Opinión

¡Sin miedo a la ciencia, papi!

Se espera que en el transcurso de esta semana que concluye, 440 mil 515 personas entre los 18 y 39 años de edad hayan completado en Ciudad Juárez su esquema de vacunación contra el SARS-CoV-2

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 28 agosto 2021 | 06:00

Se espera que en el transcurso de esta semana que concluye, 440 mil 515 personas entre los 18 y 39 años de edad hayan completado en Ciudad Juárez su esquema de vacunación contra el SARS-CoV-2, en 11 sedes que fueron dispuestas en la localidad.

Como sucedió con la inoculación de los otros grupos de mayor edad, la especulación sobre los riesgos de la vacuna sigue permeando en el imaginario de la gente. Afortunadamente, lo que se observa en los jóvenes es una actitud de apertura hacia la aplicación de la dosis y quizá una mayor relajación con relación a los prejuicios y dogmas que personas de otros rangos de edad muestran en el tema.

El consabido recuento de los eventuales daños de la inyección siempre estará presente. ¿La vacuna trae consigo riesgos? Por supuesto que sí, como cualquier sustancia o medicamento que se suministra, pero tales riesgos son ínfimos y son mucho mayores sus beneficios. ¿Quién lo dice? La ciencia. Y los enunciados de la ciencia son mucho más racionales que lo que nosotros podamos decir al tenor de nuestras ocurrencias o lo que nos desliza el tío o la tía del grupo del WhatsApp. Aquí los consejos de los abuelitos, simplemente, tampoco valen. ¿Usted puede morir a consecuencia de la vacuna? Sí, pero la posibilidad es tan baja que existen más posibilidades de que usted sea atropellado saliendo de su casa.

Entonces ¿los enunciados de la ciencia son absolutamente ciertos, irrevocablemente verdaderos? No, la ciencia es susceptible de refutación. Si no fuera así, sería una religión. Por el contrario, los contornos de la ciencia no son rígidos, no están hechos de una vez y para siempre y tampoco debemos verla con un lente esencialista. Y tampoco a sus métodos. Los métodos no son fin en sí mismos, son instrumentos solamente, al igual que sus técnicas.

Y luego, ¿por qué habríamos de confiar en algo que tiene cierto grado de zozobra y muchas zonas de penumbra? Porque quizá ahí radica cuando menos una cuota de su propia racionalidad. Porque los enunciados científicos de las “ciencias empíricas” no van a recurrir a la especulación, a la fe, a la ilusión, o de plano, al sin sentido, para colmar esas lagunas o para reducir apriorísticamente sus límites. Lo que se hace es observar sistemáticamente, registrar, reportar, eventualmente medir, experimentar y solo hasta que se tiene cierto nivel de contrastación, se formulan enunciados generales mediante los cuales se describe y explica el comportamiento del fenómeno. ¿Inducción pues? Sí, inducción, pero también análisis, determinación y altos grados de abstracción. Y muchas otras cosas más.

¿Pero la inducción tiene sus límites también? Por supuesto, pese a ser un método que se exaltó en el siglo XIX como el método por antonomasia, filósofos de la ciencia, como Karl Popper, han explorado sus insuficiencias. Nadie me garantiza que si yo observo que un objeto se comporta millones de veces de la misma manera, así lo hará eternamente, de forma que cualquier conclusión a la que se acceda por esta vía corre siempre el riesgo de resultar falsa algún día; sin embargo, los límites del método son características también de la ciencia misma. Tampoco debemos esperar que los caminos inductivos nos conduzcan siempre a la “verdad”.

Las aserciones de los científicos sobre la pandemia y ahora sobre la vacuna, son partes de un trayecto cuyas anomalías y perplejidades obligarán a revisar continuamente las formas mismas de transitarlo; sin embargo, es lo más racional que tenemos y constituyen auténticos elementos de juicio. Más, mucho más que los enunciados de los primos del grupo de WhatsApp que se niegan a vacunarse.

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