Si soy la próxima en desaparecer, que sea la última

El fin de semana la muerte nos estremeció de nuevo

Lourdes Almada Mireles
Analista
viernes, 12 abril 2019 | 06:00

El fin de semana la muerte nos estremeció de nuevo. Dana Lizeth, de 18 años, estudiante universitaria de la carrera de Literatura fue encontrada muerta. La tarde anterior sus compañeros habían estado con ella en un café. El golpe fue duro. Una vez más la ciudad nos estalló en las manos y nos rompió en pedacitos. No logro entender la razón, pero hay muertes que nos sacuden con más fuerza. No sé si es la cercanía, no sé si es el lugar y la constatación de que son lugares por los que transitamos de manera cotidiana, no sé si es su cabello de colores o su mirada limpia, no sé si es la gota que derramó el vaso… no sé. Quizás es la fuerza de sus palabras y la exigencia que nos dejó en ellas: “si soy la próxima en desaparecer, quiero ser la última”. Quizás es la terrible desazón de saber que no hemos hecho lo suficiente para que su muerte sea la última. Las y los estudiantes se sienten amenazados, agredidos, dolidos. En los últimos meses un estudiante de Derecho fue asesinado a la salida de un bar y otro fue violado por policías municipales.

Tengo esa sensación de vacío en el estómago y nudo en la garganta. La sensación que me invade y me atraviesa con cada muerte injusta, prematura, violenta. Y sin embargo, esta vez logro sentir una luz tenue, la incipiente calidez de la esperanza. Como alguien escribió en redes sociales: “Dana, eres la chispa que enciende la llama”. El lunes pasado se realizó una marcha para exigir justicia, para decir basta de impunidad y violencia. La convocatoria fue extraordinaria. 

Lo que he visto me da esperanza. He visto una marcha de estudiantes sin precedentes, fui testigo de una asamblea en la que participaron cientos de estudiantes, con retos gigantescos, pues sacar avante una reunión de esa magnitud, de la que saliera la sustancia para el programa de actividades de los siguientes días no es fácil ni para líderes experimentados (as). Las acciones de estos días han puesto en movimiento una variedad de recursos existentes en nuestra comunidad universitaria y que no encuentran espacios para expresarse, socializarse y ponerse al servicio de una causa común. Ojalá esta semana sea el germen de una universidad socialmente comprometida, capaz de desarrollar proyectos integrales, en los que las diversas disciplinas dialogan y tejen acciones para construir otras realidades, para lograr que la exigencia de Dana sea cumplida.

La muerte de Dana pone en evidencia la violencia en todas sus expresiones. La violencia estructural, el abandono de la ciudad, la falta de enfoque y prioridad de los gobiernos de los tres niveles para atenderla. El abandono en materia de desarrollo humano y social, el descuido de los parques, la ciudad oscura a pesar de los enormes recursos destinados a “iluminarla”, un sistema de emergencias que no las atiende, una constante criminalización de los jóvenes, etcétera. Y pone de manifiesto también la violencia de género y cuánto nos falta trabajar en el cambio que queremos. He pensado mucho en mis estudiantes, en la narración sobre la violencia y el acoso que sufren en el transporte público, en las situaciones de acoso dentro de la universidad que se minimizan por las autoridades, en la forma como muchas de ellas se vinculan en relaciones con mucha violencia.

He pensado mucho también en ellos, en los jóvenes universitarios y en los que se encuentran en las calles; en la exigencia de vivir una masculinidad asociada al control y la violencia, en todo lo que se va rompiendo dentro. He pensado mucho en Andrés David, el presunto asesino: ¿cómo se rompió su historia? ¿Cómo llegó a ser el muchacho que ahora es? ¿Cómo aprendió a negar la humanidad que lleva dentro y a terminar la vida de alguien más? El asesinato de Dana no es un caso aislado y nos urge a preguntarnos qué más tenemos que hacer. Este muchacho representa una sociedad en la que matar está permitido, en la que la violencia permea en muchas relaciones de pareja, en la que seguimos normalizando la violencia y justificando la criminalización de las víctimas. Elevar las penas no ha sido –ni será– una solución. Si no trabajamos en serio la reconstrucción de las personas y sus vínculos, si no educamos para el respeto y el reconocimiento de las otras y los otros, si no conocemos y atendemos las historias de los miles de Andrés David que forman parte de nuestra comunidad, la historia seguirá repitiéndose.