Opinión

Tiberio IV

Con esta cuarta y última parte cerramos la serie histórica sobre Tiberio, el emperador resentido, que tiene como base el libro del historiador Gregorio Marañón

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 06 junio 2021 | 06:00

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol”. Eclesiastés (Capítulo 1, versículo 9).

Con esta cuarta y última parte cerramos la serie histórica sobre Tiberio, el emperador resentido, que tiene como base el libro del historiador Gregorio Marañón. En el artículo anterior tratamos el ascenso al poder, enmarcado en las traiciones y los asesinatos. Nada nuevo en la política.

Como habíamos dicho, Livia, la madre de Tiberio, aconsejaba a su esposo, el emperador Augusto y, sin ningún remordimiento, Livia se aprovechó de su posición para deshacerse de todos aquellos que amenazaran su plan de convertir a su hijo, Tiberio, en Emperador. 

A la muerte de Augusto, Tiberio se convierte en el sucesor e inmediatamente ordena matar al único descendiente directo, Agripa Póstumo, su hermanastro, quien se encontraba exiliado y sin ninguna posibilidad de regresar a reclamar sus derechos. El asesinato despiadado no tenía sentido, pero Tiberio no deseaba tener ese cabo suelto.

Años más tarde, un esclavo de Agripa Póstumo de nombre Clemente -que tenía un parecido físico con su dueño asesinado-, decidió tomar su lugar y viajó a las inmediaciones de Roma alegando que era el hijo del ex emperador Augusto; Tiberio, que creía en cuestiones esotéricas, ordenó que detuvieran al hermanastro resucitado.

Narra el profesor Marañón: “Se dice que el propio César [Tiberio] presenció el tormento, y que, con ansiedad disimulaba bajo su humorismo de resentido, preguntó al esclavo que se retorcía de dolor en el potro, que ‘cómo había llegado a ser Agripa’. Al lo que Clemente respondió heroicamente: ‘como tú has llegado a ser César’. Así acabó la historia del último descendiente de Augusto”.

Como gobernante, Tiberio decide separarse de Livia, su madre, a quien le tenía rencor desde la primera infancia, porque abandonó a su padre para casarse con otro hombre, a pesar de que fue ella quien prácticamente lo convirtió en emperador. Pero Tiberio no estaba dispuesto a cederle ni un centímetro de poder. Livia murió en el destierro y Tiberio no acudió a su funeral, lo que provocó una crisis política y social, puesto que era un acto de profundo desprecio. Quien le hace eso a su madre, qué le hará a los demás.

Según el profesor Marañón, “a lo largo de la vida de Tiberio se ve claramente cómo a medida que su resentimiento fermentaba, el turbio reverso pasional de su personalidad iba, poco a poco, superando el claro anverso de su vida política. Por eso, los antiguos le vieron como un hombre desconcertante, que cambiaba sin cesar: recordemos otra vez las palabras de Plinio, que el príncipe austero y sociable, con los años se tornó severo y cruel”.

Por otro lado, durante primeros años como emperador de Roma, impuso normas estrictas, “cuando Tiberio dictó leyes para moralizar las costumbres hubo en el Senado innumerables chistes y burlas, porque todos pensaban que tales represesiones debían, en justicia, empezar por el propio César [Tiberio]”, nos dice el profesor Marañón.

Existen decenas de episodios narrados por los historiadores, que muestran las contradicciones de Tiberio y su terrible afición por causar dolor, una característica que provocaba el desprecio de su propio pueblo. Dice el padre de la ciencia política, Maquiavelo, que si el príncipe debe elegir entre ser amado y ser temido, siempre debe elegir ser temido, Tiberio fue más allá, era temido y aborrecido por su pueblo.

Tiberio sobrevivió a una larga carrera política como emperador y decidió retirarse; su último movimiento astuto fue adelantar su salida para allanarle el camino a su sucesor, Calígula.

Los últimos años de su vida los pasó en un auto exilio en la isla de Capri, “¿Qué hizo Tiberio […] durante estos últimos once años de su vida? […] se retiró a la isla, dolorido contra la humanidad entera, concentrado, huido en sí mismo, hasta la angustia: irremediablemente aislado, no sólo de su medio vivo, sino de sus recuerdos y sus esperanzas; sin pasado ya y sin porvenir”, anota el historiador Marañón.

¿Qué sucede con el hombre resentido en el ocaso de su vida, ya sin poder y sin gloria?, en el caso de Tiberio, “su tendencia accesorial, irresistible y enfermiza a la soledad […] Entre él y los que lo rodean -incluso, si es un personaje entre él y la nube pegasa del mundo oficial- hay siempre una fisura, que se dilata y se va, poco a poco, convirtiendo en un abismo. Un vacío de cordialidad se crea inexorablemente a su alrededor […] Esta es la situación de Tiberio conforme avanzaba por la vida: solo entre la multitud, con aire sempiterno de abstracción desdeñosa y continente ‘tristísimo’. Como muchos resentidos, tenía a veces ratos de humorismo, transido siempre de envenenada acidez”. 

El resentido intenta poner buena cara ante la tragedia, el origen de su resentimiento le hace que tenga resiliencia, ha vivido en carne propia la infortuna y con la misma hipocresía.

Tiberio no pensaba en el futuro, se quedó anclado a un pasado oscuro. Es por eso que prefirió ser villano a ser héroe, su carácter osco lo arrastró hasta el odio. Ni siquiera los más condescendientes historiadores le ceden un poco de valor a su carrera enmarcada por la soberbia y la crueldad. 

Ese es el lugar que se ganó en la historia del Imperio Romano, hay un último párrafo del historiador Gregorio Marañón que logra describirlo de cuerpo entero, dice que había “[…] un versículo griego que Tiberio repetía muchas veces y que dice su renunciación a toda esperanza: ‘¡Después de mí, que el fuego haga desaparecer la tierra!’”. Lo imagino en la playa de la Isla de Capri repitiendo mil veces la misma frase, intentando ganarle al estruendoso sonido de las olas del mar.

En las cuatro partes de esta serie me pregunto ¿quién es el Tiberio de Chihuahua? Y la respuesta es evidente, es el gobernador Javier Corral.