.

El chaparrito insiste en que es un buen trabajo, pero el alto no está muy convencido. “Fíjate bien, yo ahorita estoy ganando mil ochocientos a la semana, pero con horas extras a veces gano dos o hasta tres”, mientras reafirma su argumento poniendo su mano en el pecho y haciendo la señal con los dedos, primero de dos y después de tres.

A estas alturas Frankie y Johnny discuten sobre la mejor opción para pedir un crédito, Frankie le explica que en Coppel por ocho mil pesos terminas pagando 24 mil en tres años, por eso es mejor pedirle presentado al compadre que cobra el 10 por cierto mensual y si pagas en tres meses sólo es el 30 porciento. Frankie es un genio de las finanzas.

He llegado a mi destino. Salí de aquella rutera color verde que luce en el parabrisas un gran sticker que dice “Misiones”; atrás una leyenda escrita en un ventana: “tu envidia me bendice”; una estampita de San Juditas cerca del volante; un conductor que maneja como el diablo y 60 historias sudorosas que contar. Todo pasó demasiado rápido, me hubiera gustado seguir un rato más en aquel camión mágico.

Contra mi voluntad, tuve que bajarme de esa rutera, pero la “Misiones” verde nunca se bajará de mi corazón.