OPINIÓN

Son muertos vivientes pero trabajan en la resurrección

Pelean las facciones por un partido político en bancarrota, en una confrontación que no es ajena a los ánimos presidenciales de control absoluto, incluso de esa menguada oposición a la que nos referiremos este domingo

LA COLUMNA
de El Diario
domingo, 12 mayo 2019 | 06:00

Pelean las facciones por un partido político en bancarrota, en una confrontación que no es ajena a los ánimos presidenciales de control absoluto, incluso de esa menguada oposición a la que nos referiremos este domingo.

Entre acusaciones mutuas, los aspirantes a dirigir el Partido Revolucionario Institucional (PRI) caminan directo a una mayor división y sacudimiento del que actualmente sufren.

Albergan, sin embargo, la esperanza de que el saldo restante de esa fragmentación y los errores cada vez más marcados de la cuarta transformación los regresen al poder si no en los estados en el 2021, sí con oxígeno en el 2024 e inclusive el 2030.

Cada participante en la actual contienda representa un grupo de poder dentro de la nomenclatura priista, pero todos ellos inevitablemente vinculados al expresidente Enrique Peña Nieto.

Esta lucha se traslada a las entidades federativas, como es el caso de Chihuahua, que no es ni por menos ajena, y donde los grupos y estructuras ya se movilizan. Coquetean por todos lados y hasta se dan el lujo de operar bajo el agua con sus enemigos pero no se atreven a despegar al menos un pie de la almohadilla de casa.

José Reyes Baeza, Enrique Serrano, Omar Bazán, de forma directa o por interpósitos representantes, se dejan ver en las giras realizadas por los aspirantes a dirigir el PRI nacional. Ahora tocó el turno al exrector José Narro, considerado el candidato oficial pero no el más sólido. Estuvo en Juárez ayer, hoy en Chihuahua.

Alito, mejor conocido como Amlito, actual gobernador de Campeche, no niega su cercanía con el presidente de la república, con quien tiene derecho de picaporte.

Alejandro Moreno es respaldado por un fuerte sector tricolor experto en el manejo del territorio electoral. Son décadas de experiencia. Es el candidato en Chihuahua de Omar Bazán y su equipo.

Ivonne Ortega, la exgobernadora de Yucatán, va por un milagro, sin mayor estructura ni posibilidades; Ulises Ruiz, exgobernador de Oaxaca, trata de pasar como la nota crítica y discordante. Son los fuertes Alejandro Moreno Cárdenas y José Narro.

Todavía no tiene fecha la elección pero todo están ya encampañados.


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Es el PRI un auténtico zombie si hablamos de sus números. No es ni la sombra aun en aquellos días aciagos del 2006 o el 2000, cuando perdió la Presidencia de la República frente a Felipe Calderón y Vicente Fox.

Hoy gobierna apenas 13 entidades federativas –de poca importancia electoralmente hablando–, tiene 47 diputados federales –el 9.4%– y 13 senadores de los 128 del órgano colegiado.

Es reflejo de una dramática derrota el 1 de julio del 2018, donde su candidato presidencial, José Antonio Meade apenas logró 9 millones de votos, el 16 por ciento, en un muy lejano tercer lugar.

Carece el PRI de posiciones de poder y con ello acceso a recursos económicos para operar. Es víctima de sus propios errores.

En Chihuahua, por ejemplo, las alianzas que en otro tiempo le dieron la oportunidad de gobernar con holgura, fueron la trampa mortal, porque lo privaron de diputados locales que valían oro.

Hoy apenas tiene dos legisladores locales. Son cuatro pero los otros dos (Jesús Velázquez y Bety Chávez) jalan a contentillo extorsionados con la cárcel por el corralismo que ha desatado una guerra feroz para desaparecer al priismo vinculado con la pasada administración, que por cierto tampoco pierde pisada en esta renovación directiva; sus piezas operan la presente elección interna y la gubernatura 2021.

Es tanta la penuria del PRI que declinó acordar con el Instituto Nacional Electoral la organización del proceso de consulta a la militancia para elegir al nuevo líder nacional.

Temen todos sus grupos no sólo al costo de 250 millones de pesos por instalar las mesas receptoras, cómputos y demás, sino a las multas por un padrón espurio, que carece de una base documental que certifique la voluntad del ciudadano para su inscripción partidaria.

Sufre porque en un padrón nacional de seis millones –el más alto después del PRD– los costos inevitablemente se elevan, así como la complejidad para demostrar que son auténticos y validados.

