Opinión

Seguridad e ideología

En días recientes y con referencia directa a sucesos de sobra ventilados en los medios, diversos analistas han vuelto a poner en el ojo de la crítica el discurso presidencial sobre la seguridad pública

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 04 julio 2020 | 06:00

En días recientes y con referencia directa a sucesos de sobra ventilados en los medios, diversos analistas han vuelto a poner en el ojo de la crítica el discurso presidencial sobre la seguridad pública. Insisten en que es erróneo el planteo general del Gobierno federal, afirmando luego que es necesario desideologizar el tema de la seguridad. Para ellos no hay una seguridad “neoliberal” y una “seguridad transformadora” o una “seguridad de derecha” y una “seguridad de izquierda”. Lo que para ellos tiene valor es el resultado, la consecución del orden y la puesta en marcha de estrategias que conduzcan a ganarle la guerra a “los malos”.

Paradójicamente, en esta perspectiva tan reduccionista hay también ideología. Y una nada plausible. En efecto, es la ideología de la derecha, esa que a toda costa busca el “orden”, sin reparar en los efectos y los daños sociales colaterales que se pueden causar antes de acceder a lo que ellos pomposamente llaman así.

Por supuesto que la seguridad implica ideología, es más, es ella misma un constructo ideológico, como constructo ideológico es la misma noción de “delincuencia” o de “delito”. No es posible aludir a una “seguridad” aséptica, sin vínculo alguno con las condiciones socioeconómicas de la población y sin nexo histórico con la experiencia vital de un pueblo. Inclusive, reducirla a una mera cuestión de arsenales, tácticas militares o policiales y nuevos “rambos” o “comandantes Borolas” presuntamente nacidos para enfrentar las huestes sofisticadas del crimen organizado, trae consigo también un planteamiento ideológico. La llamada “guerra contra el narcotráfico” desatada por Felipe Calderón –cuyas repercusiones sociales las siguen viviendo los juarenses y están presentes en las pesadillas de millares de personas- estaba nutrida de una ideología muy específica, de la que el expresidente abrevó desde sus años mozos.

Años atrás, la relativa seguridad y la aparente “paz social” que los regímenes autoritarios pertenecientes a lo que el escritor Mario Vargas Llosa llamó en México la “dictadura perfecta”, cabalgaron por largas travesías, bajo la puesta en marcha de un entramado ideológico robustecido por la construcción de una agenda posrevolucionaria de profundos claroscuros que, bajo sus zonas luminosas, brindaron la percepción de una tranquilidad articulada bajo la batuta de los fantasmas del miedo, el garrote o la desaparición forzada, orquestada, con frecuencia, desde los más altos entresijos del poder formal.

La ideología, pues, siempre ha estado presente y quienes hoy intentan desligarla de la seguridad pública se colocan en una visión arcaica que concibe que ésta se agota en los aspectos de vigilancia, estrategia y protección contra la delincuencia, que si bien son elementos que no pueden ser pasados por alto, no son más que consecuencias de los rezagos históricos que ha ido dejando la lacerante injusticia social de este país. Querer ver a la seguridad como un problema o elemento meramente policial es un error.

La violencia, la delincuencia, la impunidad, el narcotráfico mismo, tienen un componente social y político no accesorio sino estructural. No es cuestión de hombres fuertes y bragados, ni de declaraciones de guerra contra el narco; tampoco de galimatías en power point para impresionar a nuestros grandes socios comerciales. Salen sobrando también los populismos punitivos –figuras mediante las cuales erigimos demagógicamente a la ciudadanía como parte de campañas contra el delito- sin soporte organizativo real.

La concepción de la seguridad pública debe abarcar no sólo la fuerza, la táctica y la estrategia, sino también un esquema ideológico como base y sustento, aunado a una clara conciencia de sus propios límites: los derechos y las libertades de la colectividad. Un esquema de seguridad sin una ideología socialmente incluyente que lo soporte es un auténtico caballo desbocado, frente al cual todos corremos riesgo. Y vaya que ya vivimos una experiencia reciente de ese tipo, de cuyos efectos no queremos ni acordarnos. Fueron muchos los muertos en esa “guerra” sin ton ni son.