Opinión

¿Será?

Hay una triste y amarga realidad en nuestro país, a pocos les gusta comer sano, a muchos no les alcanza para comer sano y a todos nos encantan las garnachas

Carlos Irigoyen
Analista

viernes, 12 febrero 2021 | 06:00

Hay una triste y amarga realidad en nuestro país, a pocos les gusta comer sano, a muchos no les alcanza para comer sano y a todos –bueno casi a todos- nos encantan las garnachas. Y como es del conocimiento público, un sinfín de productos ya traen unas etiquetas bastante feas que alertan a la comunidad sobre los riesgos de salud que puede implicar consumir ese tipo de cosas, como si los mexicanos en su mayoría le fuéramos a hacer caso a tales o cuales designaciones. Estimado lector, ¿usted desmenuza las etiquetas antes de comprar algo de comida? ¿Es usted de los pocos mexicanos que saben a ciencia cierta qué es lo que estan comiendo? ¿Cuenta las calorías que se come con singular alegría en una hamburguesa callejera, en un hot-dog “foot long”, en una torta cubana o en los  “n” tacos de barbacha? Eso, sin contar las que ingiere vía bebida espirituosa o refrescante, de esas de la chispa de la alegría.

Pues bien, a menos de unos cuantos días de festejar el Día del amor y la amistad, donde las oportunidades de invitar a alguien a comer serán reducidas por una pandemia antiromántica y sí muy díscola, resulta que hasta en los empaques aquellas emblemáticas figuritas, simpáticos personajes producto del esfuerzo sostenido de campañas publicitarias de mucho tiempo, los han condenado a desaparecer. No más “Tigre Toño”, Melvin el del ChocoKrispies, el Gansito del “Recuérdame”, el Osito Bimbo que fue borrado apunta de ley para proteger a los consumidores y que no vaya a provocar la ingesta de productos alimenticios con dudoso contenido nutricional y rebosante de calorías.

En una cultura repleta de símbolos como la nuestra, ¿quién podrá creer que borrando un personaje dejarán de consumirse esos productos? El problema de la mala nutrición va más allá de muñequito y figuras; tiene un aspecto cultural y económico.

Si de verdad quieren transformar la forma de comer del mexicano, habrá que reescribir la gastronomía nacional, los pastelitos y azúcares parecen cosa de niños cuando los comparamos con la ingesta de una torta de tamal con champurrado, una birria de borrego con bastante salsa, unos burritos de huevo con chorizo de cerdo o que tal unos elotes, de esos tradicionales del Parque Borunda. No hablemos de las garnachas actuales que combinan cualquier cantidad de calorías de forma insana, unos dorinachos, una hamburguesa “callejera” que tiene todas las calorías que se consumen en un solo día; pocos niños harán que digan ¡sírvanme una jícama con mucho limón, poca sal y chile en lugar de una bolsa de chetos –sin jaguar- con harto limón y salsa valentina!

La clave no es minimizar los esfuerzos publicitarios, la clave es la educación, pero eso a quien legisló para aprobar esta imposición poco o nada le importó. O no conoce a fondo el detalle de lo que implica posicionar una marca o no entiende la dinámica social y de alimentación a la que empuja la enorme cantidad de personas en pobreza o extrema pobreza. No se comen los alimentos chatarra porque haya una figura en el empaque, se consume porque así se acostumbraba en la casa, por tradición o porque era lo único que había para comer.

Este reto va más allá de anuncios publicitarios, va con incluir en los programas de educación desde etapas tempranas el aprender a balancear cómo comer y enamorar a los infantes a comer verduras.

Qué prefiere, ¿una sopa cuya preparación lleva por lo menos unos 40 minutos o agarrar una sopa en vaso, meterla en el “micro” y estar comiendo “sopa” en menos de cinco minutos? Repito, no es el gansito, la caricatura; es la educación.

Y es que hasta las mamas premian a los chamacos con “unas papas”, una nieve, un chocolate, los esfuerzos que hace el niño en la escuela. Y cuando hay lana, un restaurante de comida rápida, unas pizzas o en el plano “fifí” una llamadita a estos servicios de comida a domicilio. 

El reto de la alimentación se va a superar el día que aprendamos a comer sanos desde la propia infancia, cuando en la casa haya condiciones económicas y culturales que permitan comprar alimentos que realmente nutran a los mexicanos.

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