Opinión

Sin estrategia para el semáforo verde

La idea del confinamiento es reducir el riesgo de saturación hospitalaria; en gran medida, el semáforo se enciende, cambia o se apaga dependiendo del porcentaje de saturación de 'camas-covid' instaladas

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 21 febrero 2021 | 06:00

La idea del confinamiento es reducir el riesgo de saturación hospitalaria; en gran medida, el semáforo se enciende, cambia o se apaga dependiendo del porcentaje de saturación de “camas-covid” instaladas. A eso le llaman los epidemiólogos “aplanar la curva”, lo que significa a ir por debajo del nivel de saturación de hospitales. El semáforo no toma en cuenta las vacunas, ni las pruebas porque no les conviene hablar de eso.

El problema viene ahora, resulta que Juárez está en el punto más bajo de la ocupación hospitalaria, ayer apenas llegamos un seis por ciento. Todo lo contrario al 22 de octubre, cuando estuvimos en semáforo rojo por llegar al 90 por ciento de la capacidad hospitalaria. Tras cuatro meses de caos, ahora estamos domando a la pandemia (al menos esa apariencia tenemos temporalmente).

Parece que el Covid nos dio un respiro. Y justo ahora, cayeron como fichas de dominó las otras contingencias; la segunda por el desabasto de gas natural, la tercera por la luz eléctrica y la cuarta por el agua. Como si no tuviéramos suficiente, el cambio climático y los errores en la política energética pusieron a Juárez de rodillas otra vez.

Un paréntesis, hay una quinta contingencia por la violencia, que por cierto ya se relegó al último lugar de las necesidades. Si me apura, podría agregar una sexta contingencia por el desastre presupuestal del Gobierno del Estado. Es terrible, por desgracias no paramos en Juárez.

Y hoy estamos viviendo la tormenta perfecta. En estas circunstancias de crisis, inmovilizarse y no retroceder es una gran ganancia. Pero estamos a punto de entrar en un nuevo desastre anunciado: el semáforo verde.

No hay una estrategia para el regreso. Y, aunque el discurso del Estado busca demostrar que tiene todo bajo control, la realidad nos muestra lo contrario. Solo hay que ver al pasado inmediato. Al inicio de la pandemia (anunciada desde octubre en Wuhan), la palurda respuesta se convirtió en un desastre histórico. 

Nadie tenía un plan de emergencia. La intromisión del Estado fue errática desde el inicio. Aunque dicen que el “hubiera” no existe, considero que hubiera sido mejor que el Estado no hiciera nada. 

El juego absurdo de los semáforos ha provocado que el desastre sea mayor. El semáforo rojo solamente genera un mercado negro de clandestinidad y aumenta el precio de los servicios; el naranja y el amarillo, con todos sus matices regionales, no sirven de nada, solamente en el papel funcionan, pero en la realidad la gente se autoregula porque el Estado está ausente. 

Todos lo vimos, fue un caos cuando el semáforo estuvo en rojo, naranja o amarillo; y no hay razones para pensar que el semáforo rojo será distinto. Inclusive, es lógico que sea más fácil cerrar la cortina de los negocios que abrirlos con nuevas reglas. 

Por otro lado, el sistema de vacunación es un fracaso estadístico en México. Estamos muy lejos de llegar a un mínimo aceptable de inmunidad y eso genera mayor escepticismo. Ni siquiera se ha vacunado a los médicos que están en la primera línea enfrentando el Covid, mucho menos se vacunarán a los profesores del nivel básico -que es la población en riesgo más numerosa y vulnerable-.

Y no solamente son las escuelas, son todas las actividades que tuvieron restricciones durante el último año; los viajes, los conciertos, fiestas, obras de teatro, deportes, todo lo que estuvo restringido tendría un regreso convulso con el semáforo verde.

El rebote es peor. Los expertos han anunciado que vendrá un regreso donde la gente tendrá un gran ímpetu por hacer lo que se les prohibía, principalmente relacionado con la diversión y esto generará el aceleramiento de la economía, pero también una ilusión de abundancia que después generará una crisis económica, así sucedió en la pandemia por la “gripe española” y, unos años después con la Gran Depresión que golpeó a Estados Unidos y a Europa principalmente. 

Prohibirle a la gente que salga de sus casas y después decirles que pueden salir requiere más que un decreto. La estrategia de regreso deberá tomar en cuenta la realidad social, algo casi imposible porque nuestros gobernantes aprietan botones desde un escritorio y escriben planes irrealizables.

Sobre todo, se necesita un plan de regreso que considere una alta probabilidad de regresar en breve al semáforo amarillo, naranja o hasta rojo. Entre cientos de imponderables que pueden ocurrir. Para el regreso a un semáforo verde y después a la “nueva normalidad” se requiere de un método escalonado y paulatino. 

No habrá semáforo verde sin incertidumbre, sin el miedo a la pandemia que sigue ahí. No se irá tan rápido el Covid. Lo único que ha funcionado -y nada tiene que ver con los gobiernos-, es la organización de la propia sociedad civil que, con pocas instrucciones simples y cotidianas, hemos logrado sobrevivir. 

Lavarse las manos, sanitizar espacios, usar cubrebocas, han cambiado por completo la cultura de salud pública. No fue la caricatura de “Susana Distancia”, ni las mañaneras de AMLO, mucho menos las ruedas de prensa de Javier Corral, las que incidieron en algo, porque las políticas públicas son fortuitas y azarosas. Así, fue la comunidad quien logró ese paso gigantesco de sobrevivir con todos los pronósticos en contra y a pesar de los errores de los políticos.

En resumen, si los gobernantes no tienen un plan, será mejor que no hagan nada. Quizá sea el momento de matizar el amarillo para abrir las puertas de los eventos y negocios, pero hacerlo gradualmente.

En ese sentido, el semáforo verde puede ser un gran aliado de la economía, pero conociendo a nuestras autoridades, también puede ser un alto riesgo. Por lo pronto, no podemos hacer otra cosas que cuidarnos nosotros mismos. La salud es tan importante que no podemos dejarla en manos de los políticos.