Semana Santa

F. R. Chateaubriand, en su “Genio del Cristianismo” (Ed.14.04.1802) afirma que no se puede explicar el arte, la literatura...

Hesiquio Trevizo
Presbítero
domingo, 14 abril 2019 | 06:00

F. R. Chateaubriand, en su “Genio del Cristianismo” (Ed.14.04.1802) afirma que no se puede explicar el arte, la literatura, la civilización occidental, sin recurrir a la fe cristiana. En realidad, el cristianismo es infinitamente más que un dato cultural, más bien es la realización definitiva del proyecto salvífico de Dios mediante la muerte y la resurrección de Jesús, Hijo de Dios e hijo del hombre, para crear así el hombre nuevo “a imagen de Cristo”. “Ustedes son nueva creatura en Cristo”, (2 Cor.5,17).

La Semana Santa (SS), es la celebración litúrgica de este misterio que se despliega en el tiempo; no es folclore, es liturgia; el pueblo de Dios no vive sin liturgia. La Cuaresma, y sobre todo la SS, han marcado profundamente nuestra vida personal, nuestra historia, nuestra cultura, nuestra idiosincrasia. En el neopaganismo en el que nos movemos es de temer que las actuales generaciones, en el futuro, pierdan contacto con éstas vigorosas tradiciones configurativas y dadoras de sentido. Los medios por lo general se quedan en lo anecdótico, pero la sustancia de la celebración se nos escapa. He aquí una breve síntesis de los ritos que conforman la Semana Mayor.

Comenzamos la SS celebrando la entrada de Jesús a Jerusalén con la Procesión de Ramos. Oiremos: “Queridos hermanos: después de habernos preparado desde el principio de la Cuaresma con la penitencia y las buenas obras, hoy nos reunimos para iniciar unidos con toda la Iglesia la celebración anual del Misterio Pascual, es decir, de la pasión, muerte y resurrección de N. S. Jesucristo. Acompañemos con fe y devoción a nuestro Señor…”.  La Procesión de Ramos expresa por sí misma el misterio que nos aprestamos a celebrar: seguir al Señor hasta el calvario para participar de su cruz y así tener parte con él en su resurrección y en su vida.  

La liturgia no duda en acoger la tragedia, presentándonos «la hora» de Jesús, la hora del poder de las tinieblas y de la gloria para la que él había venido. Lo seguiremos paso a paso, desde la entrada a Jerusalén entre aclamaciones de júbilo de la multitud y de los discípulos, hasta el Calvario, a donde llegará solo, abandonado por todos, incluso por aquellos que formaban su círculo íntimo, por los amigos más queridos que él había elegido. Los acontecimientos se precipitan y todo parece hundirse en la oscuridad de la muerte. Sin embargo, en el corazón de la soledad y de la angustia, atrae y reúne en sí a los hombres y al universo entero. Todo parece perdido, sin embargo, todo está por comenzar.

No se trata de una reconstrucción folclorista de la entrada de Jesús a Jerusalén, sino de una acción litúrgica que abre la celebración anual de la Pascua. Profesión de fe que se expresa a través del gesto antes incluso que por las palabras, esta procesión afirma que, yendo al encuentro de la muerte, Jesús inaugura su retorno a la gloria del Padre. En la celebración de las diversas etapas no debemos perder de vista esta globalidad del camino pascual.

En los días que siguen la liturgia se despliega normalmente hasta el jueves cuando concluye realmente la Cuaresma. Antiguamente este día, muy de mañana, se celebraba el rito de la reconciliación de los pecadores públicos que habían hecho penitencia a lo largo de la Cuaresma siguiendo una rígida disciplina. Como comprenderá usted, esto ha sido abolido porque no habría lugar donde cupiésemos los públicos pecadores arrepentidos. Y ni arrepentidos estamos. Por lo demás, sería difícil juntar a “los cristianos dispersos” por los destinos turísticos.

Alrededor de 10 de la mañana, tiene lugar la celebración de la «Misa Crismal». El obispo rodeado de sus sacerdotes celebran la misa en la que son bendecidos los Santos Aceites, de oliva, que servirán como materia para algunos de los sacramentos. Es una liturgia de especial, importante para el pueblo de Dios. El rito central, dentro de la misa, es la bendición de los Oleos, sobre todo del Santo Crisma, aceite especialmente perfumado, con que serán ungidos los recién bautizados, los confirmandos, los sacerdotes y los obispos. Está también el aceite para ungir a los enfermos. El obispo consagra estos aceites que han de durar para todo el año.

