¡Sí es política, señores, sí es política!

Algo hemos hecho mal y los jóvenes nos han enmendado la plana

Jesús Antonio Camarillo
Académico
sábado, 13 abril 2019 | 06:00

Algo hemos hecho mal y los jóvenes nos han enmendado la plana. Dejamos que la apatía e indolencia se apoderaran de nosotros y nos acostumbramos a desplegarlas como cortina apolillada para no ver por la ventana. Primero fue Rafael Romero, el estudiante de derecho acuchillado afuera de un bar, que como si nada hubiera acontecido, al día siguiente volvió a tener una larga fila de gente esperando entrar a aprovechar las ofertas de la comilona y la bebida. Casi por las mismas fechas, el caso del estudiante de música, violentado sexualmente, en un asunto por demás enrarecido, donde presuntamente están inmiscuidos agentes de la Policía Municipal. Y el viernes de la semana pasada, Dana Lizeth Lozano, alumna del programa de literatura, asesinada en un oscuro parque, en los entornos de una ambivalente “zona cultural” de la ciudad.

Las tres trágicas historias tienen múltiples dimensiones. Extensas, poliédricas, complejas, inconmensurables. No podrían ser abarcadas en el trazo de unos cuantos párrafos, por lo que sólo quiero hacer énfasis en que las tres historias tienen una dimensión política que no se puede soslayar. ¿Cómo pedir, entonces, que no se vean estos crímenes de los estudiantes como algo ajeno a la política? Lo que los jóvenes universitarios hacen ahora, organizándose, como hace décadas no se veía, es en sí mismo un acto político. Es, quizá, la mejor cara que la política práctica ha tenido en los últimos tiempos en la ciudad. Es la política que nace a partir de una coyuntura de desgracia, de impunidad y de injusticia. La política de nuestros estudiantes convertida en una fascinante forma solidaria con sus compañeros asesinados, ultrajados, no es la política ramplona, mezquina, oportunista, de nuestros políticos “oficiales”, sino que más bien es su antítesis. Y por eso, por ser su franca antítesis, quizá se le teme y se le intenta presentar en una faceta tergiversada que busca a toda costa mostrarla como manipulada por una supuesta “mano negra”.

La política que están haciendo los universitarios es una que se aproxima al ideal más básico que merodea a esta milenaria actividad: el quehacer por el bien público, en busca, sobre todo, de la seguridad e integridad de sus miembros.

Lo que hemos visto en los últimos días en los espacios universitarios llegó y debe quedarse. Jóvenes que se están preocupando por el otro y por la otra. Estudiantes que asumen un rol activo y pragmático pero que también se preocupan por sustentar sus argumentos. Lo están haciendo al tenor del debate y la deliberación. Alumnos dispuestos a escucharse unos a otros, dispuestos a negociar a través del diálogo, pero muy conscientes del papel de sus interlocutores.

Asombra a muchos su capacidad de organización. En efecto, una virtud que pareciera haber sido adquirida a botepronto, con herramientas e insumos básicos, pero con una grandiosa y, al mismo tiempo simple, idea regulativa: hay que hacer algo; ya basta.

El crimen de Dana cimbró los cimientos de la universidad. Lo que sus compañeros y algunos de sus maestros están haciendo nos debe enorgullecer a todos, como universitarios. Es aquí, precisamente en los momentos más difíciles, donde una institución educativa puede mostrar de qué está hecha.

Seguramente si Dana viviera, estaría con ellos, hombro con hombro.