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Opinión

CONTRAPORTADA

Testimonio de una extorsión

Para nadie es un secreto que los distribuidores de sustancias prohibidas tienen la enorme habilidad de meterse hasta la cocina de hogares, a los rincones menos pensados de las oficinas, a todas las edades, estratos sociales y no distinguen niveles económicos

José Luis García
Analista

lunes, 16 enero 2023 | 06:00

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Ciudad de México.- La semana pasada en este espacio, comenté que el negocio de las drogas se ha convertido en un infierno para las víctimas porque, sin dudarlo, hay pocos beneficiarios que se meten a los bolsillos incontables fortunas, pero hay millones de afectados que pagan la factura de un “negocio” que mata y envenena sin piedad.

Para nadie es un secreto que los distribuidores de sustancias prohibidas tienen la enorme habilidad de meterse hasta la cocina de hogares, a los rincones menos pensados de las oficinas, a todas las edades, estratos sociales y no distinguen niveles económicos.

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Lo más criminal, es que las drogas ponen en riesgo a niños y adolescentes que atrapan con una bestial facilidad, porque hacerlos llegar es muy fácil, sobre todo por el síndrome de la curiosidad; una vez “enganchados”, los convierten en clientes desde temprana edad para llevarlos por el camino de la adicción y, por consecuencia, a la muerte segura, en cualquiera de sus variables.

Pero también hay variables del narcotráfico. Una cosa es que la división se observe desde la siembra y cosecha, hasta pasar por el transporte y finalmente la comercialización, pero según los análisis policiales de inteligencia, la extorsión y el secuestro, son dos consecuencias cuando el “negocio” de la distribución de drogas se deprime. Porque, para algunos analistas, también esta actividad sufre de ello.

Y cuando esto sucede, el crimen organizado debe buscar fuentes de financiamiento alternas que, para otros analistas, no importa si el narcotráfico fluye sin freno, lo que interesa es que el dinero fácil caiga de manera rápida y efectiva.

Una de esas variables se llama extorsión. No son pocas las personas que han sufrido una llamada telefónica o una visita a su negocio, a su mismo hogar o a la oficina, por parte de quien en ese momento hará todo lo posible por obtener dinero a cambio de varias cosas: “protección”, “seguir vivo”, “no dañar a un familiar” o “cuidar que no se vaya a quemar tu empresa”.

Las extorsiones tampoco perdonan condición social ni económica. Hace poco más de un año, el matrimonio formado por dos personas adultas mayores, de condición humilde, con una pensión que no rebasa los 14 mil pesos mensuales entre ambos producto de su jubilación, pasaron a formar parte de la estadística de víctimas de una extorsión.

“Me llamaron como a las 11 de la mañana y me dijeron que tenían a mi nieta secuestrada y yo la escuché gritando que la ayudara porque le iban a cortar el cuello”, narra el hombre de unos 82 años de edad, que padece de diabetes y a duras penas sostiene sus piernas firmes más de 10 minutos porque necesita del andador para poder caminar de un lado a otro de su diminuta vivienda.

“Les dije que la soltaran y que yo haría lo posible por juntar algún dinerito (sic), pero que no tenía mucho. La voz del sujeto era muy dura, me gritó con majaderías que no lo fuera a engañar y me preguntó cuánto (dinero) podía juntar en ese momento”, dice en tono por demás triste.

“Luego me gritó muy feo que solo me daba dos horas para entregarle dinero, pero yo tenía que ir al cajero porque en la casa pues no tenemos efectivo. En ese momento recuerdo que tenía como 20 mil pesos porque me entregaron mi aguinaldo de la pensión y me fui con mi vieja en un taxi porque teníamos que regresar rápido a la casa. El sujeto me dijo que en una hora me hablaría para recoger el dinero”, dice la víctima.

“Nunca se me ocurrió hablar a mi hija para preguntar por (nombre) mi nieta, porque me asusté mucho y me fui a sacar todo el dinero que pude; como en el cajero no pude sacar todo, me fui a la caja y ahí les dije que necesitaba todo lo que tenía, que eran esos 20 mil pesos”, continuó.

“Regresé y después de las 12 y media me volvió a llamar. Me dijo que me esperaba en el parque que está aquí a dos cuadras y que fuera solo y que si le llamaba a alguien, en ese momento le cortaba el cuello a mi nieta”, dice.

Detiene un momento la cruda narración. Se limpia las lágrimas. No oculta su desesperación. Me dice que estaba tan asustado, que salió de su casa sin el andador y se detenía cada rato para descansar un momento. Llevaba el dinero en una bolsa de plástico, porque en el banco le dieron billetes de 100 y de 50 pesos.

“El tipo me dijo que me esperaría en un carro blanco y se bajaría una mujer. Y así fue: ella se bajó, me gritó que le diera rápido el dinero y que mi nieta me llamaría en media hora. Volví a mi casa y jamás me llamó mi niña, entonces marqué al número de mi hija y me contó que mi nieta estaba en la escuela, que ya iba por ella. Hasta que la abracé me quedé en paz…”.

Puede ser un testimonio como cualquier otro, es posible. Pero lo que no es de humanos, es hacer que dos personas que viven de su pensión, que les ha costado años de trabajo, pierdan en una hora y media el dinero con el que sobreviven más de un mes.

No es de humanos. Entonces es de animales. O peor que eso. Al tiempo.

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