Durante la misa, los sacerdotes renuevan ante el obispo y el pueblo sus votos sacerdotales. Es un gesto que tiene un hondo significado, hoy y siempre. Renovar la gracia conferida por la imposición de las manos del obispo, crecer en la fidelidad al Evangelio y al pueblo que les ha sido confiado, crecer en el compromiso de una santidad cada vez mayor en la propia vida sacerdotal. Realidad de extrema urgencia “para que el mundo crea”.

Por la tarde, a una hora conveniente, se celebra la Institución de la Eucaristía. Comienza el Triduo, los tres días Santos. Este gesto es de una importancia trascendental; recordamos el gesto de Cristo que celebra con sus discípulos la Pascua judía y la transmuta en la Pascua cristiana. Él mismo será, ahora, el Cordero con cuya sangre quedarán borrados los pecados de la humanidad. (Cf. I Cor.5,7). Con este gesto instituye la sublime celebración que conocemos con el nombre, tal vez el menos apropiado, de Misa.

«Hagan esto en memoria mía», dice Jesús a sus discípulos en la “Ultima Cena”. Con estas palabras, luego de haber instituido la Eucaristía, instituye el sacerdocio ministerial de la Nueva Alianza. La Eucaristía y el sacerdocio nacen prácticamente juntos, en cierta forma, el sacerdote es para la Eucaristía porque la Iglesia vive y vivirá siempre por la Eucaristía. Pablo afirma: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de esta copa, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva», (I Cor. 11,17-23). La celebración de la Eucaristía es un acto de obediencia a la voluntad de Cristo. La iglesia vive de la Eucaristía. Si quitamos la Eucaristía la Iglesia dejaría de existir y nuestros templos se convierten en fríos museos.

Es relevante que el Evangelio que se lee en esta Misa no sea el relato de la Institución Eucarística, sino el episodio en el que Jesús lava los pies a los discípulos. Jesús hace un trabajo de esclavo, sirve a sus hermanos, realiza un trabajo humillante como anuncio de lo que hará dentro de unas horas en la cruz, su muerte ignominiosa en servicio de todos. Luego añade: “Ustedes me llaman maestro y señor y dicen bien pues lo soy; fíjense lo que he hecho: si yo que soy el maestro y el señor les he lavado los pies, ustedes también lávense los pies unos a otros”. Dictando así la norma de su reino: ser servidores por amor a Jesús unos de otros. Como puede apreciarse, los motivos invitan a una meditación profunda sobre la naturaleza del cristianismo.

Así llegamos al Viernes Santo. Nos reunimos para conmemorar la pasión y muerte del Señor Jesús. Tres de la tarde, la hora aproximada en que sucedió: la hora del combate supremo y de la victoria definitiva; la hora de la humillación y de la glorificación; la hora de pasar de este mundo al Padre. Esta celebración, en realidad nos dispone para celebrar el memorial de Jesucristo muerto y resucitado: la Solemne Vigilia Pascual, el sábado en la noche.

Este día no se celebra la Santa Misa. Los acontecimientos de la Última Cena y de la experiencia desgarradora del Huerto están unidos secuencialmente al drama del Viernes; podemos considerar entonces el jueves en la tarde el inicio del Triduo. La liturgia de este día se centra en la lectura del relato de la Pasión según S. Juan. Se sigue con una oración universal amplia, la adoración de la cruz, y la sagrada comunión. No hay bendición. “¿Qué sucede? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra, un gran silencio y una gran soledad”.

La Iglesia entra en un silencio profundo ante la tumba donde “el Rey duerme”; como las santas mujeres, la Iglesia vela en silencio la tumba de su Señor. «Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían hace siglos, ha puesto en movimiento a la región de los muertos». Jesús ha descendido al gran sheol, al hades, a esa especie de morgue infinita donde yacen los muertos de todos los tiempos. “Descendió a los infiernos”, al lugar de los muertos, para despertar y llevar con él a los que el diablo mantenía cautivos. Es el sábado.

Ya en la noche, se celebra la gran Vigilia Pascual, «la Vigilia Madre de todas las Vigilias cristianas». La Iglesia vela en oración, se apresta para asistir a la Resurrección de Jesús que se levanta de entre los muertos, vencedor del demonio, del pecado y de la muerte y nos asocia a su victoria. Es de la celebración más imponente y solemne del calendario litúrgico del cristianismo. Su conformación es una estupenda meditación sobre la historia de la salvación que culmina esta noche, cuando Cristo se levanta, victorioso, del sepulcro haciéndonos partícipes de su victoria. “Con su muerte borró nuestros pecados y resucitando nos devolvió la vida”, tal es el misterio que celebramos la Semana Santa. Y es lo que celebramos, a la manera de una réplica, a largo de año. Cada domingo. Y de la historia después de Cristo. Todo lo que gira en torno a estos Misterios son venerables y fructuosas devociones (continuará: Domingo de Resurrección).