Es ese mismo padrón una debilidad gravísima porque es motivo necesario de descalificación, por la desconfianza de ir a una elección cerrada a la base militante con dados cargados, como Ulises Ruiz ya lo señala.


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Es el exgobernador de Oaxaca, de triste memoria por los acontecimientos magisteriales del 2006 al 2010 en aquella entidad, el crítico ácido en la contienda, pero sin más convicción que su propio interés por posiciones menores.

Ulises Ruiz –declarado por la Suprema Corte de Justicia como responsable lisa y llanamente de violaciones a derechos humanos durante el conflicto magisterial– no deja títere con cabeza.

Alejandro Moreno Cárdenas, Alito, es considerado una jugada de la Presidencia de la República para apoderarse de lo que queda del PRI, pero aquellos sectores del tricolor más experimentados en el territorio electoral lo prefieren a un cansado y “apolítico” Narro.

Si no es como gobernador, lo es como presidente de la Conferencia Nacional de Gobernadores, pero Moreno tiene una cercanía indudable con López Obrador, de la cual no reniega. Al contrario, habla de conciliación e institucionalidad.

Ruiz va contra el proceso porque no se ha instalado una comisión plural que garantice imparcialidad en la elección, y mucho menos se ha depurado el padrón, que ya se está inflando con la ayuda de algunos gobernadores, como el de Coahuila y Oaxaca.

Una entidad federativa, Coahuila, se ve muy cercana a Alito por una sencilla razón. Su compañera de fórmula, Carolina Viggiano, es esposa de Rubén Moreira, exgobernador de dicha entidad y hermano de Humberto Moreira.

Ahí se ve la mano de Peña Nieto. Moreira y Viggiano se casaron en 2010, con la presencia de varios gobernadores como testigos. En primera fila estuvieron Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Osorio Chong.

Hoy Viggiano, quien acaba de estar en Chihuahua cobijada por Omar Bazán, es la principal operadora de Moreno, quien construyó el último tramo de su carrera política bajo la protección e impulso de la anterior administración federal.

El pleito con Ulises Ruiz está cantado, con mensajes velados de Enrique Ochoa, el anterior líder del PRI con Enrique Peña.

El caballo negro de la actual dirigencia nacional priista, José Narro, pocas críticas tiene en el discurso explosivo de Ruiz.

Narro desfiló por dependencias de gobierno en puestos menores y mayores, incluso en la Secretaría de Gobernación, hasta que se consolidó con la dirección de la poderosa facultad de Medicina de la UNAM y de ahí brinco a la rectoría.

Es militante y no activista, ha dicho Ulises Ruiz de quien acumula una decena de doctorados honoris causa. Es cierto. La única actividad priista la hizo al lado de Luis Donaldo Colosio, y luego la presidencia de la Fundación Cambio XXI.

En 2017 se insistió en que podía ser candidato presidencial priista frente a descolorido José Antonio Meade. Pero no llegó más que a un puesto en el gabinete en Salud.

Finalmente, Ivonne Ortega se presentó en Chihuahua de la mano de Enrique Serrano, el excandidato perdedor a la gubernatura y ahora también impulsor del morenista, Cruz Pérez Cuéllar.

Ivonne utiliza el discurso contra la corrupción, la línea y el compadrazgo. La exgobernadora yucateca pocas posibilidades tiene frente a la real fuerza de Alito y Narro.


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La “pinche cúpula” a la que se refirió Beatriz Paredes en la última sesión de Consejo Político Nacional, es un lastre para el PRI.

La lejanía con las bases, con las necesidades de la gente, en un mar de hartazgo y ausencia de confianza, prohijada en el último sexenio de la presidencia imperial con su Casa Blanca y excesos superficiales, coloca al Revolucionario Institucional en una crisis profunda.

Frente a ello, los priistas se aprestan elegir a un nuevo dirigente, al que le tocará sobrevivir a los intereses de los grupos de poder internos y externos.

Encontrar un punto de equilibrio para recuperar espacios perdidos, con una base interesante a nivel municipal, una organización y disciplina que no tiene ninguna otra institución partidista.

El reto es superar la simulación e ir a una contienda interna que tiene como cronograma la última semana de mayo para la convocatoria, junio los registros y la elección a más tardar en septiembre.

Paralelamente habrá elecciones constitucionales en varios estados, los resultados caerán como losa sobre la actual presidenta del PRI, Claudia Ruiz y sobre su sucesor apenas tome protesta. Los sondeos previos hablan de sendas derrotas... De ahí hacia adelante van por la recuperación esperada. No hay en la competencia PAN fuerte y AMLO ha empezado muy pronto a rodar pendiente abajo.